HUMANIDAD Y SOLIDARIDAD

La vida plena de Juan Carlos Unzué

Juan Carlos Unzué presenta la crónica de su vida para hacer más visible la "enfermedad invisible". ‘Una vida plena’ es un libro solidario que persigue recaudar fondos para la investigación. Y para que todos los afectados de esa dolencia degenerativa puedan gozar de "una vida digna".

Unzué aplaude una intervención, entre Ramon Besa y Marcos López, coautores del libro junto a Lu Martín.

Unzué aplaude una intervención, entre Ramon Besa y Marcos López, coautores del libro junto a Lu Martín. / Jordi Cotrina

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Joan Domènech
Joan Domènech

Periodista

Especialista en Fútbol, Barça, Deportes.

Escribe desde Barcelona

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La vida merece la pena. «Aún hoy, con lo que estoy viviendo, diagnosticado de ELA, me siento un privilegiado», proclama Juan Carlos Unzué. Con serenidad. Con convicción. Propagando la sencillez, la naturalidad y la simpatía que siempre irradió. Cuando paraba, cuando corría, cuando pedaleaba.

Una vida plena es el título de un libro pleno. El suyo, el que ha supervisado, editado y tutelado Unzué desde la retaguardia con su nuevo equipo, impagable equipo, formado con (no por) los periodistas Marcos López, Ramon Besa y Lu Martín. Generosos a más no poder. Como el protagonista. Han parido una obra entrañable por la humanidad que desprende y por los fines que persigue: los beneficios van destinados a la lucha contra la ELA (Esclerosis Lateral Amiotrófica), una enfermedad degenerativa mortal.

Unzué con el libro 'Una vida plena'.

/ Jordi Cotrina

Es Una vida plena una obra biográfica que se ha sumergido en las profundidades de la vida de Unzué, aquel "chico de pueblo" nacido en Orkoien, que cumplió su sueño de ser futbolista –ser portero, que es distinto, o eso sostienen algunos-, de jugar en Osasuna –debutó parando un penalti– de llegar al Barça –se estrenó en una tanda de penaltis, parando dos– y de cerrar una carrera de 17 campañas en Primera de regreso a Osasuna,  para luego compartir sus experiencias, sus vivencias, su generosidad, con el chándal de entrenador, hasta que el diagnóstico de la ELA le obligó a abandonar el deporte.

La frase censurada

Pero en esas 200 páginas no habla solo Unzué y sus circunstancias. Hablan compañeros, amigos y conocidos. Los que le conocieron y los que le acompañan en otro ciclo de lo que es su privilegiada vida. Sin cursiva y sin ironía. Lo siente así. Aunque... 

"La ELA es una puta mierda", se escuchó en la presentación del libro. Pero no se leerá en el libro. La frase ha sido censurada, pero fue repetida por la doctora Mònica Povedano, una de las especialistas que ha tratado a Unzué.

La familia Unzué arropando a Juan Carlos.

/ Jordi Cotrina

Reconoció que no sabía quién era cuando entró en la consulta y que llamó a su hermano para preguntar si ese nuevo paciente era famoso. Se avergonzaba, parcialmente, reconoció, porque ella se declaró aficionada del Sevilla, uno de los clubs en los que militó Unzué. El que más. Siete temporadas. Donde convirtió a Monchi en "suplente indiscutible", como le pasó a él en el Oviedo, condenado al banquillo por el asturiano Esteban, que acudió al acto de presentación en el Museu Olímpic para arropar a su amigo. Como Carles Puyol, José Mari Bakero o Guillermo Amor. Como Elena Cullell, esposa de Luis Enrique, ausente por encontrarse en Grecia, igual que Aitor Unzué, el hijo de Juan Carlos y componente de su cuerpo técnico.

Egoísmo altruista

"En Oviedo fue donde me sentí más querido", confesó Unzué, pese a ser suplente indiscutible y solo jugar siete partidos de Copa en dos temporadas. En ese vestuario adoptó el lema del egoísmo altruista. Dar para recibir. Hablando en términos de cariño. Y sigue hablando en términos de reivindicación.

Ramon Besa y Marcos López ayudan a Juan Carlos Unzué a bajar del escenario.

/ Jordi Cotrina

"Frustrado" con los políticos, Unzué aún confía en que "algún día nos echen una mano"

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"Aún somos invisibles", dice el enfermo de ELA más visible, reclamando, exigiendo, que él y sus 4.000 "compañeros" –son muchos miles más, porque la enfermedad involucra a todas sus familiares–merecen vivir "una vida digna", cada vez más limitada a medida que avanza el mal.

"Si hay alguien que hace una reflexión de lo que yo digo, o hace todo lo contrario, ya habrá valido la pena", confiesa Unzué, cumplidos los 54 años, decepcionado solo con unos especímenes, unos seres, que ni hacen ni dicen nada. "Siento una frustración enorme con los políticos", dijo. "Pero no pierdo la esperanza de que algún día nos echen una mano", añadió, pleno de generosidad.