13 ago 2020

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Hacía tiempo que no veía una película tan triste como 'La hija de un ladrón'. Salgo del cine desolado porque la tristeza más profunda tiene eso. La desolación implica sobre todo un vacío. Colosal, sin casi un margen para la mínima esperanza. La historia, sin entrar en detalles, y como explica muy bien el crítico Ángel Quintana, no nos lleva a una desesperación que es fruto de injusticias sociales, como en los filmes de Ken Loach, sino que "rechaza todo dramatismo gratuito". Es el lento y a la vez sincopado viaje -una odisea íntima- "donde no podemos encontrar respuestas, solo hacernos preguntas".

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