24 sep 2020

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El año 2001 tuvo muy poco de la odisea espacial que en 1968 previó Stanley Kubrick. 1984 tampoco fue la distopía que en 1949 publicó George Orwell. El próximo miércoles, 21 de octubre del 2015, es otra fecha mítica, en este caso del cine palomitero. Es el día del futuro al que, en la trilogía de Robert Zemeckis, viaja Marty McFly gracias al condensador de fluzo, donde descubre los monopatines voladores, la realidad 3D sin gafas, las zapatillas que se ajustan solas al pie y que los Chicago Cubs ganarán las World Series de béisbol, algo que no han logrado desde 1908 y que, ¡glups!, parece que este año podrían conseguir después de que el pasado lunes vencieran a los Cardinals. Una inquietante profecía autocumplida. Pero como estos días se hablará tanto de Regreso al futuro como del prucés (bueno, tal vez tanto no), lo que a continuación viene es un viaje hacia atrás, a 1985, precisamente a la fecha de la que provenía el protagonista de Regreso al futuro y, concretamente a algo que aquel año sucedió en Barcelona, que pasó entonces inadvertido y que, según se mire, bien podría considerarse el pecado original que condujo a esta ciudad a ser lo que es hoy, la Babilonia del crucerismo mediterráneo.

El pecado original del crucerismo (leer noticia)