Texto: Gema Carrasco
Hay trabajos que se miden en tareas realizadas, servicios prestados o necesidades atendidas. Y hay otros en los que el verdadero valor aparece en algo menos tangible: una conversación que alivia, una mano que acompaña, una sonrisa que devuelve la confianza o la tranquilidad de saber que alguien está ahí. En ILUNION, esa dimensión humana forma parte de la manera de entender el trabajo. Porque detrás de cada servicio hay personas, historias y relaciones que se construyen día a día.
La compañía cuenta con una plantilla de más de 46.000 profesionales, de los que más de 18.000 tienen discapacidad o forman parte de colectivos vulnerables, y está convencida de que cuidar es su forma de hacer empresa. Por eso, todos sus esfuerzos están destinados a construir un mundo mejor con todos incluidos.
Una oportunidad para volver a confiar en uno mismo
David de la Casa lleva más de dos décadas trabajando en la tienda de ILUNION, que está en el Hospital Universitario Fundación Alcorcón. Cuando habla de su empleo, lo hace con la satisfacción de quien ha encontrado mucho más que una ocupación. Para él, el trabajo ha supuesto una oportunidad para recuperar su autonomía después de un accidente que le cambió la vida. “Tenía 24 años cuando tuve un accidente de coche, perdí un brazo y estuve cuatro años muy mal. Pensé que se me había acabado la vida”, recuerda. La incorporación a ILUNION fue un punto de inflexión. “Conseguir el trabajo y empezar a valerme por mí mismo, me hizo levantarme mucho”.
David era repartidor y nunca había trabajado en una tienda. Tampoco había utilizado un ordenador. Los comienzos fueron difíciles, pero con el apoyo de sus compañeros y la posibilidad de aprender, descubrió que este trabajo no solo le ayudaba a desenvolverse profesionalmente, sino que también le devolvía algo esencial: la confianza en sus propias capacidades. Ahora es capaz de envolver regalos con un solo brazo.
“Cuando estoy en la tienda me gusta hablar y ayudar a la gente”, explica. Esta frase resume su forma de entender el trabajo. En la tienda, situada en un hospital, cada cliente llega con una historia distinta, gente con familiares ingresados muy graves u otros que van de visita porque ha nacido un bebé. Con la experiencia, David ha aprendido a leer las necesidades de cada persona: algunos buscan un producto, otros necesitan distraerse durante una espera, conversar unos minutos o encontrar una sonrisa en un día complicado. “Siempre intento sacar lo mejor de mí para que la persona que está triste, se lleve una sonrisa y la que está alegre, pues se alegre más aún”.
En ocasiones, esa cercanía tiene un efecto que va mucho más allá de lo previsible. Recuerda a una joven que acudía al hospital para recibir tratamiento de fisioterapia porque sufrió una lesión que le impedía mover uno de sus brazos. Un día, después de observar cómo se desenvolvía David con un solo brazo mientras comía, decidió acercarse a hablar con él. Le contó su historia y le transmitió que verle a él, le había servido de inspiración para afrontar su propia recuperación. “Me hizo sentir muy válido”, explica él. Aquella conversación se quedó con él como una muestra de que su presencia podía ayudar a otras personas, incluso sin proponérselo. David está convencido de que “lo mejor que me ha pasado ha sido encontrar este trabajo. Sin él, creo que no hubiera levantado cabeza”.
Cuidar también significa conocer a la persona
En la residencia de mayores de ILUNION en Parla, el acompañamiento adquiere otra dimensión. Bárbara Bravo es la supervisora del centro y su función consiste en acompañar al equipo y garantizar que la atención sea de la mayor calidad posible. Pero su manera de explicar el trabajo va más allá de los protocolos y las necesidades básicas. “Tratamos a las personas con cariño y respetamos su individualidad, las acompañamos en el día a día, nos preocupamos por su cita médica, por cómo se encuentran o por sus problemas”. Para Bárbara, la atención cercana se construye a partir de observar y escuchar. Conocer a las personas permite detectar pequeños cambios que quizá no se expresan con palabras: una comida que se deja a medias, un saludo menos alegre de lo habitual o un gesto que revela que algo no va bien. “Es una atención muy cercana y muy real por parte de todo el equipo. Siento que conocemos muy bien a las personas que atendemos aquí”.
Ese acompañamiento genera confianza, especialmente cuando una persona llega a la residencia en un momento de incertidumbre, dejando atrás su domicilio, sus rutinas y un entorno conocido para comenzar una nueva etapa. También las familias necesitan sentirse acompañadas, comprendidas y tranquilas en este proceso. María Isabel Vallejo Soriano conoce bien esa sensación. Su padre Eugenio vive en la residencia desde enero. Para ella, encontrar un lugar donde estuviera bien atendido era una prioridad. “Estoy contentísima. Al principio fue duro. Le costó un poquito adaptarse porque siempre ha estado muy arropado, pero dejarle en esta residencia ha sido maravilloso”.
