Los desheredados de Marruecos

Miles de menores desamparados deambulan por las ciudades del magreb enganchados a la inhalación de pegamento

Niños de la calle, con una botella para inhalar pegamento, en una playa de Tánger.

Niños de la calle, con una botella para inhalar pegamento, en una playa de Tánger. / REUTERS / RAFAEL MARCHANTE

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Beatriz Mesa
Beatriz Mesa

Periodista

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Son conocidos como niños desheredados porque el sistema se olvidó de ellos. Sufren la pobreza, la violencia física e incluso sexual en sus hogares, la ausencia de afecto o el abandono de la familia. ¿Qué hacen, entonces? Pues echarse a las calles, que se convierten en su techo y modo de vida, en un espacio de libertad pero también en un punto de encuentro con el infierno. “En torno a ellos giran la delincuencia, la prostitución y el consumo de drogas”, explica a este diario Nabil D., periodista y vecino de Tánger (Marruecos). “Hace unos diez años se organizaban muchas actividades de sensibilización y de integración en la sociedad, pero desde hace un tiempo no existe nada”, añade. 

Es una realidad con la que convive a diario la población tangerina, aunque se hace extensible al resto de ciudades del Magreb: grupos de menores, junto a los mercados de abastos de la ciudad, enganchados a la cola que inhalan mediante bolsas de plástico transparentes. O también niños deambulando de aquí para allá, llamando a las ventanillas de los coches, con un paquete de pañuelos en la mano y un bote de pegamento en el bolsillo. Por cada paquete ganan una miseria, e inhalando entumecen sus frustraciones y la sordidez que les rodea. Con la cola, todos se olvidan de lo más importante: de que tienen hambre

Las entidades  sociales estiman que hay unos 30.000 menores desamparados en Marruecos

MILES DE DESAMPARADOS

“La calamidad conduce a estos chavales vulnerables hacia el pegamento, porque no tienen medios para recurrir a drogas más caras", explica Yousef Hamounid, educador social de la onegé marroquí Bayti (mi casa en árabe), pionera en la atención a los niños de la calle y que ha logrado levantar en la última década tres centros de acogida diurnos y una escuela de formación en varias ciudades marroquís. Pero sigue siendo insuficiente para los 30.000 niños que viven desamparados, según las estimaciones de esta organización y de su homóloga Asociación Marroquí de Ayuda a Niños en situación Precaria (AMESIP). Una oenegé que ofrece a los menores cursos de alfabetización en Rabat y pone a su disposición un circo para aquellos con destrezas artísticas. 

Cuando agotan  sus posibilidades de subsistencia en la calle tantean el proyecto migratorio hacia España

El educador social explica que, cuando a algunos niños se les agotan las posibilidades de supervivencia, tantean el proyecto migratorio. ¿Cómo? Cruzando el azaroso estrecho subidos en una barca hinchable de juguete, desde los bajos de un autobús o camión, o como polizones en uno de los ferrys que a diario atraviesan el mar que separa España de Marruecos.

PRESIÓN POLICIAL

Sin embargo, la presión policial marroquí en el puerto de Tánger, que se encuentra además en plena transformación, hace cada vez más difícil la entrada de los menores en territorio español. Para Mercedes Jiménez, especialista en los movimientos migratorios de menores, “hay que diferenciar entre el fenómeno de los niños de la calle en las ciudades, de los chavales migrantes que proceden de zonas rurales”.

No existen  para nadie y la policía solo se ocupa de ellos cuando los encierran con motivo de una visita real

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Aunque ambos fenómenos coinciden puntualmente y, en el momento en que un menor migrante rural no logra alcanzar España, se convierte en candidato a engrosar la lista de los desheredados, entrando en el clan de los niños de la cola para eludir la realidad.

Peor aún, es otro más que pasa al sector de los invisibles, porque no existen para nadie, salvo para los turistas que los ven como objetivo de sus fotografías. “La policía solo piensa en los menores cuando hay una visita real para meterlos en comisarías o en la plaza de toros. Los ocultan", denuncia Mustafa El Maroouf, un activista social para quien no habrá tregua mientras siga habiendo un solo niño en la calle.