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La maravillosa Milagros Caturla regresa a Barcelona

Tom Sponheim, turista afortunado que compró a ciegas unos misteriosos negativos en los Encants, dona aquel tesoro a la Agrupació Fotogràfica de Catalunya

’Ballet’, una de las fotografías de Milagros Caturla.

’Ballet’, una de las fotografías de Milagros Caturla. / Milagros Caturla

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Carles Cols
Carles Cols

Periodista

Especialista en Barcelona, en sus cuatro dimensiones periodísticas, las tres físicas, a lo largo, ancho y alto, y la cuarta, la temporal. Vamos, una gran macedonia de temas.

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Esto es un epílogo. Si son ustedes de los que no aguardan a la escena añadida tras los títulos de crédito en el cine, pueden, si lo desean, descartar la lectura de esta crónica y limitarse a gozar, una vez más, de las imágenes. No es una mala opción. Las fotografías que a caballo de los años 50 y 60 tomó y reveló en un cuarto de su casa Milagros Caturla, la llamada Vivian Maier de Barcelona, son realmente exquisitas. Sobre su vida y obra no hay nada nuevo que añadir. El epílogo, de esto va esto, es que los valiosos negativos que revelaron al mundo la existencia de aquella talentosa mujer y que un turista estadounidense, Tom Sponheim, compró en los Encants sin saber qué contenían, han retornado a casa, a la casi centenaria Agrupació Fotogràfica de Catalunya. Se cierra un círculo.

Milagros Caturla

Una breve recapitulación obliga a recordar el viaje de Sponheim a Barcelona en 2001. Visitó la Sagrada Família y, callejeando, que es lo que hay que hacer en esta ciudad, llegó a los Encants. Ya entonces, aquel ‘marché aux puces’ al sur de los Pirineos comenzaba a despuntar como un cementerio de los elefantes de los negativos, un lugar donde aficionados a la arqueología fotográfica compran antiguas placas de cristal o imágenes en celuloide por el puro placer de revelarlos y llevarse tal vez, una vez positivados, agradables sorpresas. Aquello le hizo gracia a Sponheim y por menos de cinco euros se llevó varios sobres de una cajita.

Milagros Caturla

De regreso a casa, no daba crédito. Positivó las imágenes y descubrió en ellas no solo una mirada fotográfica exquisita, sino también que habían pertenecido a alguien con un don. Los antiguos aficionados a la fotografía analógica lo sabrán muy bien. En ocasiones, de un carrete de 36 capturas se podían salvar con un buen reencuadre y buena mano en el laboratorio dos, tres o cuatro buenos retratos. La más famosa fotografía de Che Guevara, la un millón de veces utilizada para estampar camisetas y pósters, la entresacó Alberto Díaz ‘Korda’ de un carrete que, visto en su conjunto, es realmente catastrófico.

Esa es la cuestión. Sponheim vio al trasluz de repente una cordillera de ‘ochomiles’. Había alguna imagen mejor que otra, de acuerdo, pero prácticamente todas las de la serie eran preciosas.

Milagros Caturla

Decoró una pared de su casa con copias de aquellas fotos, pero aquello no hizo más que plantar en él una semilla de curiosidad insaciable. ¿Quién era el autor de aquellas fotografías? ¿Era la obra perdida de alguien reputado? Encaró esa incógnita como hoy en día se resuelven estos enigmas. Echó mano de las redes sociales. Las mostró en Facebook y, no solo eso, pagó para dar visibilidad a la página en la que las exhibía. Pasaron a ser conocidas como 'las fotos perdidas de Barcelona'.

Milagros Caturla

Los más futboleros puede que recuerden la semifinal de la Champions League que en 2011 enfrentó al Real Madrid y al FC Barcelona. En el minuto 87, Sergio Busquets realizó la asistencia de gol más tonta de toda su carrera. Estaba casi en mitad del terreno de juego. La pelota estaba junto a sus botas. Apenas la golpeó. Sencillamente, Leo Messi pasó por ahí a la carrera, se la llevó y tras sortear a cuatro defensas de aúpa como si fueran aprendices, venció a Iker Casillas y dejó sentenciada la eliminatoria.

