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El mayor robo de la historia británica no fue ejecutado por una mafia internacional sino por un grupo de ancianos. Ahora, el director James Marsh convierte el suceso en una intriga cómica que no resulta ni intrigante ni divertida. Por un lado, la sucesión de chistes sobre diabetes y diarrea no tarda en hacerse repetitiva; por otro, la falta de interés de Marsh por el suspense hace que sus intentos postreros de adentrar el relato en terrenos más oscuros carezcan de impacto dramático. Al final, la película resulta útil solo como homenaje a un reparto de intérpretes ilustres que, eso sí, aquí se manejan con el piloto automático.

'Rey de ladrones': achacosa peripecia (leer noticia)