20 oct 2020

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Si algo bueno ha surgido del enclaustramiento colectivo al que nos ha sometido el coronavirus ha sido la evidencia de la necesidad de los libros. Quizá los habíamos relegado pero han surgido con potencia, situados en el centro de nuestra cotidianidad, para ayudarnos, ellos tan viejos y tan sabios, a sobrellevar inquietudes y desgracias. Leíamos los libros que teníamos en casa e inevitablemente pensábamos en quienes nos los facilitaban en la normalidad, los libreros, en especial los sufridos libreros de barrio de las pequeñas o medianas librerías siempre en el filo del abismo amenazado por los gigantes “amazónicos” que, como defiende el editor Enrique Murillo, todavía sigue siendo el “auténtico sostén del mundo del libro”. Con las librerías funcionando en estado de alarma, con cita previa de los lectores que ya no sabían cómo hacer frente al síndrome de abstinencia libresca (hay que recordar que las bibliotecas siguen cerradas), distancia social y con medidas de seguridad higiénica, la gran mayoría de los libreros certifica que aunque hayan tenido que recurrir a los ertes, o a los créditos del ICO, han podido salvar los trastos con bastante dignidad -tiempo habrá para hacer el recuento de los que no lo han logrado- y en muchos casos recibir oleadas de cariñoso apoyo de los fieles clientes. Porque ¿qué es una librería sin clientes fieles?

Los libreros entonan el 'resistiré' con convencimiento (leer noticia)