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De paraguas y gabardinas

Cada una de las cosas que somos las dejó escritas Hergé, dibujadas claramente, en Tintín

Javier Pérez Andújar

Una mujer camina bajo la lluvia con gabardina y paraguas, en Barcelona.

Una mujer camina bajo la lluvia con gabardina y paraguas, en Barcelona. / RICARD CUGAT

Así como la equidistancia es posible y recomendable en temas de pasiones patrióticas, no hay equidistancia que valga cuando toca elegir entre ser de paraguas o ser de gabardina. Todo lo que sabemos está en Tintín, igual que el conocimiento al completo de los antiguos egipcios se encontraba en el 'Libro de los muertos'. Tintín es nuestro plano en el camino de las tinieblas. Nos rodean la oscuridad y la sombra, y los libros son la luz, y la crean y la atraen, y por eso en las largas noches de las primeras lecturas hay una linterna encendida debajo de las sábanas.

No hay equidistancia que valga cuando toca elegir entre ser de paraguas o ser de gabardina

Cada una de las cosas que somos las dejó escritas Hergé, dibujadas claramente, y así nos advirtió que podíamos ser de paraguas lo mismo que Tornasol o de gabardina al modo de Tintín. No es preciso decidirse ahora. Demasiado tarde, pues desde antes de abrir el primer álbum, que es el que va a cambiar la vida del tintinero, de la tintinera de cualquier época y país del mundo, ya hemos elegido nuestra estrella. Y aún así, este cruce de caminos trascendental, que creará nuestro estilo, que definirá nuestra personalidad, que va a convertirnos en los Robert Johnson de los días nublados, se dirige derecho a la extinción como una criatura del mesozoico. Me he tirado todo el invierno esperando a que lloviera para poder escribir este artículo y, caramba, sí que ha llovido al final, y fuerte, pero apenas ha durado cuatro días.

He amado mucho los paraguas hasta que inventaron el paraguas plegable. Ahora los venden a puñados en la boca del metro como las rosas marchitas al final del día de Sant Jordi. Lo peor del paraguas plegable es que encima es automático. Es humillante comprarse un paraguas y que se abra pulsando un botón igual que se llama al ascensor. Pero al final la tribu de reductores de paraguas ha acabado imponiendo su gusto, su criterio bárbaro. Un paraguas no era un estorbo sino un compañero, un objeto mágico como los que salen en los cuentos de hadas, como las alfombras voladoras, como las botas que andan solas. Un paraguas es lo que llevaba el agente John Steed, de Los Vengadores. También lo que llevaba Pan Tau, el hombre de pelo blanco que se convertía en un muñequito. A Mary Poppins la trajo el viento del este agarrada a su paraguas. Un paraguas es lo que quedaba de la lanza de los caballeros andantes, y por eso investía de tanta caballerosidad.

Personas decentes en un mundo inhóspito

La gabardina ha sido más moderna. Habíamos renunciado a los torneos y la guerra se había vuelto sucia. Desde Philip Marlowe hasta Alain Delon en 'El silencio de un hombre', desde Blake y Mortimer a Lino Ventura en las películas de Melville, desde Catherine Deneuve en 'La sirena del Misisipí' hasta Audrey Hepburn en 'Desayuno con diamantes', la gabardina es lo único que podía llevar una persona decente en un mundo inhóspito. La gabardina tiene la audacia de quien ha decidido mojarse en la vida. Cuando ya no hay nada que hacer porque todo se ha ido a pique, cuando levantar el puño ya no tiene sentido porque lo levanta hasta la derecha, no queda gesto más altivo y elegante que andar con los puños metidos en los bolsillos de la gabardina. La gabardina fue la última prenda no burguesa que recorrió nuestras ciudades.

Levantar un puño ya no tiene sentido porque lo levanta hasta la derecha

Amo las gabardinas como amo al profesor Jordi Llovet y por eso leo sus artículos en la prensa de los jueves. Es el último gran lector burgués de Barcelona (o mejor que no) y, arrebatado por sus opiniones y enseñanzas, me viene el deseo, la melancolía de una biblioteca elevándose imponente como las columnas de Luxor, el silencio de un camposanto de alfombras persas, la nobleza de la madera de los bosques en cada balda, el trabajo secular de la encuadernación artesana, la reflexión profunda de quien conoce lo que pone ahí en latín o en alemán. Pero cada cual sabe lo que debe hacer, y enseguida vuelvo al papel de pulpa. Soy carne de kiosco y churrería.

Hay que ser muy burgués para saber reventar la burguesía de la época a la que uno pertenece, y así lo explicaba el profesor Llovet esta semana a propósito de Gustave Flaubert. No fue la misma, dice, la burguesía de Victor Hugo que la de Flaubert. Y en un bellísimo párrafo lo esclarece.

¿Cuál es nuestra burguesía?, me quedé pensando. Una burguesía que acaba de formarse, que no es la burguesía industrial, ni la que viene de los pelotazos, ni de los largos viajes y el comercio de esclavos. Una burguesía recién nacida en un mundo nuevo, electrónico, digital, donde todo lo real se ha hundido en la crisis económica y moral, que se cree inocente porque el mundo que la rodea parece peor que ella, como en la canción de Jeanette. Una burguesía que se avergüenza de reconocerse como burguesía y así se ha perdido en el camino. Una burguesía asustada que ha creído verse a sí misma reflejada en los negros de Alabama, pero que tiene lo que Octavio Paz vio en los pachucos, aquellos mejicanos que vivían en el sur de California: se creían forjados en el orgullo de su identidad, y en realidad habían limitado su identidad al orgullo. Quizá se haya inventado la burguesía plegable.