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BARCELONEANDO

Una república gaditana y a su aire en Barcelona

El ayuntamiento andaluz estudia ceder a los okupas el uso temporal de la Casa de Cádiz, abandonada durante una década

El local de dos plantas, al lado de la Sagrada Família, está en venta y a la busca de comprador

Olga Merino

Fachada de la Casa de Cádiz, actualmente okupada.

Fachada de la Casa de Cádiz, actualmente okupada. / JOAN CORTADELLAS

Tan pronto como se traspasa el umbral, un verso de Manuel Machado escrito en la pared saluda al visitante: "Cádiz, salada claridad". Es la bienvenida a esta república autogestionada que funciona a su aire, la Casa de Cádiz (Sardenya, 277–279), donde ha acampado un grupo de personas que antes dormían en cajeros, en estaciones o bien al raso. Esta misma semana, coincidiendo con los dos meses exactos de su ocupación, el ayuntamiento de la ciudad andaluza, copropietario del local, ha anunciado que no ejecutará el desalojo de la sede regional, situada en pleno cogollo turístico de la Sagrada familia, entre camisetas de Messi, restaurantes de comida rápida y turistas extasiados por las fantasías de Gaudí.

La historia arrancó el pasado 9 de noviembre, cuando un comando de sin techo, capitaneados por el activista rumano Lagarder Danciu, penetró en el recinto de unos 700 metros cuadrados, distribuidos en dos plantas, un caramelo inmobiliario que llevaba un porrón de años en el limbo del abandono. Al parecer, entre 6 y 12; aquí las cifras bailan. Según el abogado que representa a los okupas, Bernat Barceló, en el registro consta que la Asociación Andaluza Casa de Cádiz en Barcelona disfrutó hasta el 2012 del derecho de uso del local, propiedad del Ayuntamiento de Cádiz (70%) y de la entidad financiera Bancaja (30%). 

Liderados por el activista Lagarder Danciu, un grupo de indigentes tomó el recinto hace dos meses

'Welcome, sense sostre'

En cualquier caso, aquel primer grupo se instaló, y fue llegando más gente de distintas nacionalidades, hasta los 25 ocupantes actuales, incluidas dos familias, mientras un centenar de personas permanece en lista de espera. Ahora, en el frontispicio de la Casa de Cádiz un cartel reza 'Welcome, sense sostre', y ondean tres banderas en el dintel: la estelada, la verdiblanca andaluza y la anarquista. En el que fue el despacho del expresidente del centro regional, colgaban sendos retratos, uno del rey emérito, Juan Carlos I, y otro del dictador Francisco Franco, imágenes que los okupas, aseguran, ofrendaron al dios del fuego.

Desde que se acomodaron en el centro, los indigentes ya han recibido dos visitas de la Guardia Urbana. La primera, con la orden de parar unas obras para las que carecían de licencia: los ocupantes estaban habilitando una zona de duchas en la planta superior, y ya tenían prácticamente ultimada la fontanería, instalado un espejo que rescataron en la calle y alicatadas las paredes con baldosas blancas. En buena parte, gracias a las aportaciones en metálico del vecindario: unos 3.000 euros hasta la fecha.

Lagarder Danciu, uno de los activistas implicados en la iniciativa de okupar la Casa de Cádiz. / JOAN CORTADELLAS

En la segunda ocasión, la cosa se puso más seria. Los agentes llegaron con una denuncia del juzgado por usurpación de la propiedad, y ahí comenzó el lío. A través de un vídeo colgado en las redes y en declaraciones a los medios, Lagarder Daciu, el portavoz de los okupas, acusó al consistorio gaditano, gobernado por Podemos, de pretender expulsarlos. ¿Cómo? ¿Kichi, el alcalde de Cádiz, comprometido en la lucha contra los desahucios? ¿El mismísimo Kichi, que se define como anticapitalista en su perfil de Twitter? La bomba.

No hay orden de desalojo

Contactado por este diario, el consistorio de la tacita de plata ha puesto los puntos sobre las íes: no, José María González Santos, que así se llama el alcalde, no se dispone a ejecutar orden alguna de desalojo. Es más, el letrado Barceló confirma que las dos partes han iniciado conversaciones para encontrar una solución, que podría desembocar en una "cesión temporal del local sin ánimo de lucro". Temporal, porque el espacio está en venta y a la búsqueda de comprador, en una zona donde el metro cuadrado de segunda mano alcanza los 3.400 euros. Debe de correrles prisa el asunto porque el Ayuntamiento de Cádiz no anda precisamente sobrado de caudales.

