De parques que protegen barrios enteros de las inundaciones a depuradoras que producen más energía de la que consumen. Una nueva generación de instalaciones está transformando la manera de gestionar los recursos y de relacionarnos con nuestro entorno.
Hay infraestructuras que utilizamos cada día sin apenas reparar en su existencia. Abrimos el grifo, tiramos de la cadena, depositamos una bolsa en el contenedor o encendemos la calefacción. Detrás de esos gestos cotidianos hay una compleja red de instalaciones que hace posible que nuestras ciudades funcionen. Pero ¿y si, además de prestar esos servicios esenciales, pudieran generar energía limpia, recuperar espacios naturales, protegernos de las inundaciones o convertirse en lugares para pasear y aprender?
No es una posibilidad lejana. Ya está ocurriendo en distintos puntos de España, donde antiguas depuradoras se transforman en fábricas de recursos, los residuos que no pueden reciclarse se aprovechan para producir energía y los parques urbanos cumplen también una función decisiva frente a los efectos del cambio climático.
Detrás de esta transformación hay una nueva forma de entender las infraestructuras críticas: instalaciones que dejan de concebirse como espacios aislados de la vida ciudadana para integrarse en el territorio y aportar beneficios directos a quienes viven a su alrededor.
Durante décadas, las plantas de tratamiento de agua, los centros de gestión de residuos y otras instalaciones esenciales se han asociado a espacios industriales alejados de la actividad cotidiana. Hoy, ese modelo está cambiando.
La integración de estas infraestructuras en su entorno permite ir mucho más allá de su función original. No se trata únicamente de reducir su impacto visual o ambiental, sino de aprovechar su potencial para crear espacios públicos, recuperar biodiversidad, atraer inversión y generar empleo local cualificado en sectores de alto valor añadido.
Un parque que también sirve para recoger el agua de las tormentas, una depuradora que produce energía renovable o una planta de residuos que suministra calor a los edificios cercanos son distintas expresiones de una misma idea: los servicios esenciales pueden convertirse también en motores de transformación del territorio.
Y hay otro elemento fundamental: la relación con los vecinos. Abrir las instalaciones a la ciudadanía mediante visitas guiadas, espacios educativos, información accesible o puntos de observación ayuda a comprender cómo funcionan unos servicios que suelen permanecer fuera de nuestra vista.
La participación ciudadana en el diseño de espacios, determinadas decisiones operativas o el seguimiento ambiental puede contribuir, además, a generar confianza y a estrechar la relación entre las comunidades y las instituciones responsables de estos servicios.
¿Qué ocurre con el agua después de ducharnos, lavar los platos o utilizar el inodoro? Aunque habitualmente desaparece de nuestra vista al bajar por el desagüe, su recorrido no tiene por qué terminar ahí.
En un contexto de sequías recurrentes y creciente presión sobre los recursos hídricos, recuperar esa agua para nuevos usos se ha convertido en una herramienta estratégica.
Es precisamente uno de los pilares del modelo de ecofactoría que impulsa Veolia en España. La compañía, especializada en la transformación ecológica en los ámbitos del agua, la energía y los residuos, está transformando depuradoras convencionales en instalaciones capaces de recuperar recursos y generar beneficios para su entorno.
La diferencia es importante. Mientras una depuradora tradicional se centra en tratar el agua residual antes de devolverla al medio, una ecofactoría busca aprovechar al máximo los recursos que contiene. El agua tratada puede regenerarse para limpiar calles, regar parques y campos agrícolas o abastecer determinados procesos industriales. Los residuos del tratamiento pueden convertirse en biogás o fertilizantes, y la energía renovable producida puede utilizarse para alimentar la propia instalación.
Todo ello acompañado de medidas para reducir olores, ruido, contaminación lumínica y otros impactos, además de favorecer la biodiversidad local.
Veolia gestiona actualmente servicios de agua en más de 1.100 municipios españoles, que atienden a 13,5 millones de personas. Varias de sus plantas se encuentran en diferentes fases de transición hacia este modelo, adaptándose a las necesidades de cada territorio.
