Barcelona

El asedio de los traficantes a la narcosala del Raval enquista los pinchazos en la calle

  • Traficantes, toxicómanos, policías y educadores relatan a EL PERIÓDICO por qué las imágenes de personas inyectándose en la vía pública han vuelto tras la pandemia, a pesar de que el consumo de droga no haya aumentado

El asedio de los traficantes a la narcosala del Raval enquista los pinchazos en la calle. / FOTO Y VIDEO: FERRAN NADEU

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Guillem Sánchez
Guillem Sánchez

Redactor

Especialista en Sucesos, tribunales, asuntos policiales y de cuerpos de emergencias

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Los narcopisos de Barcelona han dejado de ser lugares en cuyo interior los toxicómanos pueden inyectarse heroína. En el barrio del Raval siguen activos una veintena de pisos en los que se vende droga. Pero solo en algunos los traficantes consienten el consumo. Y bajo ningún concepto este puede ser con aguja: debe ser fumado. Así lo aseveran las fuentes consultadas por EL PERIÓDICO, que incluyen agentes de la Guardia Urbana de Barcelona, educadores, tres toxicómanos que frecuentan narcopisos y un responsable de uno estos polémicos domicilios ocupados que asomaron por primera vez en el corazón de la capital catalana en el verano de 2017.

El cambio de tendencia en el funcionamiento de los narcopisos ha provocado que haya aumentado la venta de heroína, cocaína o crack por los aledaños del CAS Baluard –la narcosala del Raval–, según fuentes policiales. Y que, al contrario de lo que dicen las cifras oficiales del Ayuntamiento de Barcelona –que no muestran un aumento significativo tras la pandemia de recogida de jeringas ni de atenciones sanitarias–, los vecinos de la zona mantengan que también ha crecido la presencia de toxicómanos que se pinchan en la calle

Agujas prohibidas 

"La mayoría de pisos de la droga son puntos de venta en los que ya nadie se pincha". Quien habla es posiblemente uno de los policías que más a fondo ha investigado el funcionamiento de los narcopisos en los últimos años. El trabajo de agentes del GDU como este, a pie de calle, ha nutrido de información las grandes operaciones lideradas por los Mossos d’Esquadra contra estos pisos de la droga.

FERRAN NADEU

"Antiguamente había algunos narcopisos para pincharse, pero ahora es imposible", confirma un consumidor y traficante que ha estado a cargo de narcopisos en los últimos años y que acepta hablar con este diario bajo anonimato. "Puedes consumir crack, cocaína o caballo. Pero siempre fumado. Pinchado no se deja porque si se te muere una persona el marrón es para el narcopiso", sostiene. 

Eva y María, dos toxicómanas que explican que han terminado en el Raval atraídas por la presencia de narcopisos que les facilitan la droga que consumen y no por la narcosala, a la que también acuden, ratifican que desde hace tiempo los traficantes no dejan que nadie se inyecte nada. Antaño incluso pedían a los clientes que se inyectaran dentro del domicilio para que la droga no saliera a la calle y obstaculizar así las pesquisas policiales. Ahora los consumidores que quieran inyectarse deben hacerlo en la narcosala, o en la calle.

Pinchazos en la calle

María, una vecina que reside junto a la narcosala, afirma que la presencia de la narcosala del Raval –adjunta al CUAP Peracamps desde hace cinco años– genera un efecto llamada porque suministra a los toxicómanos cuanto necesitan para pincharse. Un mal negocio, insiste María, porque muchos salen a inyectarse a la calle y a la falta de higiene que supone –hay suciedad y manchas de sangre a pesar de los esfuerzos redoblados de los equipos de limpieza– se le añade una inseguridad creciente debido a robos que cometen para pagarse la droga, dice. 

El Ayuntamiento de Barcelona sostiene lo contrario: la delincuencia ha descendido y los toxicómanos van al Raval porque hay droga en el Raval, no por la presencia de este equipamiento sanitario. Para defender esto último, el consistorio argumenta que el resto de narcosalas de la ciudad reciben a toxicómanos que están en tratamiento para desengancharse, pero no que acudan allí a pincharse heroína. Porque no hay quien la venda en el resto de distritos. 

Un hombre duerme en una esquina que los toxicómanos usan para pincharse.

/ Ferran Nadeu

"El tiempo medio que transcurre entre que un consumidor compra heroína y se la inyecta es de diez minutos", añade el mismo portavoz. Por ese motivo, la narcosala, si de verdad pretende reducir daños, debe estar cerca de dónde se vende. Es decir, en el Raval. Y desde que en los narcopisos está prohibido pincharse pero sigue vendiéndose droga, los traficantes han salido a buscar clientes merodeando por la narcosala.

La consecuencia lógica es que, aunque los datos desmientan un aumento del consumo de heroína, en esta zona en concreto hay más pinchazos en la calle y más menudeo de droga, según mantienen también los policías consultados, que son quienes diariamente deben afrontar el problema de salud pública.

El trabajo del GDU

"Esto es un parque infantil. Aquí no se viene a vender heroína. Márchate". El tono del cabo de la Guardia Urbana de Barcelona, que se dirige a un traficante paquistaní sorprendido mientras preparaba una papelina de heroína a un toxicómano sentado sobre una mesita con muelles para niños, es grave. Un compañero del Grupo de Delincuencia Urbana (GDU) especializado en el tráfico de droga en el distrito de Ciutat Vella llama al camello por su nombre y le pide que obedezca a su cabo y que abandone un parque ubicado dentro de la Rambla del Raval. El traficante duda y acaba marchándose. 

El pase de droga ha sido filmado por el policía que seguía al camello y al consumidor desde el CAS Baluard. En las imágenes se aprecia incluso cómo prepara la papelina. Durante el cacheo posterior, practicado minutos después, aparece la papelina, entre la ropa del toxicómano, que se pone a gritar enloquecido. Pero la policía no encuentra el resto de la heroína que esconde el traficante. Ni tampoco el dinero de la transacción. Por eso los policías han dejado que el camello se marche en lugar de arrestarlo 


/ Ferran Nadeu

A los pocos metros y solo algunos minutos después, en la calle de la Cera, el mismo grupo policial de paisano para a una mujer dominicana que se desplaza en patinete eléctrico. También la conocen: hace unos meses fue arrestada por suministrar droga a narcopisos del vecindario moviéndose en patinete, como este miércoles. Los agentes miran en su bolso. En el interior de las cremas cosméticas. Nada. A pesar de las sospechas, también dejan que la mujer se vaya, igual que el traficante paquistaní. Están seguros de que llevaba la droga "en sus partes" pero ahí no pueden mirar. 

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El difícil equilibrio entre controlar el tráfico de droga en la calle obteniendo pruebas judiciales pero hacerlo sin atentar contra derechos fundamentales de los vecinos se aprecia bien en ambos incidentes. Una hora más tarde, a pocos metros de la entrada de la narcosala, sí se produce una detención: el traficante ha sido sorprendido entregando la droga y el toxicómano, a pesar de la intervención policial, se da la vuelta, se acuclilla en un rincón, y se pincha.

La alcaldesa Ada Colau ha pedido esta semana que se intensifiquen los esfuerzos policiales para cercenar las redes de distribución que llenan de droga este barrio. Pero eso requiere tiempo. La Guardia Urbana ha reforzado su presencia en el Raval. Y el día a día de agentes como los del GDU consiste en ahuyentar a traficantes, atender a toxicómanos y calmar a vecinos cada vez más irascibles.