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Andrés Naya: "Conocí la Prosperitat en una manifestación por Puig Antich"

Tras 30 años peleando con la palabra por una Barcelona mejor desde la revista ‘Carrer’ y bastantes más en la asociación de vecinos de la Prosperitat, el hiperactivo activista vecinal y periodista de trinchera Andrés Naya (1946) anunció antes del verano que se retiraba de la primera línea, aunque, por suerte, de ser referente es imposible jubilarse.

Andrés Naya, este jueves frente al ’casal’ de barrio de la Prosperitat.

Andrés Naya, este jueves frente al ’casal’ de barrio de la Prosperitat. / ZOWY VOETEN

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Helena López
Helena López

Redactora

Especialista en movimientos sociales y vecinales

Escribe desde Barcelona

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Está sentado en una de las mesas del ‘casal’ de barrio de la Prosperitat, donde no entra una sola persona que no se acerque a saludarle. Lee el diario -en papel, sobra decirlo-, vestido con sus característicos tirantes y con un bastón de madera apoyado en la mesa, muestra del implacable del paso del tiempo. 

-Al dejar ‘Carrer’ he pensado mucho en la relación de mi generación con la prensa local. Si no salías en los diarios no existías. Había un episodio de sarna en las barracas, os llamábamos y veníais. El contacto fue muy directo. Aquí, cuando empezamos, no había fax; y máquinas de escribir había pocas. Íbamos en persona a llevar las notas de prensa que escribíamos a mano a ‘Mundo Diario’, que estaba en la quinta leche; pero para nosotros era importante, porque si salíamos en la prensa los políticos movían el culo, y eso sigue siendo vigente, con todos los cambios que ha habido, pero eso sigue siendo vigente.

-Muchos cambios, sí. ¿Ha cambiado también el relato? No sé si ahora se explicarían igual aquellas barricadas y aquellos secuestros de autobuses.

-La primera vez que vi que había habido un cambio en el ejercicio de la profesión fue en enero de 1977, el día que tiramos la planta asfáltica [la semilla del Ateneu]. Sacamos unas chimeneas enormes fuera de la planta, hasta lo que es ahora la Via Julia. Un periodista me llamó indignado. Era del PSUC y en aquella época de la transición se estaban preparando para entrar en las instituciones. Me dijo que éramos unos bestias; unos indios metropolitanos. "No hay derecho, os habéis cargado tres millones del erario público", me dijo. Y yo le decía '¿y los pulmones de los vecinos que sacan la ropa a tender y se le quede acartonada de ese humo?'. Ahí me di cuenta de que los tiempos empezaban a cambiar; comentarios como “esto, en democracia, no se puede hacer”. 

-¿Contra el franquismo resultaba más legítima esa desobediencia, pero después, ya no?

-Con la llegada de la democracia hubo una cierta crisis existencial. ¿Cuál era ahora nuestro papel? Además, hubo un cierto vaciamiento de las asociaciones, porque la gente tenía que llenar los partidos. Llegamos a la conclusión de que nosotros teníamos que seguir estando en la plaza de Sant Jaume, frente al ayuntamiento. Si recogían las reivindicaciones del vecindario y nos daban la palabra, aplaudiríamos, les apoyaríamos; y si recogían los intereses de la especulación y no los del barrio tendríamos que seguir luchando, presionando y empujando. Y yo creo que sigue siendo válida esa posición. 

Cuando tiramos la planta asfáltica me llamó un periodista y me dijo que éramos unos indios metropolitanos

-¿Cómo ve el movimiento vecinal en la Barcelona de hoy?

-Pocos movimientos sociales perduran tanto en el tiempo. Una de las características de los movimientos sociales es que aparecen y desaparecen. Es muy difícil y muy trabajoso mantener una organización. Mantenerla es reunirte, es cuidar a los socios… Las asociaciones son variopintas en estos momentos. Hay de todo. Pero lo que es importante es que han superado la travesía y han llegado hasta aquí. Hoy hay unas 100 y pico, que estén federadas y luego hay otros núcleos y movimientos sociales que mantienen la ciudad viva y rebelde. 

-¿Cómo es la relación con esos otros núcleos?

-Hablar del futuro de las asociaciones de vecinos es hablar de abrir puertas y de estar muy en contacto con la realidad de los barrios hoy. Empecinarse en mantener una asociación de vecinos como en los 70 no tiene ningún sentido. En los 70 las asociaciones de vecinos eran la única organización que había en los barrios. Tocábamos temas de enseñanza, de deportes, culturales... Éramos el ombligo del barrio; ahora no. Ahora tienen que pensar que son uno más y, de tú a tú, establecer lazos de colaboración, de lucha, de trabajo, con los movimientos sociales de todo tipo: desde la lucha contra la pobreza energética, los grupos de vivienda, las ampas... En ‘Carrer’ lo hemos intentado hacer. Ha sido fundamental la ligazón con el tejido social.

Andrés Naya, este jueves en la plaza de Ángel Pestaña, en la Prosperitat.

/ ZOWY VOETEN

-¿Qué será de ‘Carrer’ sin Andrés Naya?

-Está garantizado que continúe. Se ha rejuvenecido y la FAVB está comprometida en respetar la autonomía de la publicación. Nos han permitido hacer una revista que no era el boletín de la FAVB; no era lo que decía la junta. Estábamos muy en contacto con lo que hacían los barrios, pero intentábamos ir un par de pasos por adelante, en contacto con otros movimientos sociales, con la realidad de la ciudad, y eso vale para la revista y para las asociaciones.  

  -¿Qué papel juega hoy 'Carrer'?

-Me consta que con el relevo que ha habido se va a prestar más atención a las redes y a la comunicación digital. Yo creo que el papel es imprescindible, yo al menos soy un hijo de la época del papel y no concibo la vida sin un periódico, pero ahí teníamos un agujero y se va a abordar. 