Milagros Caturla

Quien esto firma fue Busquets en 2017. A través de uno de los cazadores de negativos de los Encants, Enric Pareto, supo de la existencia de Sponheim y de su obsesión. Fue una asistencia periodística simple y llana. Se mostraron en este diario la fotos de Tom y se tituló literalmente con un ‘se busca’. El gol lo marcó Begoña Fernández, Messi, que simplemente leyó aquel artículo y se sumergió en los oceánicos archivos de la Agrupació Fotografica de Catalunya hasta dar con una coincidencia. Una de las fotos de los negativos había ganado uno de aquellos concursos fotográficos que a finales de los años 50 se organizaban en la ciudad para aficionados. Así salió a la luz el nombre de Milagros Caturla.

Milagros Caturla

El siguiente capítulo, lo recordarán quienes se interesaron entonces por aquella historia, consistió en reconstruir la biografía de Caturla, séptima descendiente de un matrimonio con 10 hijos, funcionaria de la Diputación Provincial de Barcelona y, sobre todo, en una época en la que estaba mal visto que las mujeres ejercieran de fotógrafas, fotógrafa de gran afición. Eso la define perfectamente como persona.

Milagros Caturla

Se apuntó a los llamados ‘salones fotográficos’, en realidad concursos en los que se proponían a los participantes unos retos con la cámara y para los que Caturla demostró tener muy buena mano. Se alzó con algunos premios. Uno de ellos le fue concedido por una obra, la que sirvió a Fernández para pronunciar el oportuno ‘eureka’, que llevaba por título ‘Fervor’ y que, en honor a la verdad, no es ni siquiera la más maravillosa de las fotografías del carrete que compró Sponheim.

'Fervor'.

Milagros Caturla

La trayectoria de Caturla como fotógrafa se veló en los años 60 por ese mal crónico que padece Barcelona desde antes incluso de tirar sus murallas. Tuvo que renunciar a su piso de la calle de València y trasldarse a un apartamento más pequeño en el casco antiguo de la ciudad. A saber cuántos proyectos de vida extraordinarios ha lastrado el precio de los alquileres en esta ciudad. El caso es que, en el primero de los pisos Caturla tenía espacio para dedicar una habitación a laboratorio de revelado. En el segundo, no. Fin de la historia.

Milagros Caturla
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El epílogo de esta historia se produjo hace apenas un mes y medio. Sponheim mantuvo una conversación transatlántica con Pere Puigdollers, nuevo presidente de la Agrupació Fotogràfica de Catalunya. Le expresó su temor de que el día que él no esté, aquellos negativos terminen en manos de alguien que no les dé el valor más que sentimental que realmente tienen, así que propuso donarlos a la agrupación para que los conserve. Ya han realizado el viaje de vuelta a la que fue su casa. A cambio de nada. “¿Cómo podría quejarme de la falta de ética de otras personas si ante una situación como esta yo no me comportara así?”, explica Sponheim.

Milagros Caturla

Esta historia termina, a su manera, como ‘Charada’ deliciosa película de Stanley Donen de 1963, con Audrey Hepburn y Cary Grant como protagonistas. Ambos descubren tras todo tipo de aventuras que el tesoro que persiguen sus antagonistas son tres sellos pegados en un sobre, tres antigüedades de incalculable valor. Cuando reparan en ello, se enteran con pavor de que un niño los ha intercambiado con un anticuario por una bolsa de sellos baratos. El anticuario, cuando Hepburn le visita, se los devuelve sin más. Le confiesa que le basta con que hayan sido suyos durante unos minutos. Como a Sponheim le ha pasado con los negativos.