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Como todos los años por estas fechas, José Mota nos ha hecho en TVE-1 su programa especial de humor. Y como ya viene siendo habitual, se ha presentado con el freno de mano de puesto, con el café descafeinado, y con ese concepto de lo cómico en el que está instalado, tan acomodaticio, tan desleído, tan pasado por la lavadora que la nariz roja de payaso se ha quedado en rosa palo, y el mordiente y el sarcasmo en espuma, sifón, en esa textura gaseosa que se queda en nada en cuanto la botellita ha sido descorchada. La historieta de este año ha sido un supuesto golpe de Estado, una especie de 23-F, a cargo de los cómicos de España. Ocupan el Congreso. Están hartos de que se marquen límites al humor. Están indignados con la criminalización de la comicidad. ¡Ah! Gran idea si hubiera sido ejecutada con un poco, al menos un poco, de causticidad o de sátira. Qué lástima. Tanto cómico arrejuntado, tanto humorista contratado, y ni una sola perdigonada. Lo más fuerte de la velada sonaba a espantasuegras en el cotillón de un chiquipark. Y, como era de esperar, el rey Felipe VI (Mota) lanza un mensaje a la nación desautorizando la revuelta, pronunciando solemnemente este comunicado: «Que los cómicos depongan su actitud y permitan a los políticos seguir desempeñando sus acciones en el cachondeo generalizado, tarea para la que están sobradamente preparados». ¡Uyyy! ¡Qué fuerteee! Hombre, aquí solo que hubiera aparecido alguien, uno de los contratados, un Santiago Segura, una doña Rogelia, hasta un Jaimito Borromeo pongo por caso, sacando la cabecita por detrás del Mota monarca, y exclamando: «Para cachondeo generalizado, tu regia familia, chato», con solo este detalle de mínimo sarcasmo –tan real y exacto por otra parte– al menos se habría salvado el gag.

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