Uno de los ejemplos más representativos está en el Baix Llobregat, en Barcelona, donde la ecofactoría produce dos metros cúbicos de agua regenerada por segundo. Un recurso que puede destinarse a usos industriales, agrícolas y urbanos, así como a la recarga indirecta de acuíferos, una técnica que permite incorporar agua regenerada a las reservas subterráneas mediante procesos controlados.
Se trata de uno de los ejemplos más avanzados de reutilización de agua a gran escala en Europa y demuestra cómo un recurso que antes se desaprovechaba puede ayudar a aliviar la presión hídrica de un territorio.
Otro caso es el de Gavà-Viladecans, también en Barcelona, donde el agua regenerada se utiliza para regar cultivos y contribuir a preservar el equilibrio ambiental del parque agrario y las reservas naturales del delta del Llobregat. Aquí, la gestión del agua no solo beneficia a la actividad agrícola: también ayuda a proteger un entorno natural especialmente valioso.
El agua no es el único recurso que puede recuperarse. Las instalaciones de tratamiento también tienen capacidad para generar energía a partir de los residuos que reciben, reduciendo su dependencia de fuentes externas.
En Granada, la ecofactoría BioSur ha dado un paso especialmente significativo: ha alcanzado la autosuficiencia energética y produce cerca de cuatro millones de kilovatios hora al año. De hecho, genera casi 500.000 kWh más de los que consume, por lo que se ha convertido en exportadora neta de energía.
También en Granada, la ecofactoría Vados-Emasagra ha incorporado, tras su reciente ampliación, 1.400 kWp de potencia solar fotovoltaica y 1.350 kW de cogeneración para aprovechar el biogás producido durante el tratamiento.
En Murcia Este, el aprovechamiento de los recursos da un paso más al conectar la depuración con la industria agroalimentaria del entorno. En 2024, la instalación obtuvo la Autorización Ambiental Integrada para incorporar residuos de esta actividad como materia prima para producir biogás.
Son ejemplos de economía circular aplicada a la vida cotidiana: lo que para una actividad es un residuo puede convertirse en un recurso útil para otra.
Este mismo principio guía otras instalaciones españolas. La ecofactoría de Palencia combina cogeneración y energía fotovoltaica para garantizar la calidad del agua vertida, avanzar en la autosuficiencia energética y favorecer su integración ambiental. Por su parte, la ecofactoría Sur Oriental de Madrid transforma sus propios lodos en energía, es autosuficiente energéticamente y lleva cinco años garantizando la calidad del vertido.
En Sabadell Riu Ripoll, en Barcelona, la transformación tiene también una vertiente educativa. En 2025, la planta alcanzó un 89% de autosuficiencia energética y recibió a más de 2.000 alumnos. Una oportunidad para que las nuevas generaciones descubran qué sucede con el agua después de utilizarla y comprendan la importancia de gestionar responsablemente los recursos.
En Alicante, una zona verde de 36.000 metros cuadrados demuestra que un espacio de ocio puede convertirse en una pieza clave de la protección urbana.
A simple vista, La Marjal es un parque urbano donde pasear, observar aves o disfrutar de la vegetación mediterránea. Sin embargo, bajo esa apariencia de espacio natural se esconde una infraestructura hidráulica capaz de proteger a miles de vecinos frente a las lluvias torrenciales.
Inaugurado en febrero de 2015, el parque nació de la colaboración entre Aguas de Alicante, empresa del grupo Veolia, y el Ayuntamiento de Alicante. Con 36.000 metros cuadrados de superficie, fue uno de los primeros parques inundables de España.
Su funcionamiento responde a una idea tan sencilla como eficaz: cuando llegan las lluvias intensas, el parque puede almacenar temporalmente hasta 45.000 metros cúbicos de agua, el equivalente a 18 piscinas olímpicas.
Esa capacidad permite reducir el riesgo de inundaciones y proteger a más de 15.000 residentes de la zona. El agua acumulada se libera después de forma controlada hacia la red de drenaje o se conduce a la depuradora para su regeneración y posterior reutilización, evitando que termine directamente en el mar.
