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Siempre he estado de acuerdo con mi edad. No era una de esas niñas que a los 7 años ya desean ser adultas, de adolescente tampoco sentía una impaciencia especial por llegar a los 18 (me sentí libre mucho antes) y ahora, aunque la palabra 'madurez' me dé escalofríos y ganas de vomitar, no recurro a estratagemas para esconder mi edad o el paso del tiempo. Hace veinte años, antes de tener hijos, tal vez hubiese deseado la inmortalidad, pero ahora solo la aceptaría si incluyese a toda mi familia, la vida sin mis hijos, por muy eterna que sea, no me interesa.

El patio eterno (leer noticia)