En poco tiempo, la preocupación inicial dio paso a la tranquilidad. “Él está feliz, está mejor que cuando lo traje y más espabilado. Lo cuidan súper bien. Me llaman para mantenerme informada de todo y confío en ellos plenamente”. Para María Isabel, el cariño se percibe en los gestos cotidianos. “Le tratan con muchísimo cariño y son muy dulces con él”. La confianza también se demuestra cuando el equipo conoce las preferencias de cada persona y adapta los cuidados a sus necesidades. En el caso de Eugenio, por ejemplo, saben cómo le gusta la comida para que pueda disfrutarla mejor. “A él le gusta más la comida aplastada y le viene mejor, y así lo hacen para que se lo pueda comer”. Son pequeños detalles que para una familia significan mucho.
Ese cuidado atento y personalizado refleja El Pacto del Cariño, el compromiso de ILUNION VidaSénior con las personas usuarias y sus familias para ofrecer una atención que va más allá de las necesidades básicas: escucha, comprende y cuida desde el respeto, el afecto y la dignidad de cada persona.
La confianza como parte de la recuperación
En la Clínica de fisioterapia de ILUNION, Laura Rus trabaja como fisioterapeuta. Su objetivo es ayudar a los pacientes a recuperar una buena calidad de vida, pero entiende que el tratamiento no se limita a tratar una lesión concreta. “El impacto en las personas lo trabajamos en tres esferas: la psicológica, la social y la física. Entonces eso los pacientes lo agradecen mucho porque no solo vemos una rodilla, tratamos a Antonia, vemos a esa persona en general”.
La relación que se establece durante el tratamiento es fundamental. El paciente necesita sentirse escuchado para poder expresar sus dolores, sus miedos y sus preocupaciones. Laura explica que muchas veces las historias personales aparecen de forma natural durante las sesiones. Son conversaciones que permiten conocer mejor a quien está al otro lado de la camilla y adaptar el acompañamiento a sus circunstancias. “Porque todas las personas vienen por dolores. Pero es que, si tú te enfocas solo en esa patología, no ves más allá. Si esa persona empieza a abrirse y tiene confianza en ti, tocamos también la parte personal”.
Esa cercanía se extiende a todo el equipo de la clínica, desde la recepción hasta los profesionales sanitarios. Laura recuerda el caso de una paciente mayor que le confesó que nunca se había sentido tan cómoda en un centro de salud. Poco después, comenzó a tratar también a varios de sus hijos. “Tenía ocho hijos y me cogió cita para cada uno de ellos”. Más allá de la anécdota, aquella experiencia refleja la confianza que puede llegar a construirse cuando una persona siente que está siendo atendida de forma individualizada.
Un impacto bidireccional
Las historias de David, Bárbara y Laura muestran que el impacto del trabajo no se produce únicamente en quien recibe el servicio. También transforma a quienes lo prestan. En la residencia, Bárbara recuerda a una mujer que llegó desde su domicilio con muchos miedos y dificultades para relacionarse. Poco a poco, empezó a abrirse, a compartir su historia y a pedir consejo. “Que esa persona depositaste su confianza en mí, me hizo sentir que para esa persona era un apoyo y un lugar seguro”. La relación continuó incluso después de su fallecimiento con su familiar de referencia. Para Bárbara, aquella experiencia resume el sentido de acompañar a una persona en una etapa importante de su vida. “Yo creo que el impacto que provocan ellos en mí es mucho mayor que la huella que podemos dejar nosotros con nuestro trabajo. Desde que tengo relación con los residentes me he planteado muchas cosas: dudo, reflexiono, aprendo y me exijo ser mejor cada día para poder ofrecerles lo mejor”, resume.
En ILUNION, el cuidado y la inclusión se expresan en múltiples actividades y servicios, pero encuentran un punto común en la relación humana. En una tienda, una residencia o una clínica de fisioterapia, el trabajo adquiere otra dimensión cuando se realiza desde la escucha, el respeto y la voluntad de facilitar la vida de los demás.
Porque el verdadero impacto no siempre se puede medir en grandes gestos. A veces está en una conversación, en una sonrisa, en una rehabilitación que devuelve autonomía o en la tranquilidad de una hija que sabe que su padre está bien. Está en la confianza que se construye con el tiempo y en la certeza de que, detrás de cada servicio, hay alguien que se preocupa. Como resume Laura, la clave está en que “ILUNION nos pone a las personas en el centro”.