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Gastronomía

Aranda de Duero, la capital del lechazo: el templo castellano donde comer se convierte en toda una religión

Entre bodegas centenarias y hornos de leña, la ciudad burgalesa ha transformado una receta ancestral en uno de los grandes reclamos gastronómicos de España

Aranda de Duero, la capital del lechazo: el templo castellano donde comer se convierte en religión

Aranda de Duero, la capital del lechazo: el templo castellano donde comer se convierte en religión / Archivo

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Mariona Carol Roc

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Hay territorios en España donde sentarse a la mesa trasciende el mero acto de alimentarse. La Ribera del Duero es uno de ellos. A lo largo de más de cien kilómetros que serpentean junto al río Duero por las provincias de Burgos, Soria, Segovia y Valladolid, esta tierra castellana ha levantado una identidad culinaria tan poderosa que hoy atrae a viajeros de toda Europa.

La región ha encontrado el equilibrio perfecto entre dos patrimonios inseparables: el vino y la cocina tradicional. La Denominación de Origen Ribera del Duero, con más de 270 bodegas y cerca de 900 marcas, ha convertido a la uva Tempranillo en uno de los grandes símbolos del vino español. Pero junto a las copas emerge otra tradición igual de venerada: la del lechazo asado en horno de leña.

El lechazo, una institución gastronómica

En el corazón de la comarca se encuentra Aranda de Duero, una ciudad burgalesa de algo más de 33.000 habitantes que ha logrado convertir una receta tradicional en un auténtico emblema cultural. Para muchos viajeros, atravesar la meseta castellana sin detenerse en uno de sus asadores supone un error imperdonable.

El refrán popular resume la devoción local con una frase convertida ya en leyenda: "Los mejores lechazos son los que al nacer escuchan las campanas de la iglesia de Santa María de Aranda de Duero". Una exageración poética que, sin embargo, refleja el prestigio gastronómico que la ciudad ha consolidado durante décadas.

Técnicamente, el lechazo es una cría de oveja de menos de 35 días alimentada exclusivamente con leche materna. Para obtener la certificación de la Indicación Geográfica Protegida (IGP) Lechazo de Castilla y León, debe proceder de razas autóctonas como la churra, la ojalada o la castellana, además de cumplir estrictos requisitos de peso y calidad.

Pero en Aranda de Duero el lechazo va mucho más allá de una definición ganadera. Es tradición, identidad y orgullo colectivo.

El secreto está en la sencillez

La ciudad celebra desde hace más de dos décadas sus Jornadas Gastronómicas del Lechazo Asado, una cita que ha convertido este plato en el principal escaparate culinario de la comarca. Además, la marca "Lechazo Asado de Aranda de Duero" protege la receta tradicional y garantiza el respeto a un proceso transmitido de generación en generación.

Los maestros asadores defienden una filosofía basada en la austeridad absoluta. El cordero apenas se sazona con sal antes de colocarse en una cazuela de barro con un pequeño fondo de agua. Después entra en el horno de leña de encina durante cerca de dos horas.

No hay especias, hierbas aromáticas ni adobos. La intención es clara: preservar intacto el sabor de una materia prima excepcional. El resultado es una carne blanca y tierna que prácticamente se desprende del hueso, protegida por una piel dorada y crujiente que concentra toda la intensidad del asado castellano.

La tradición dicta además un acompañamiento igualmente sobrio: ensalada de lechuga y cebolla, pan de torta y una copa de vino tinto de la Ribera del Duero.

Lechazo Asado de Aranda de Duero

Lechazo Asado de Aranda de Duero / Archivo

Una ciudad construida sobre vino e historia

Sin embargo, Aranda de Duero no vive únicamente de su gastronomía. La localidad conserva uno de los conjuntos patrimoniales más importantes de Castilla y León para una ciudad de su tamaño.

La iglesia de Santa María la Real domina el casco histórico como uno de los grandes ejemplos del gótico flamígero español. Construida entre los siglos XV y XVI, su espectacular fachada de piedra, atribuida a Simón y Francisco de Colonia, funciona como un inmenso retablo esculpido donde se representan escenas bíblicas y símbolos de la monarquía castellana.

En su interior destacan las bóvedas de crucería, un púlpito plateresco tallado en nogal y una escalera coral que mezcla elementos mudéjares, góticos y renacentistas. Declarada Monumento Histórico-Artístico Nacional, hoy alberga además el Museo de Arte Sacro.

Otro de los grandes hitos patrimoniales es la iglesia de San Juan Bautista, escenario del histórico Concilio de Aranda de 1473, fundamental para reforzar la posición política de Isabel la Católica. Su arquitectura gótica y su colección artística convierten al templo en una de las visitas imprescindibles de la ciudad.

La ciudad subterránea bajo Aranda

Bajo las calles de Aranda de Duero se esconde además uno de sus tesoros más singulares: una red de más de siete kilómetros de galerías subterráneas excavadas entre los siglos XIV y XV.

Estas bodegas subterráneas, construidas a unos doce metros de profundidad, permitían conservar el vino a temperatura constante durante todo el año. En su momento de mayor actividad llegaron a almacenar cerca de nueve millones de litros en enormes cubas de roble.

Actualmente, más de 120 bodegas permanecen catalogadas y varias de ellas pueden visitarse. Pasear por estos túneles medievales supone adentrarse en la historia vitivinícola de la Ribera del Duero y comprender hasta qué punto el vino ha modelado la identidad de la ciudad.

Mucho más que un destino gastronómico

Aranda de Duero ha logrado algo reservado a muy pocos lugares: convertir un plato tradicional en una experiencia cultural completa. Aquí el lechazo no es solo una receta, sino una forma de entender la mesa, el tiempo y la hospitalidad castellana.

Entre hornos de leña, iglesias góticas y bodegas centenarias, la ciudad burgalesa ha encontrado la fórmula perfecta para unir gastronomía, patrimonio e historia. Un destino donde cada comida termina pareciendo una celebración.