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BARCELONEANDO

Los bares de Gil de Biedma antes de Bocaccio

El poeta reivindicó la barra como "la forma más refinada del acompañamiento"

Olga Merino

Jaime Gil de Biedma, en 1974.

Jaime Gil de Biedma, en 1974. / Colita

Siempre que bajo Muntaner en la moto desde la zona alta pienso en Jaime Gil de Biedma. El clic automático suele producirse a la altura de la gasolinera de Mitre, más o menos en el tramo donde Muntaner se convierte en un tobogán de asfalto en descenso hacia el mar entre las dos hileras de plátanos, formando en verano un túnel verde muy barcelonés. La asociación de ideas, poco sofisticada, se da porque el poeta vivió en el número 518 de la calle, en un sótano más negro que su reputación, y porque algo más abajo, en el 505, se encontraba Bocaccio, una 'boîte' que frecuentaba y cuya inauguración, hace 50 años, se considera el hito fundacional de la 'gauche divine', aquel movimiento de gente divertida, "militantes de izquierda durante su primera juventud y cuyas esperanzas de entonces se han frustrado", según definición del mismísimo autor.

Antes de la mítica 'boîte', la 'gauche divine' frecuentó otros locales hoy sumergidos en el olvido

Después de la desaparición de Bocaccio, tomaron el relevo noctámbulo el Up&Down y Bikini, esta última discoteca bastante menos clasista que las dos primeras; ahora, en cambio, ya casi nadie sale ni tertulia. Pero estábamos con Gil de Biedma, una inteligencia preclara, nacida "en la edad de la pérgola y el tenis", quien recopiló en un texto delicioso, inserto en el libro 'El pie de la letra', algunos de los locales donde se reunían aquellos selectos barceloneses (Joan de Sagarra, Marsé, los hermanos Moix, Oriol Regàs y toda la divina tropa) antes de la invención de Bocaccio. El artículo, de principios de los 60, se titula 'Revista de bares (o apuntes para una prehistoria de la difunta gauche divine)', como si el movimiento hubiese fallecido al segundo de nacer o tal vez fuera un muerto vivo.

El Stork Club, el Blue Note, el Flamingo...

En cualquier caso, el texto ensalza el bar como "la forma más refinada del acompañamiento, la de estar solo ante la gente", y desgrana una retahíla de locales cuyos nombres forman una cartografía de pecios sumergidos en lo más hondo de la memoria barcelonesa: El Stork Club, el Blue Note de la plaza Reial, El Sot, el Flamingo, Elephas, El Doblón, La Gàbia de Vidre o el Whisky Club, donde la bebida era "indefectiblemente de confianza y la gente, en el peor de los casos, llevadera". ¡Ay, el whisky! España, que ni tuvo Ilustración ni revolución romántica, empezó a quitarse las telarañas de encima a finales de los 50, de la mano de la generación de Gil de Biedma y el destilado cereal 'on the rocks'. Y, visto lo visto, en esas andamos todavía.

La librería Laie de Pau Claris acogió el miércoles la presentación de 'El pie de la letra'

Su generación bebió mucho; también los legatarios. El otro día, el escritor Sergi Pàmies bautizaba con mucho acierto a aquella estirpe como "la aristocracia del hígado". Curiosamente, Gil de Biedma no menciona en el listado de bares divinescos las mesas del Pippermint, en el número 20 de Bori i Fontestà, donde el poeta escribió una de sus más celebradas composiciones, 'Contra Jaime Gil de Biedma'. No hay una placa en la calle que lo recuerde, porque, claro, aquí pones una placa y se lía. 

Barra libre a su archivo personal

Viene toda esta historia a cuento porque el miércoles se bautizó, en la librería Laie, de Pau Claris, 'El pie de la letra' (Lumen), el compendio ampliado de los ensayos del poeta barcelonés a los 40 años de su publicación, una edición a cargo de Andreu Jaume, quien tiene acceso al archivo personal de Gil de Biedma que se custodia en la agencia Carmen Balcells. Se estuvo a gusto en la Laie mientras su albacea literario y el crítico literario Ignacio Echevarría conversaban sobre la altura de un poeta inmenso, quien reivindicó, en plena autarquía cultural franquista, a los escritores ingleses y su tradición. Un 'gentleman mordaz' en perpetuo extrañamiento.

Emergen aquí y allá en 'El pie de la letra' retazos de aquella Barcelona que fue otra cosa. Un tiempo en el que aún era factible que Gil de Biedma, un barcelonés castellanohablante, arremetiera contra un manifiesto sobre la supuesta "imposición" del catalán publicado tras el tejerazo de 1981, un texto sesgado que iba contra "la pacífica convivencia de todos los catalanes, séanlo por nacimiento o por inmigración, en un país donde nadie es más que nadie y ninguna de las dos lenguas es más que la otra". Parece mentira, pero los populismos han logrado que el texto no haya envejecido casi 40 años después.                                  

                   

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