BARCELONEANDO

Buceadores en su tinta

El buzo Karlos Simón y el escritor Alfonso Mateo-Sagasta presentan el libro 'Tratando de tiburones'

El escritor Alfonso Mateo-Sagasta y el buceador Karlos Simón, en el Aquarium de Barcelona.

El escritor Alfonso Mateo-Sagasta y el buceador Karlos Simón, en el Aquarium de Barcelona. / MARTÍ FRADERA

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Todavía no he conocido a nadie que no se acollonara en el cine con ‘Tiburón’ allá por 1975, a quien no se le arrugara el espinazo la primera vez que puso los piececitos en el mar después de ver la película de Spielberg. ¡Ah, esas filas dobles de dientes! ¡Ese monstruo propulsado hacia la superficie como un torpedo hambriento! ¡Y la lucha a muerte con el actor Roy Scheider, el que hacía de poli! El profano sigue cultivando un temor reverencial hacia unas criaturas que apenas han evolucionado en millones de años, por más que los expertos aseguren que no es tan fiero el tiburón como lo pintan. Dos de ellos, de quienes de verdad saben sobre el asunto, visitaron Barcelona la semana pasada: el buzo y explorador marino Karlos Simón (Madrid, 1967) y el escritor Alfonso Mateo-Sagasta (Madrid, 1960).

Pasaron ambos por el Mediterranean Diving Show, de Cornellà, una de las ferias de submarinismo más importantes de Europa, con el fin de presentar su aventura literaria: ‘Tratando de tiburones’, un libro a todo color con sorprendentes imágenes de fondos marinos, recién publicado por la editorial Reino de Cordelia. Con cientos de inmersiones a cuestas, Karlos Simón es tal vez el mayor especialista del mundo en nadar entre escualos; el año pasado, protagonizó en TVE la serie ‘Hundidos’, una travesía submarina por los pecios que jalonan las costas españolas.

El jaquetón de Milberto

Tras el bautizo del libro, protagonista y autor tuvieron tiempo de visitar el Aquàrium del Port Vell y posar para la foto que ilustra estas líneas en el tubo del ‘oceanario’, un decorado azulísimo donde nadan, en pacífica convivencia, morenas, peces luna, rayas y dos tipos de escualos: el tiburón toro (‘carchariastaurus’) y el tiburón gris, también conocido como jaquetón de Milberto (‘carcharhinusplumbeus’). En total, la instalación cuenta con 13 monstruos marinos a los que se sumarán, la semana próxima, otros dos ejemplares de tiburón tigre provenientes de las aguas del Caribe. Contemplar el almuerzo de estas criaturas oceánicas constituye el mayor espectáculo del Aquàrium, y, a decir de sus cuidadores, los bichos comen como los señoritos de Barcelona que son; degustan pescado fresco recién traído del mismísimo mercado de la Boqueria: calamar, melva, caballa, bacoreta y otros deliciosostúnidos. Señores de morro fino.

Pero a lo que íbamos; estábamos con el libro ‘Tratando de tiburones con Karlos Simón’, que invita no sólo a zambullirse en la aventura vital de un experto en las profundidades abisales, sino que constituye también una espléndida guía de lectura en torno a los autores que alguna vez hablaron de tiburones en sus obras de ficción. ¿Quién no se acuerda de ‘Los hijos del capitán Grant’? En la novela de Julio Verne, es precisamente una botella hallada en el estómago de un escualo el detonante de la peripecia narrativa.

Alfonso Mateo-Sagasta sabe de lo que se habla. Autor de novelas históricas multipremiadas, como ‘Ladrones de tinta’ (Ediciones B, 2004), lleva 30 años buceando y ha hecho alguna que otra inmersión entre tiburones —Isla del Coco, Galápagos, Filipinas, Maldivas, el mar de Cortés—, aunque a mayor distancia que su compañero, que juega con ellos y se atreve a acariciarles el lomo. El escritor conoce bien el paño y ha compilado un tratado literario sobre tiburones, que sorprende por su exhaustiva amenidad: desde Mark Twain y Hemingway, hasta la ‘Sonata de estío’, de Valle-Inclán, donde la caprichosa Niña Chole ofrece a un negro enorme de la tripulación cuatro monedas de orosi caza a un tiburón de los que rondan el barco.

Portada del libro.

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Acompañan el periplo literario hermosas ilustraciones, como el grabado que Doré hizo para el cuento de Edgar Allan Poe ‘Descenso al Maelström’, y fragmentos de obras, como ‘Moby Dick’, de Melville, o ‘Relato de un náufrago’, de García Márquez: “Todos los días, con asombrosa puntualidad, los tiburones llegaban a las cinco. Había entonces un festín entorno a la balsa. Peces enormes saltaban fuera del agua y pocos momentos después resurgían destrozados. Los tiburones, enloquecidos, se precipitaban sordamente contra la superficie sanguinolenta”. ¡Glups!

Leyendo a Mateo–Sagasta se entera uno, por ejemplo, de que lo que se zampó a Pinocho y al pobre Gepetto no fue una ballena, sino un pez– perro (‘pesce–cane’, en italiano), que así es como se conocía en la antigüedad y hasta el siglo XVII al tiburón, una palabra amerindia. Parece que Carlo Collodi no tenía mucha idea sobre ictiología, y luego Walt Disney hizo el resto: al muñeco que le crecía la nariz se lo tragó un cetáceo, con una lengua tan ancha y larga “que parecía el sendero de un jardín”. Una aventura inagotable, como la curiosidad del hombre.