-Siempre con un periódico en la mano. 

-Nosotros en los años 70 éramos una fuente de información para los periodistas porque no había gabinetes de prensa. Tú no puedes imaginar la alegría que yo me llevé una mañana que fui al quiosco, pedí el ‘Mundo Diario’ y en portada, a tres columnas, nada menos, con una foto, vi un ‘Suspensión de las obras del cinturón de Ronda’. ¿Qué había ocurrido? Habíamos tenido una reunión el día anterior y nos dijeron que se suspendían las obras porque el ayuntamiento no había dejado limpios los suelos y encima la constructora iba a cobrar el 3% del importe final de la obra, sin empezarla, por incumplimiento del contrato. Había una dinámica y una confianza mutua entre los periodistas y el movimiento vecinal que se ha perdido.

-¿Qué más se ha perdido? Muchos de los derecho por los que lucharon y ganaron también parecen estar en jaque.

 -La situación es que nosotros luchamos por ganar cosas y ahora hay que luchar por defenderlas. No vamos más allá. A todos los niveles: sindicalmente, socialmente... Antes luchábamos por ampliar el horizonte, por hacer una realidad más humana y ahora tenemos que movilizarnos para que no nos quiten las pensiones… Hay un retroceso impresionante. Lo de las multas, que te sancionen por estar defendiendo a una familia que están desahuciando aunque haya una moratoria... Y luego hay otra cosa que es la condición humana y el poder.

En estos casi 50 años en la asociación me he dado cuenta de que el poder es muy reticente a la participación, a que le cuestionen cómo hace las cosas

-Cuente, cuente.

-Hay una asignatura pendiente desde siempre que es la de la participación. No está resuelta. Nosotros empezamos por algo tan concreto como el derecho a la palabra en los plenos del distrito, pero es que no es solo eso. Con diferencias de sensibilidad, que las hay, claro que las hay, pero, en general, al poder, que le controlen, tener que dar información, que cuestionen su proyecto urbanístico, no les gusta. Hay unas resistencias humanas. Yo en estos años me he dado cuenta que al poder le cuesta mucho dar participación, que le molesta. Y ya no te digo si hay contestación y lucha; y eso en las épocas de crisis va a más.

-Crisis que siempre aprovecha la extrema derecha. Una de las victorias vecinales recientes del barrio fue la de la mezquita de la calle de Japó.

-Los prejuicios y el relato de los medios, con los atentados, crearon un clima de miedo y el miedo es el peor consejero para buscar soluciones a los problemas. Hubo un sector de vecinos que vino a la asociación a buscar ayuda. Yo había estado con ellos en las barricadas para los semáforos y no se podían creer que no les apoyáramos. Disfrazaban un poquitín los miedos: que la calle iba a ser insegura, que hay poca luz, que va haber mucha gente… Yo les decía que eso lo podíamos afrontar; 'ensanchar la calle, poner más luz, ahí sí tenéis nuestro apoyo', pero ellos se quedaban parados cuando nosotros íbamos allí a defender a la mezquita. La satisfacción del último número de ‘Carrer’ en el que he estado es que la Fiscalía ha trabajado muy bien en este caso y acusa a 10 de ellos [militantes de la extrema derecha que atizaron las protestas aprovechándose del miedo de algunos vecinos] y les pide penas de cárcel.   

Mi generación luchó por ganar cosas y ahora hay que luchar por defenderlas

-Ahora que ha dejado ‘Carrer’, no me creo que esté brazo sobre brazo. ¿En qué anda?

-Me estoy divirtiendo haciendo un inventario vecinal. Con el tema de los semáforos cada día salía un artículo. Y días de dos y de tres. He hecho una selección de titulares y la palabra Prosperitat salía en el 80%. Las luchas, la de los semáforos, pero también la de la gente de la Harry Walker, la de gente del metro crearon... consciencia colectiva, sentimiento de barrio.

-Suena muy bien ese inventario.

-Me lo estoy pasando en grande. Yo lo guardaba todo y ahora lo estoy ordenando y eso, haciendo un inventario. Recuerdo anécdotas y hago pequeños resúmenes de los últimos 50 años de la Prosperitat.

-¿Las memorias del barrio?

-¡No, no! He elegido la palabra inventario porque tiene un doble significado: es un listado de estampitas urbanas, de momentos, y luego inventario también viene de invención. Que nadie me pueda decir 'esto no es serio, esto no es historia'. Pero lo estoy haciendo para mí, ya que tenía todos aquellos recortes en cajas y había conseguido que no me los tirara la compañera.

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-¿Cómo empezó su relación de amor con el barrio?

-En una manifestación por el asesinato de Puig Antich. Era una manifestación de aquellas que éramos 200 personas escondidas, vestidas de domingo, y al toque del pito nos juntábamos y durante cinco minutos gritábamos “¡Asesinos!”. Fue en la Via Julia. Ahí pisé por primera vez la Prosperitat y me quedé impresionado porque había mucha gente en la calle tomando algo, era domingo, y aparecimos 200 tíos gritando y sentí que nos miraban con complicidad. No sé si es un recuerdo que yo me he fabricado… En aquel tiempo militaba en lo que se llamaba la extrema izquierda y aquello de Puig Antich lo llevábamos muy mal. La manifestación fue muy emotiva. Y aquello no cayó en saco rato. Con los años, desde la coordinadora de asociaciones mandamos una carta a Maragall para pedirle una calle para Puig Antich, y tardaron años, pero al final se la dieron. Bueno, lo han llevado a los cielos, porque le dieron el nombre de una plaza allí arriba, al lado del castillo de Torre Baró.