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LA MANO AMIGA

Sin Barreras, la cara amable que te ayuda en el aeropuerto: "Tranquila, el avión no despegará sin usted"

Me dirán ¡solo faltaría! Ya, sí, y yo les diré ¿y por qué no todo el mundo es así? ¿por qué cada vez hay más crispación y menos amabilidad? Los muchachos/as del servicio de 'Sin Barreras', de AENA, son los más amables, con diferencia, de los desagradables aeropuertos.

Un coche 'Sin Barreras' acompaña a unos viajeros, ayer, en el Aeropuerto Josep Tarradellas, de Barcelona.

Un coche 'Sin Barreras' acompaña a unos viajeros, ayer, en el Aeropuerto Josep Tarradellas, de Barcelona. / EMILIO PÉREZ DE ROZAS

Emilio Pérez de Rozas

Emilio Pérez de Rozas

BARCELONA
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Como tenemos confianza ¿verdad?, les contaré cuál fue la secuencia. Antes de desplazarme, ayer, a Son Sant Joan, el aeropuerto de Palma, tuve que llamar a una clínica de Ciutat de Palma para anular una visita médica de mi hijo mayor. No hubo forma de hablar con una persona. Imposible. Llamé tres veces y las tres veces me respondió una voz metálica que decía ser “el asistente virtual de…”, me guardo el nombre del hospital (de momento).

Acabé respondiendo a todas sus demandas y ¿saben qué ocurrió?, que la maquinita anuló una visita mía con el urólogo, en lugar de la de mi hijo, con su traumatólogo. No solo confundió mi nombre, también los apellidos y, por descontado, la fecha, la especialidad y los doctores. “Está hablando (no, no, hablando no estoy) con el asistente virtual de…”.

Así que me desplacé al aeropuerto bastante enfadado y como mi columna vertebral no está para demasiados trotes, aunque la doctora Teresa Sola está obrando milagros, debí recurrir, por última vez, cierto, a la asistencia de ese departamento de AENA (Aeropuertos Españoles y Navegación Aérea) denominado Sin Barreras. Y viví, cosa que ya había experimentado antes, la experiencia totalmente contraria a la de ¿mí? asistente virtual. Es decir, pura atención, diálogo, empatía, amabilidad, cordialidad, sericio esmerado, cortesía, bondad sincera e infinita.

Un trabajador de 'Sin Barreras' acompaña a un viajero a recoger su maleta en El Prat.

Un trabajador de 'Sin Barreras' acompaña a un viajero a recoger su maleta en El Prat. / EMILIO PÉREZ DE ROZAS

Miren, yo no sé de dónde saca AENA o las subcontratas de este servicio su personal, pero son pura maravilla, con un tacto exquisito, con una complicidad absoluta. Piensen que yo, a mis 74 años, era un niño, un ‘teenager’, al lado de toda la gente que me acompañaba y esperaba ser ayudada, asistida, transportada. Gente que precisa, sobre todo, amabilidad. ¿Por qué?, pues porque, además de ser mayor, o estar impedida, o precisar ayuda para desplazarse, vive en un mundo que, en la mayoría de ocasiones, desconoce y que, tal vez, pisa por vez primera.

“Un porcentaje enorme de la gente que reclama nuestra ayuda”, me dice Jorge, de Sin Barreras, de Palma, “pisa un aeropuerto por vez primera y duda dónde está, dónde debe ir y cómo debe ir, así que están en nuestras manos”. Y, de pronto, se oye decir al conductor del coche eléctrico que nos lleva a seis viajeros del IMSERSO y a mí, a las distintas puertas: “Un momento, no se muevan, vengo enseguida". Y un abuelo, al fondo del vehículo, dice: “Anda que no, como para moverme, no sé ni donde estoy”.

El conductor se ha parado porque acaba de ver a una compañera sufrir con otros dos abuelitos. Ella, inquieta, aún no ha sacado las tarjetas de embarque; él, más inquieto aún, persigue desesperado un baño. “Usted se queda aquí, yo acerco a su esposo al baño, se lo devuelvo y, luego, nos vamos los tres a sacar las tarjetas, a facturar las maletas y a la puerta de embarque”. Pero, pero…balbucea ella…”señora, usted tranquila, yo le garantizo que su avión no despegará sin ustedes”.

“Usted se queda aquí, yo acerco a su esposo al baño, se lo devuelvo y, luego, nos vamos los tres a sacar las tarjetas, a facturar las maletas y a la puerta de embarque”. Pero, pero…balbucea ella…”señora, usted tranquila, yo le garantizo que su avión no despegará sin ustedes”.

Nos dejan dentro del avión. “Y, cuando lleguen a Barcelona, se esperan en el avión, nosotros vendremos a por ustedes”. Y la más abuelita de todas mira a su marido y le dice “este sí que es un trabajo estupendo”. Y el marido, con las gafas en mitad de la nariz y mirándole por encima de la montura, le dice: “Ana, si los trabajos fuesen estupendos, se los quedarían los ricos y no los dejarían para los demás, se los quedarían todos; no, Ana, no, no hay trabajos estupendos”.

Yo no sé si trabajar en Sin Barreras es o no estupendo, pero sí sé, porque lo he vivido este último mes, que sus gentes son, todas, estupendas. Y serviciales. Y atentas. “La gente acostumbrada a los aeropuerto se mueve con una soltura impresionante en medio de semejante laberinto”, señala Concepción, en Barcelona. “Pero la ‘gent gran’ con la que tratamos nosotros necesitan más atención y mimo que nadie y, no solo por su inseguridad, pues también los hay atrevidos, sino porque confían ciegamente en ti. Y, en ese sentido, no podemos fallarles”.

Las esperas son reposadas, los consejos certeros, los desplazamientos seguros, los comentarios tranquilizadores. Ellos, la tribu de Sin Barreras, transmiten serenidad y los abuelos pueden hablar de sus cosas mientras esperan o van camino de su puerta de embarque que, por descontado, ni saben cual es ni, mucho menos, donde está.

Dos abuelitos, sentados en el bus 'Sin Barreras', de El Prat.

Dos abuelitos, sentados en el bus 'Sin Barreras', de El Prat. / EMILIO PÉREZ DE ROZAS

Por eso no deja de ser gracioso que una abuelita le diga a otra que, ayer, hizo la trampa “soñada”, consistente en “darle un sándwich de Nocilla a mi nieta pequeña, sin que lo sepa su madre”. “Estas muerta, amiga”, añade la colega. “Que va, que va, ¿te crees que es la primera vez que lo hago? La complicidad entre abuela y nieta es invencible”, señala la mujer, harta, tal vez, de las obsesiones de la madres modernas.

“¿Podrá caminar por el ‘finger’ o quiere que le acerque al avión en una silla de ruedas?”, le pregunta otro gentil Sin Barrera al abuelo más abuelo. “¿‘Finger’? ¿de qué me habla, joven?", exclama el hombre como si le hablasen del Artemis II, de la NASA. “Perdón, perdón, que si podrá caminar por la pasarela de acceso al avión”. “Sí, sí, puedo, sin prisas se puede hacer todo”.

Eso, sin prisas y con enorme tacto. Con amabilidad. Con empatía. Con todo lo que ya no se lleva, ni estila. Fijo que los asistentes virtuales, como los coches sin conductor (que se estrellan), están por instalarse en los aeropuertos ¡ya! Mientras, agradezcamos a esta tribu gentil y atenta de Sin Barrera que sean, eso, mucho más amables y eficaces que la IA, que no sé si es inteligente, pero de artificial tiene tanto que se equivoca.

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