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El túnel más brutal de Barcelona, ahora, ¡la película!

Lo dice uno de tantos Winston Smith que a diario lo recorren, "pasan los alcaldes, pero el pasillo de paseo de Gràcia permanece"

Transbordo de Passeig de Gràcia: el túnel de las personas. / Carlos de Diego / Zeta Media Lab

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Carles Cols
Carles Cols

Periodista

Especialista en Barcelona, en sus cuatro dimensiones periodísticas, las tres físicas, a lo largo, ancho y alto, y la cuarta, la temporal. Vamos, una gran macedonia de temas.

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Si por razones de economía de tiempo tienen que elegir entre el video o el texto, no tiren ninguna moneda al aire, es mucho mejor el video. Se lo dice quien esto firma. Lo habitual es que la novela sea mejor que la película, pero a veces sucede al revés. Ahí está el caso de ‘Los puentes de Madison’, novelita almibarada y prescindible de la que Clint Eastwood sacó un peliculón con idéntico título. En el caso que nos ocupa, la cosa no va de puentes, sino de túneles, en concreto de esos 260 metros subterráneos que por debajo del paseo de Gràcia se unen las líneas L-3 y L-4 del metro de Barcelona y, más aún, desde esta última, la amarilla, tal y como muchos aún la llaman, en un ‘bonus track’, la L-2, o sea, la morada. Alguien podría apostillar aquí que solo es un túnel, pero si se mira con otros ojos se puede colegir que merece figurar en la breve pero impagable constelación de la arquitectura brutalista de Barcelona, una corriente a la que el festival Open House el día menos pensado le dedicará parte de su programación y harían mal sus organizadores si se olvidaran de ese túnel.

La película. Antes de proseguir, solo un par de cosas sobre la película. Hay que dar las gracias, de entrada, a todos los pasajeros que tuvieron la amabilidad de detener su marcha a pie para atender al equipo de grabación de ZetaMediaLab. Téngase en cuenta que ese túnel no se atraviesa por placer. Hay usuarios del suburbano barcelonés que incluso eligen combinaciones y transbordos menos racionales para ir de A a B solo para ahorrarse ese trayecto. Vamos, que a quienes han atendido al equipo de grabación hay que darles las gracias, doblemente, además, primero, por esos minutos amablemente regalados, y, segundo, porque dejan en muy buen lugar a los usuarios del metro como gentes con una mirada analítica de aúpa.

'La escuela de Atenas', otro pasillo del que se salía más sabio.

/ Museos Vaticanos

No es extraño. Lo dice uno de los pasajeros. Es tan largo que si les das vueltas a algo al entrar en el túnel, lo normal es que hayas llegado a una fundamentada conclusión cuando alcances la otra punta. Es 'La escuela de Atenas' de Rafael, pero con menos lujos. Los motivos de distracción son pocos. La mayor parte de los días todo el mundo transita por ahí como un Winston Smith en ‘1984’, cabizbajo, que no se sepa lo que piensa. Solo ocasionalmente las paredes del pasillo se redecoran con motivo de alguna exposición. Para qué un Hermitage en Barcelona, se pregunta una pareja, con el juego que llega a dar este túnel, galería incluso de exposiciones. Son tan jóvenes, sin embargo, que tal vez no recuerden una de las más atrevidas campañas de publicidad que se llevó a cabo en ese pasillo. Fue hace años. Se alfombró con césped todo el recorrido. Contado así, parecerá muy bucólico. En realidad, lo que son las cosas, daba yuyu. Al brutalismo, corriente no siempre suficientemente comprendida, le quedan fatal los ornamentos.

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Una predicción...

Brutalista es en Barcelona el Palacio de Deportes de Montjuïc, obra de Josep Soteras, un arquitecto que tanto te levantaba un Monumentos a los Caídos como, atención, un Camp Nou. También pertenece a esa corriente el edificio del número 384 de la calle de València, con sus gigantes ventanas redondas que sobresalen de la fachada como oleoductos interrumpidos. A ese edificio, obra de Mario Catalán, se le quiere o se le odia, pero nunca deja indiferente, vamos, como el túnel del paseo de Gràcia, motivo de charla al menos una vez en la vida, segurísimo, de cualquier barcelonés que se mueva por el suburbano de esta ciudad. Y he aquí, antes de concluir, un pronóstico. Mucho se ha hablado estas semanas del túnel de Glòries, esa absurdo que permite que el tráfico de una autopista, colesterol con ruedas, desemboque directamente en la trama capilar del Eixample. La predicción es que, pese a lo económicamente invertido, su vida útil será más corta que la del túnel del paseo de Gràcia. Ya lo dice uno de los entrevistados. “Pasan los alcaldes, pasan los partidos políticos, pero el pasillo permanece”. Un sabio.

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