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Las familias gitanas necesitan apoyo contra el fracaso escolar

MONRA

Las familias gitanas necesitan apoyo contra el fracaso escolar

Zenia Hellgren

Profesores y mediadores sociales se declaran desbordados y sin medios para responder a las expectativas de los padres de niños gitanos

La idea de que las familias gitanas tienen expectativas bajas en cuanto a la educación de sus hijos está muy extendida en la sociedad, también entre profesores, y las tasas de absentismo, abandono y fracaso escolar son muy altas en este colectivo.

En el recién concluido proyecto Vakeripen vimos que, para entender mejor por qué un niño fracasa en la escuela, es necesario profundizar y mirar qué hay detrás de lo que pueda parecer como poca implicación por parte de las familias. Parece haber una discrepancia entre las expectativas de muchas familias gitanas de que sus hijos estudien para tener un futuro mejor, y una tendencia en varios centros escolares a generalizar y suponer que los alumnos de esta etnia esperan poco de los estudios.

Objetivos del estudio

Vakeripen significa “conversación” en romaní, que es el término más cercano a “comunicación” o “diálogo” en este idioma. Es un concepto central que guía los principios de este proyecto y el título utilizado en todas las comunicaciones con los actores involucrados a nivel local.

Durante un año y medio, desde principios del 2017 a mediados del 2018, realizamos 76 talleres, charlas y reuniones, y 87 entrevistas en profundidad con madres y padres gitanos, personal escolar y mediadores sociales de los barrios de Bon Pastor (Barcelona), El Gornal (L'Hospitalet de Llobregat), Sant Roc (Badalona) y La Mina (Sant Adrià de Besòs).

El objetivo principal era mejorar la comunicación entre escuelas y familias para prevenir el fracaso escolar.

Las 80 familias gitanas que participaron en el proyecto expresaron el deseo de que sus hijos siguieran estudiando, si fuese posible. Porque, a la vez que reconocieron el papel fundamental que tienen los estudios para poder acceder a un puesto de trabajo cualificado y a un sueldo digno, temían no poder apoyar a sus hijos lo suficiente.

Muchas familias se mostraron preocupadas por las tasas universitarias, que no podrían pagar sin beca. Otra preocupación común era la de no poder ayudar a sus hijos con los deberes por no saber matemáticas o no saber leer y escribir bien ellos mismos, o por tener jornadas de trabajo largas e imprevisibles. Sin embargo, coincidieron también en percibir que desde las escuelas esperaban mucha implicación de las familias para mejorar la situación escolar de sus hijos, y expresaron el deseo de recibir más apoyo del profesorado.

 
 

“No conozco a ningún gitano que no quiera que sus hijos estudien. Pero otra cosa es saber cómo podemos ayudarles. En las escuelas no nos dicen, por ejemplo, qué tenemos que hacer para que lleguen a secundaria. La mayoría de las familias no pueden ayudar a sus hijos, porque los mismos padres no tienen estudios”. Padre gitano.

La percepción académica

Por unanimidad, los profesores, directores y jefes de estudios que entrevistamos argumentaron que un fuerte apoyo familiar es necesario para que un alumno pueda salir adelante en un contexto de alta complejidad social como es el caso de estos barrios, y que las familias gitanas generalmente son difíciles de involucrar en las actividades de la escuela.

Buena parte del personal escolar entrevistado también lamentó que la falta de recursos hacía imposible dar tanto apoyo a los alumnos como el que necesitan. Creen que hacen falta más horas y más gente para poder atender las necesidades de estos alumnos, y ven que la situación de muchas familias se ha agravado con la crisis.

Específicamente, varios profesores señalan que a menudo no se pueden dedicar a la enseñanza porque tienen que atender necesidades básicas de alumnos que vienen a la escuela con frío, hambre, etc. No hay suficientes becas de comedor y los que se quedan sin beca a veces no comen. Eso, evidentemente, influye en su rendimiento escolar.

Además, encontramos grandes diferencias en las actitudes hacia las familias gitanas entre escuelas, y entre individuos dentro de la misma escuela. Muchas de estas diferencias dependían de si veían el entorno social o la particularidad cultural de los gitanos como el motivo del fracaso escolar.

 
 

“Las familias que quieren que sus hijos estudien tienen que sacarlos de este barrio. Puede que haya alguna familia gitana que lo haya conseguido, pero en general… Aquí hay una cultura de subsistencia, es muy difícil llegar a algo en un contexto así”. Directora de escuela.

“No podemos esperar el mismo rendimiento de un niño gitano como de otros alumnos de la escuela. Es imposible porque no tienen los mismos hábitos o el mismo apoyo familiar. Vienen porque son obligados, no porque quieran ir a la universidad.” Profesora.

Los promotores escolares y otros actores sociales, por su parte, coinciden en que el problema no son las expectativas de las familias gitanas, sino factores estructurales, como la segregación escolar y la discriminación laboral que sufren muchos gitanos.

La experiencia de las familias gitanas

Las experiencias de discriminación eran relatos frecuentes entre las madres y los padres gitanos que entrevistamos, sobre todo por insultos en espacios públicos y al intentar conseguir empleo. Varios de ellos expresaron el miedo a que sus hijos sufrieran lo mismo que ellos habían sufrido y que eso limitase sus oportunidades de acceder a un trabajo en el futuro, aunque llegaran a estudiar.

En general, las madres y padres destacaron que su principal objetivo era que sus hijos no tuvieran que pasar por lo mismo que ellos: trabajos duros, inseguros y mal pagados, y la humillación de ser tratados de manera despectiva por ser gitanos.

En varios casos plantearon si sus hijos parecían o no “muy gitanos”, y la ventaja que podría ser tener la tez más clara y poder pasar por “payo” para conseguir un trabajo, por ejemplo.

La gran mayoría trabajaba en la venta ambulante, y algunos en mercadillos y  en la recogida de chatarra. Ninguno deseaba realizar este tipo de trabajo, pero no habían podido seguir estudiando en su juventud, típicamente por tener que buscarse un trabajo para ayudar a su familia económicamente. De las madres y los padres entrevistados, más de dos tercios no llegaron a terminar la ESO.

 
 

“Trabajo en el mercado, en la venta ambulante, y no quiero que mi hijo pase las mismas fatigas que yo. Quiero que estudie y que tenga un ordenador delante, y una mesa. Él también lo dice, que cuando sea grande quiere estar delante de un ordenador, y le digo que para eso tiene que estudiar mucho. Pero para que sea posible también tenemos que pagar su carrera. Haremos todo lo posible, pero nunca se sabe.” Padre gitano.

Cuando contrastamos las narrativas de las familias gitanas con las del personal escolar y los actores intermediarios vimos claramente cómo la gran importancia que daban las familias gitanas a la educación chocaba con la visión de ellos que, en general, tenía el personal escolar. Los profesores y mediadores sociales se declaraban desbordados en su día a día y sin medios para complementar aquello a lo que la escuela no llega y poder ofrecer apoyo suficiente.

The Conversation

Zenia Hellgren, Migration scholar, Universitat Pompeu Fabra

Este artículo fue publicado originalmente en  The Conversation. Lea el original.