LA CONTRA

Callos servidos con historia

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Gemma Tramullas

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El 23 de diciembre de 1943, la prensa del régimen dedicaba su portada al "fervoroso homenaje" y a las "aclamaciones del gentío" hacia el militar y político falangista Antonio Federico de Correa Veglison, marqués de las Riberas de Boconó y Masparro, a la sazón gobernador civil de Barcelona. Ese mismo día abrió, en el número 10 de la calle Parlament, la Bodega Gol, con sus paredes forradas de cubas de vino de 600 litros, bebida a la que los humanos han recurrido desde la Grecia antigua para liberar la mente de los tormentos.

Dejar de pensar en la desgracia es la mitad de la dicha y el resveratol, una sustancia química natural presente en el vino tinto, tiene propiedades terapéuticas como antiestresante y antidepresivo. En una época de carencias y de ordenos y mandos, la Bodega Gol surtía a los obreros y vecinos del barrio de Sant Antoni con el elixir que les permitía levantarse al día siguiente y volver a enfrentarse a larguísimas jornadas laborales y domésticas.

"Mi padre y mi abuelo abrieron la bodega y yo nací aquí mismo, en el altillo –cuenta Josep Maria Gol, la tercera generación de la familia al frente del local--.  Ahora mismo soy el propietario más antiguo. Mi escuela terminó a los 13 años, cuando tuve que ponerme a trabajar".

En 1966, al fallecer su padre, su madre empezó a hacer comidas para llenar el estómago de los obreros de las fábricas que entonces constituían el paisaje de esta parte de la ciudad. "Mi madre ya cocinaba callos. Entonces se hacía comida de batalla, de lo que había: judías, garbanzos, estofado… Es lo que se ha comido toda la vida. Tenemos una tradición de cocina catalana muy rica, no la matemos".

Desde los 13 años, Josep Maria Gol subió la persiana de la bodega cada dia a las siete de la mañana y a las nueve de la noche se metía en la cama hecho papilla. "Un día nos llamó la directora del parvulario a donde iba nuestro hijo –recuerda-- y nos preguntó si se relacionaba con otros críos. Le contestamos que no, porque siempre estaba con nosotros en el bar y ella dijo que no podía ser". A partir de aquella llamada, empezaron a cerrar los domingos y a hacer una semana de vacaciones.

Una cosa que este vecino de Sant Antoni lamenta profundamente es no haber podido ir a la universidad, cosa que ha compensando estudiando y leyendo por su cuenta un montón de libros que ahora reparte entre su casa y un local. "Iba a la Academia Cultura de la calle Villarroel. Cuando murió mi padre, el director, el señor Culleré, me hizo llamar para decirme que no quería que dejara los estudios. Iba a clase cuando podía y no me cobraba". Después de 40 años, localizó a aquel profesor y lo llevó a la bodega: "Ese hombre marcó mi vida".

Tras años abriendo la persiana del Gol a las 7 de la mañana y pasando el día tras la barra (y su esposa en la cocina), Josep Maria se jubiló hace cuatro meses, coincidiendo con la pandemia de covid-19. Tras el confinamiento, el local lo llevan los hermanos Xavier y Francisco Caballero López.

"¡Callos, cap i pota, fricandó, , cap i potagaltes, ronyons Xavier recita la oferta gastronómica desde detrás de la barra, donde parece que ha estado toda la vida. "Siempre he sido de bodega y me ha gustado el trato personalizado, con un poco de caliu –dice--. Aquí vienen sobre todo gente mayor que se levanta temprano y trabajadores. Ahora también abrimos por la tarde-noche (jueves, viernes y sábado) y hay más ambiente joven, pero quiero respetar mucho el descanso de los vecinos".