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PROYECTO EN JAQUE EN CIUTAT VELLA

La esencia del Chino en un gimnasio

La cooperativa Gimnàs Sant Pau reivindica su innegable función social para evitar el desahucio por impago

Esta piscina del Raval sirve de centro social para todo tipo de vecinos del barrio

Helena López

Una de las clases dirigidas del Sant Pau, este jueves. / RICARD CUGAT

Una de las clases dirigidas del Sant Pau, este jueves.
Una de las clases dirigidas del Sant Pau, este jueves.
Gimnasio Sant Pau, en el bario del Raval, esta semana.

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Un día se dieron cuenta de que había socios que se iban a duchar a casa después de clase. Les preguntaron por qué lo hacían. Al poco, abrieron un tercer vestuario para trans. Problema resuelto. Cuando un adolescente de origen rumano fue a borrarse pese a que era un usuario diario y entregado le hicieron la misma pregunta: ¿por qué? Acordaron que, si les traía las notas del instituto cada trimestre y lo traía todo aprobado, podía seguir sin pagar. Esa es, en dos representativos ejemplos, la esencia del Gimnàs Social Sant Pau. Preguntar y adaptarse a las necesidades de sus socios. Unos socios que son, ni más ni menos, que los vecinos del Raval, con toda su complejidad y riqueza. "Somos el único gimnasio del Raval en el que puedes apuntarte sin tener regularizados los papeles", explica Ernest Morera, portavoz de la cooperativa en la que se acaba de transformar el gimnasio para sobrevivir. La situación no es sencilla: no tienen contrato desde julio, deben el alquiler desde hace un año y tienen una orden judicial de desalojo para el próximo mes de enero.

"Matar el Sant Pau es matar una parte del Raval". La frase, acuñada por Gemma Sáez, presidenta de la cooperativa, es una especie de mantra los últimas días en el barrio. La repiten todos los que conocen y frecuentan el espacio, y basta con pisar este humilde gimnasio para entender el por qué. Por las mañanas, como en cualquier centro deportivo, predominan las personas mayores. Vecinos del Raval "de los de toda la vida" que llevan décadas apuntados. El Sant Pau tiene 75 años de historia. Su origen está en 1940, cuando se inauguraron los primeros baños públicos del Raval, un lugar en el que poderse duchar por una peseta. 

El jueves por la mañana estaban muy contentos. La acción del miércoles por la tarde con la que iniciaron la batalla por su supervivencia fue un éxito. "Si hace falta cortar la calle, se corta. Esto lo vamos a defender", asegura María mientras se coloca bien el gorro de piscina antes de bajar a la clase de aqua gymSon las nueve de la mañana y una decena de jubilados desayuna con cuchillo y tenedor en el bar después de pasar por la sala de máquinas y la ducha. "La tertulia de después de hacer deporte es lo mejor. Para nosotros esto es mucho más que un gimnasio", explican. Alguno va directamente al desayuno porque ya no tiene el cuerpo para máquinas.  

CONVENIOS INFORMALES

El ambiente por la tarde es distinto. En el Sant Pau se concentran todos los Ravales posibles. El 65% de los socios son inmigrantes. También tienen socios sin techo -"ellos también forman parte del barrio", subraya Morera- que pagan una cuota adaptada, y tienen convenios -formales e informales- con entidades del territorio que van desde el Casal dels Infants -este verano 400 niños pasaron por las nada pretenciosas instalaciones sin pagar- hasta el Sindicato Mantero, cuya sede también está en el barrio. "Aquí aceptamos a gente a la que no aceptan en ningún otro gimnasio. Les damos una oportunidad y responden. Solo se trata de que entiendan bien las normas de convivencia", explica Teresa Muñoztía de Ernest, socia de la cooperativa y trabajadora de este gimnasio familiar en todos los sentidos de la palabra desde hace décadas. 

Fruto de esos convenios, y de observar y adaptarse a la realidad del barrio, ofrecen clases de natación para bebés -junto a sus madres- para mujeres musulmanas. Aquí pueden bañarse vestidas y sentirse cómodas y respetadas. También alargan el horario en Ramadán. Diálogo y pedagogía, dos de las bases del proyecto.   

"ESTRATEGIA EQUIVOCADA"

Hace seis años la antigua propiedad decidió cerrar el negocio y los trabajadores apostaron por liarse la manta a la cabeza, coger las riendas e intentar reflotarlo. Y lo fueron haciendo hasta que hace un año, con la subida del IVA cultural y la continua subida de los consumos básicos -hoy están en casi 6.000 euros mensuales-, se vieron tan apurados que fueron al ayuntamiento a pedir ayuda. "Les dijimos que estábamos cumpliendo una función que deberían cumplir ellos. Desde el primer momento nos dieron palmadas en la espalda y nos prometieron ayuda, así que preferimos pagar primero sueldos y suministros y dejar el alquiler para cuando nos llegara la subvención. Pero los ritmos de la Administración son lentos, y ahora vemos que fue una estrategia equivocada", expone Sáez. 

Ahora se encuentran con una deuda, un juicio por impago y sin contrato. Han creado una página web para recaudar fondos para poder pagar la deuda y negociar con la propiedad un nuevo contrato que les de aire. Que levante la orden de desahucio. Fuentes de la propiedad aseguran estar estudiando la propuesta hecha por el gimnasio -con la intermediación del distrito-, consistente en prorrogar dos años más el contrato.

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