Pero La Marjal, que recientemente ha recibido de la Comisión Europea el premio de la Nueva Bauhaus Europea al mejor proyecto de 2026 en la categoría de Circularidad, Sostenibilidad e Innovación, no es únicamente una solución frente a las inundaciones. También es un ejemplo de cómo una infraestructura puede mejorar el paisaje urbano y favorecer la biodiversidad.
En su interior se ha recreado el paisaje mediterráneo mediante más de 60 especies vegetales autóctonas, desde las propias de zonas de montaña hasta las de entornos agrícolas. El espacio se ha convertido, además, en lugar de parada para aves migratorias.
Quizá la mejor infraestructura del futuro no sea la que pasa completamente desapercibida, sino la que, además de cumplir su función, consigue que la ciudad y sus habitantes vivan mejor.
Los humedales artificiales y la vegetación filtrante contribuyen a depurar el agua de manera natural, reduciendo la necesidad de tratamientos químicos. La propia topografía del parque facilita la circulación y filtración del agua, lo que ayuda a disminuir el consumo energético.
Así, un espacio concebido para hacer frente a un problema urbano se ha convertido también en un lugar de encuentro, educación ambiental y recuperación de la naturaleza. Una muestra de cómo las ciudades pueden adaptarse al cambio climático sin renunciar a ganar espacios verdes para sus habitantes.
Algo parecido sucede con los residuos que generamos a diario. Aunque la prioridad sigue siendo reducirlos, reutilizarlos y reciclarlos, existe una parte que no puede recuperarse mediante los procesos habituales.
¿Qué hacer con ella?
Una alternativa es la valorización energética, que permite aprovechar los residuos no reciclables para producir electricidad o calor útil para viviendas, equipamientos y actividades industriales. De esta manera, se complementa el reciclaje y se reduce la cantidad de residuos que termina en el vertedero.
Un ejemplo de este modelo se encuentra en Mataró, en la comarca barcelonesa del Maresme, donde el Centro Integral de Valorización de Residuos puede tratar hasta 220.000 toneladas de residuos al año.
El complejo, gestionado por la UTE TEM, en la que participa Veolia, combina distintas tecnologías para sacar el máximo partido a los residuos municipales. Los materiales pasan por procesos de selección, metanización y valorización energética, de modo que cada fracción recibe el tratamiento más adecuado y se prioriza la recuperación de recursos.
El resultado tiene una aplicación directa en el entorno. Solo en 2025, el centro suministró 22.656 MWh de energía térmica a la red de calefacción urbana.
Es decir, parte de la energía contenida en los residuos se transforma en calor aprovechable para la ciudad. Lo que antes podía acabar en un vertedero se convierte en un recurso local.
La instalación también abre sus puertas a escolares y otros grupos educativos, que pueden conocer de primera mano cómo se gestionan los residuos y descubrir por qué separarlos correctamente en casa es el primer paso para facilitar su aprovechamiento.
Los ejemplos de Alicante, Barcelona, Granada, Murcia, Madrid o Palencia muestran que las infraestructuras esenciales pueden desempeñar un papel mucho más amplio del que tradicionalmente se les ha atribuido.
Su valor ya no se mide únicamente por la cantidad de agua que depuran, los residuos que tratan o la energía que producen. También importa su capacidad para proteger el entorno, recuperar recursos, impulsar la economía local, crear oportunidades educativas y mejorar la calidad de vida de los ciudadanos.
La integración en el territorio exige, además, escuchar a las comunidades, facilitar información sobre el funcionamiento de las instalaciones y abrir espacios de participación. Porque conocer qué ocurre detrás de una depuradora o de una planta de tratamiento ayuda a entender mejor su utilidad y su contribución al bienestar colectivo.
En un momento en que las ciudades deben afrontar desafíos como la escasez de agua, la gestión de residuos, la transición energética o los fenómenos meteorológicos extremos, estas instalaciones adquieren una nueva dimensión.