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Retrato de un cineasta enfrentado a una maraña de crisis profesionales y personales -un extraño triángulo amoroso entre ellas-, la nueva película del francés Arnaud Desplechin aqueja un problema esencial: no tiene ni idea de qué película quiere ser. El relato va oscilando entre el presente y el pasado, entre la autoparodia y la más absoluta seriedad y entre los clichés de la comedia romántica y los del cine de espías, apilando en el proceso giros argumentales, virguerías visuales y subtramas que nunca llegan a converger. Y la histriónica energía con la que hace todo eso no solo no esconde la falta de lógica y de verdad emocional, sino que en última instancia la enfatiza.

'Los fantasmas de Ismael': conflicto de identidad (leer noticia)