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Dos transatlánticos rescatan la bodega Marín de Gràcia

Los cuartos dueños que en sus 106 años de historia tendrá este icónico establecimiento de la calle Milà i Fontanals son una pareja peruana, estupendo ejemplo de la nueva barcelonidad

Bodega Marín de Gracia

Bodega Marín de Gracia / ELISENDA PONS

Carles Cols

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Han sido tantas las ocasiones en que en esta ciudad han tenido que salir las plañideras a llorar la desaparición de comercios irrepetibles, de fondas entrañables y de tiendas de cinematográfico glamur, por citar solo tres casos, que en justa correspondencia merece ser ahora considerado un notición que la Bodega E. Marín, de la calle de Milà i Fontanals, Gràcia, con sus casi 106 años de edad, acabe de burlar a la muerte como un Lázaro. Su reloj vital recién ha rejuvenecido de la mano de una pareja peruana de raíces vascas, Luis Sologuren y Vanessa Jáuregui, que no hace ni un año dejaron atrás el barrio limeño de Miraflores para comenzar una nueva vida en Barcelona. Se puede decir, como sugiere el título de esta excursión, que gente transatlántica, más aún incluso, gente geográficamente pacífica, ha salvado una bodega de la ciudad, una especie comercial que tal vez no esté hoy exactamente al borde de la extinción, pero que por momentos, por culpa de tanta modernidad, lo pareció, de ahí que exista incluso en la ciudad, cual Greenpeace del vermut, un autodenominado Moviment de Defensa de les Bodegues de Barri.

La Marín, puede que más bien conocida por todos como ‘la bodega de Milà i Fontanals’ o, hasta hace poco, como el bar de la Tere, levantó por primera vez su persiana en 1916, cuando medio mundo estaba en guerra pero Barcelona, gracias a la neutralidad de España, estaba montada en una ola de entusiasmo comercial. La tienda, en el número 72 de Milà i Fontanals, nació aquel año más como colmado de ultramarinos que como bodega, pero con el paso de los años terminó por adquirir ese aire de dionisíaca alacena de vinos con el que hasta hace bien poco la gestionaban Tere y Antonio, los penúltimos dueños del negocio. Y así seguirá.

La grifería de la bodega, una fantasía dionisíaca.

La grifería de la bodega, una fantasía dionisíaca. / ELISENDA PONS

Los protagonistas en esta crónica, no obstante, no son ellos, sino Luis y Vanessa. Ella ya regentaba en Lima un bar de vinos, no un local gran reserva, no una barrica antigua como podrían ser en aquella misma ciudad la Taberna Queirolo o la Cantina Juanito, pero lo que viene al caso es que este tipo de negocio no le venía de nuevo. Él, por su parte, se dedicaba a mover mercancías, exportaba pescado y en el viaje de vuelta regresaba con jamones ibéricos. Las razones que les llevaron a dejar Perú dice que son muchas, pero la cosa es que, ya instalados en Barcelona, ella supo que aquel negocio estaba en venta y se enamoró de algo así como de su alma, porque las bodegas de esta ciudad sin duda la tienen, como la Chiqui, de Sant Antoni, que ahora resulta que es medio nipona, o la Montferry de Sants, donde cada día alumbran un bocadillo distinto.

Lo común hasta ahora, y eso lo saben bien los clientes huérfanos de esta ciudad, era que un día, sin previo aviso, cerraba un negocio con el que como vecino se había terminado por establecer un cierto vínculo emocional y tras una obras reabría desfigurado, como supermercado de desconfianza o, peor aún, como aquel palimpsesto del número 116 de la Rambla, donde la antigua carpintería de la entrada, preciosísima, está al servicio de la venta de souvenirs sin ton ni son. La ciudad se nos moría. La culpa, según algunos, era de la desmesura con la que subían los alquileres. Según otros, de la incompetencia política. Como muy bien dijo hace más de 2.200 años el filósofo chino Mencio, ¿realmente hay alguna diferencia entre matar a un hombre con una espada o hacerlo con una mala administración?

Sin comentarios.

Sin comentarios. /

“Fue increíble”, explica Sologuren. “Firmamos la compra del local en una notaría de la Rambla de Catalunya, decidimos ir a la bodega para celebrarlo y, aún no habíamos sacado la botella de cava de la nevera y ya estaban entrando los clientes habituales a tomar algo. No pudimos ni brindar”. Aunque a lo mejor no esté bien contarlo aquí, porque tal vez formara parte del ‘off the record’, a los parroquianos realmente de toda la vida, vecinos que a su edad no están para que les cambien nada de la bodega, Sologuren hasta les ha prometido que su vino o su cerveza la pagarán al precio de siempre.

Vanessa Jáuregui y tres rubias.

Vanessa Jáuregui y tres rubias. / ELISENDA PONS

Tanto empeño dice que quiere tener para que no se rompa la magia que en la renovación del tapeo, que la habido, ha renunciado por ahora a peruanizar la carta, algo que humildemente desde aquí se puede opinar que debería ser reconsiderado, pues la del país andino es una de las gastronomías más apetitosas del mundo. “Es cierto, la única democracia real de Perú es la cocina”, responde Sologuren, así que, quién sabe, el día menos pensado sorprende al barrio con unos dominicales vermuts con ceviche. La propuesta ahí queda lanzada.