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Barcelona desnatada, adiós a la Granja Vendrell

A dos años de cumplir la centena, esta tienda con toques 'art déco' se despide por jubilación del dueño y por algo más

Carles Cols

Cris y Demetri, la tercera generación al frente de la Granja Vendrell, con un pie y medio en la jubilación.

Cris y Demetri, la tercera generación al frente de la Granja Vendrell, con un pie y medio en la jubilación. / JORDI COTRINA

La Granja Vendrell, en el 59 de la calle de Girona, está a medio mes de decir adiós sin ni siquiera poder cumplir los 100 años, cifra redonda que para los devotos del sistema decimal, como les llamaba Jorge Luis Borges cuando le dieron el pésame por el deceso de su madre a pocos días de cumplir el siglo, tiene su qué. Abrió por primera vez sus puertas en 1921. No es solo por una cuestión de edad, 98 años, que no son pocos,sino también por lo que fue y por tanto que aún conserva que la Granja Vendrell forma parte de ese menguante universo de las llamadas tiendas emblemáticas de la ciudad, o sea, las que hasta hace bien poco hacían que Barcelona fuera reconocible y entrañable. Toca, pues, una vez más, hacer un obituario comercial, y ya van demasiados, recapitular viejas historias que atesoran los dueños, Demetri y Cris, pero por el mismo precio no está de más dedicar unos párrafos a hacer el tábano, porque este establecimiento podría cumplir los 100 y más años en manos de nuevos propietarios sino fuera por el laberinto normativo de Barcelona.

Abrió en 1921 y tan bien le fue al abuelo Demetri que hasta tenía su propia marca de leche, Begaleche

Antes, primero, lo dulce. Este era un negocio de los que en su tiempo tenía cola junto a la puerta antes de levantar la persiana. Era célebre sobre todo por su nata. Aún están ustedes a tiempo. El abuelo de Demetri, otro Demetri, aprendió la alquimia de este producto de repostería como aprendiz de la Granja J. Viader, que en 1921 ya era un negocio referencial, con medio siglo de historia entonces a sus espaldas, pero en la Vendrell, por estar en mitad de una de las zonas entonces nobles del Eixample, la nata que se servía no era cualquiera, entonces de cabra, caviar blanco, según el nieto del fundador.

Un repartidor sale de la Granja Vendrell en la edad de oro de la nata.

La granja repartía a domicilio y era a menudo el local de celebraciones en el barrio, de cumpleaños y comuniones, de meriendas de chocolote caliente, vamos, un negocio tan próspero que creció hasta tener su propia marca de leche, Begaleche, con vacas propias en Begues.

Por tiquismiquis, el ayuntamiento dejó a la granja sin placa de tienda con pedigrí en 1994, pero visto el final de aquella campaña, casi que mejor

Tanto pedirgrí, lo que son las cosas, no le sirvió en su día a la Granja Vendrell para merecer una de esas 125 placas que en 1994 concedió el ayuntamiento a las tiendas que daban entonces una atmósfera comercial única a la ciudad. Parece que por algunos retoques en el diseño del local, la Vendrell no cumplía con los requisitos exigidos. Tanto da. El tiempo, como se sabe, deparó un bochornoso destino a aquellas placas. Hay como mínimo un par de decenas calzadas en las aceras que informan de tiendas que ya no están ahí. Mejor homenaje le hizo a la granja América Sánchez, con aquel exquisito recopilatorio fotográfico de los rótulos de la ciudad, que se vendía como palomitas en Vinçon, otra placa también sin tienda, por cierto. El rótulo ‘art déco’ de la fachada de la Granja Vendrell es sencillamente exquisito.

La cuestión es que la tercera generación de los Vendrell se jubila y quisieran que el negocio continuara, más ahora que aquella porción del Eixample parece que ha salido del coma que durante años la aquejó. "Aquí te desmayabas un domingo en mitad de la calle y hasta el lunes nadie se daba cuenta", explica muy acertadamente Demetri. Ahora ya no es así. Tiene cuatro interesados en prolongar la vida de la granja, pero, como saben muchos comerciantes, la normativa municipal parece a veces escrita de puño y letra por el mismísimo sheriff de Nottingham.

Los repartidores de los productos de la Granja Vendrell posan junto a un Chevrolet de 1928.

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El desalojo de la última vaquería

El desalojo de la última vaquería

La calle de Girona la imagina el ayuntamiento próximamente como una nueva Enric Granados, peatonal, pero más plácida si es posible. Por eso rige ahí una suspensión en la concesión de nuevas licencias, por lo cual de la Granja Vendrell cotiza al alza, pero en ese Ibex comercial penalizan, y mucho, la inflexible lectura de las normas municipales, que veta estrictamente que en la versión 2.0 de la Granja Vendrell el bocadillo del desayuno se pueda mojar con un quinto o con una copa de vino. ¿Recuerdan ustedes a Amélie, que le espetaba al tendero del barrio que nunca sería una alcachofa porque no tenía corazón?, pues parece que la anatomía municipal no es muy distinta y, paradojas de esta ciudad, después de haber facilitado que el remozado paseo de Sant Joan, entre Tetuán y Diagonal, se haya convertido en un restaurante sin fin, a dos calles de distancia la ‘dura lex sed lex’ parece que condena a la extinción un local entrañable.

Lo sabe todo tendero, la normativa municipal parece escrita por el mismísimo sheriff de Nottingham y no se hacen excepciones

Este obituario (que lo es mientras no haya un giro de giro inesperado en el guion) viene con posdata. Con Demetri, la charla sobre la historia de la Granja Vendrell ha tocado, era inevitable, aquellos tiempos en que en Barcelona se muñían vacas a diario. En la posguerra había como poco unas 10.000 ‘barcelonesas’ que decían mú, repartidas entre 700 vaquerías. La cifra fue decreciendo por razones obvias y Demetri aún recuerda el cierre de la última de aquellas tiendas que servían leche más fresca imposible. Era la de la calle de Torrijos, en Gràcia. Echó el candado por última vez el 15 de noviembre de 1984 y, hay que ver, no lo hizo bovinamente. “Tumulto con golpes en el desalojo de una vaquería”, tituló entonces en este diario Mariángel Alcázar. Hubo heridos. La Guardia Urbana hasta pidió ayuda a empleados del zoo para sacar una a una a las 22 vacas, como si de komodos se tratara. Tanto conmocionó aquel episodio de resistencia que un mes más tarde el tristemente traspasado Carlos Pérez de Rozas aún le dedicaba unas palabras de aliento a aquellas vacas, que suponía tristes en L’Hospitalet, su nuevo hogar.

Nada más lejos de desear tumultos en la calle de Girona por salvar la Granja Vendrell, pero a veces parece que antaño esta ciudad se resistía más cuando la conducían al matadero.