Una mujer barre una de las habitaciones de la Casa de Cádiz de Barcelona. / JOAN CORTADELLAS

El martes, la concejala de Asuntos Sociales en el equipo de gobierno gaditano, Ana Fernández de la Fuente, explicó que, si actuaron como actuaron, fue porque los Mossos d’Esquadra, advertidos por los vecinos del inmueble, así se lo requirieron, y de haber desatendido la denuncia, el Ayuntamiento de Cádiz habría incurrido en un delito de prevaricación.

Así pues, mientras se desovilla el enredo, la isla de la Casa de Cádiz sigue su propio pulso, bajo la batuta de Lagarder, que el miércoles se avino a mostrarnos la instalaciones. El activista rumano, un trabajador social con una larga trayectoria en el activismo y exmilitante de Podemos hasta que se desengañó, se mueve como pez en el agua dentro de las redes, con perdón por el oxímoron, y el día de la visita, a eso de las diez de la mañana, ya tenía unos 2.000 mensajes en el Whatsapp. "Volando voy, volando vengo", cantaba Camarón, gaditano de San Fernando. Lagarder Danciu, por cierto, acaba de publicar un libro sobre sus experiencias, titulado 'Sin techo. Caminando en un mundo que prohíbe sueños', que se dispone a presentar el próximo sábado, a las 11.30, en Can Batlló (Constitució,19). El libro y su proyecto de hostal para indigentes (@SenseSostreBCN).

Tiene la okupada Casa de Cádiz un peculiar aire entre castrense y folclórico. Algo militar porque cuelgan por doquier carteles con las tareas semanales asignadas a cada convecino o, por ejemplo, los turnos para el uso de la lavadora (la luz la tienen pinchada, pero Lagarder, rápido como una anguila, ya anda juntando papeles para el certificado de pobreza energética). De otra forma, sin un poco de orden y disciplina, sería imposible gobernar una casa con 25 almas.

Faroles de forja y arrimaderos de azulejos

Lo pintoresco anida en los motivos andaluces que decoran las estancias: faroles de forja, arrimaderos de azulejos sevillanos en las paredes, una barra de bar con su voladizo de teja, como las casitas de los pueblos blancos. Preside la habitación de los hombres un cuadro, estilo Romero de Torres, en que una mujer con el torso desnudo abraza una guitarra.

Interior de la Casa de Cádiz en Barcelona. / JOAN CORTADELLAS

Frecuenta el espacio un dibujante de Bruguera jubilado, vecino del barrio, que malvive de la pensión

A media mañana, Haiber, el encargado del guardarropa, pone en orden las prendas que los vecinos del barrio han ido donando, zapatos con zapatos, pantalones con pantalones, mientras una de las inquilinas, una mujer indonesia, barre los dormitorios y el salón. Dyah, que así que llama la muchacha, había trabajado de peluquera y esteticista, pero se quedó sin trabajo, y la vida se le puso cuesta arriba. Como en los albergues de indigentes no quieren mascotas, fue a parar a la casa, incapaz de separarse de Arli, su muy ladrador perro.

La idea, explica Lagarder, es que la Casa de Cádiz se autogestione mientras dure, que cada ocupante ofrezca cuanto sepa hacer y que nadie se apalanque en ella excesivo tiempo. Una ayuda, un techo, en un momento de aprieto. De hecho, tres personas ya han conseguido alojamiento fuera del hostal, JessicaMaría Ángeles y Josep, un cocinero en paro, quien el 23 de diciembre se encontró con que estaban precintando el piso en uno de cuyos cuartos vivía porque la arrendataria adeudaba varios meses de alquiler. Aunque ya ha encontrado otra habitación, Jordi sigue acudiendo a preparar el almuerzo diario para 15 comensales. El miércoles de la visita, espaguetis con verduras.

Otro de los visitantes esporádicos del local es Enric Pons, de 84 años, un vecino que vive en un local justo al lado, en el número 281 de la calle Sardenya. Se da la circunstancia de que Enric trabajó en la mítica editorial Bruguera dibujando fondos, coloreando la obra otros historietistas y soñando un éxito con el lápiz que nunca llegó. Con 618 euros de pensión, el hombre se las ve y se las desea para pagar el alquiler a fin de mes, y vive a la luz de las velas por ahorrar. Ahora, no le falta un plato en la mesa gaditana, los okupas le han arreglado la calefacción y se encargan de promocionar la biografía que se ha autopublicado, 'El hombre del traje pistacho'. Ya están pensando en una segunda edición.