Ir a contenido

Manos juntas en la espalda, andar pausado, Jordi Pujol se dirige hacia la pequeña mesa central de la sala 229 de la Ciutat de la Justícia de Barcelona. "¿Quiere tomar asiento, por favor, señor Pujol?", le dice la jueza. "Señor". Aquel tratamiento de 'president' o 'molt honorable' es propio de otros lares y, sobre todo, en este caso, de otras épocas. "¿Puc tenir un paper sobre la taula?", son las primeras palabras del fundador de CiU. Una empleada del juzgado le facilita un DIN A4, pero él saca un papelito del bolsillo de la americana. Se le comunica entonces que está imputado "por un delito contra la Hacienda Pública y de blanqueo de capitales", se le recuerda que tiene derecho a guardar silencio y a ser asistido por un intérprete "en caso de que deseara expresarse en lengua catalana?". "¿Ha entendido sus derechos?", le pregunta la jueza. "Perdó? Sí, sí. Em sembla que puc parlar en català", contesta él. Empieza entonces un interrogatorio que se alargará cerca de dos horas.

Pujol y la "hucha" maldita (leer noticia)