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Geología

La península ártica esconde la corteza terrestre más gruesa de Europa: 65 kilómetros

Un equipo internacional ha descubierto bajo el extremo norte de Noruega una corteza continental excepcionalmente gruesa sin las grandes montañas que normalmente delatan esa profundidad geológica

La península de Varanger en Noruega oculta la corteza terrestre más gruesa de Europa.

La península de Varanger en Noruega oculta la corteza terrestre más gruesa de Europa. / Frankemann/CC

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EDUARDO MARTÍNEZ DE LA FE/T21

EDUARDO MARTÍNEZ DE LA FE/T21

Madrid
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En geología, una corteza terrestre muy gruesa suele asociarse a grandes cordilleras. El Himalaya es el ejemplo clásico: la colisión entre placas engrosa la corteza y crea una especie de “raíz” rocosa que ayuda a sostener montañas gigantescas. Pero en la península de Varanger, en el Ártico europeo, no hay un relieve comparable. El paisaje es relativamente bajo y suave, aunque bajo él se oculta una corteza tan profunda como la de algunas regiones montañosas del planeta: ni siquiera las raíces de los Alpes alcanzan esas profundidades.

Esta paradoja acaba de ser documentada por un equipo de investigadores de Suecia, Finlandia, Noruega y Polonia. Sus análisis sísmicos muestran que la corteza bajo Varanger alcanza aproximadamente 65 kilómetros de espesor. Es una cifra excepcional para una región estable, alejada de las grandes colisiones tectónicas activas. Los autores la definen como una de las regiones de corteza terrestre más gruesas de la Tierra, fuera de las cadenas montañosas.

Un continente oculto bajo Noruega

La península de Varanger se encuentra en el extremo nororiental de Noruega, junto al mar de Barents, en la frontera geológica entre Fennoscandia y el Ártico ruso. Hasta ahora se sabía que la estructura profunda de esta zona era compleja, pero las estimaciones anteriores situaban el espesor de la corteza entre 40 y 55 kilómetros.

Los nuevos datos elevan ese valor. Para obtenerlos, los científicos instalaron y analizaron una red de sismómetros de banda ancha a lo largo de dos perfiles de varios centenares de kilómetros. Estos instrumentos registran terremotos lejanos y permiten estudiar cómo cambian las ondas sísmicas al atravesar las capas internas de la Tierra.

Ecografía planetaria

La técnica es comparable a una ecografía planetaria: las ondas generadas por un terremoto viajan por el interior terrestre, se desvían o se transforman al encontrar cambios de composición y velocidad, y revelan así dónde termina la corteza y comienza el manto. Ese límite se denomina discontinuidad de Mohorovičić, o Moho.

Al sur de Varanger, bajo el escudo fennoscándico, el Moho se sitúa a unos 40-45 kilómetros de profundidad. Pero hacia la península se hunde bruscamente hasta alcanzar entre 55 y 65 kilómetros. El espesor extra no está repartido por toda la corteza: se concentra principalmente en una capa inferior de unos 30-35 kilómetros.

Una corteza gruesa, pero sin montañas

La singularidad de Varanger no es sólo la profundidad de su corteza, sino la falta de señales visibles que cabría esperar. En una cordillera joven, una raíz cortical muy gruesa suele estar formada por rocas relativamente ligeras. Esa flotabilidad favorece tanto la elevación del terreno como anomalías gravitatorias características.

Nada de eso aparece con claridad en Varanger. La región presenta un relieve moderado, de aproximadamente 0 a 1.000 metros, y anomalías de gravedad próximas a cero. Según los investigadores, la explicación más probable es que la corteza profunda sea inusualmente densa.

Rocas máficas

Los registros sísmicos apuntan precisamente a una corteza inferior de alta velocidad: las ondas S se desplazan allí a unos 3,9-4,3 kilómetros por segundo. En general, velocidades mayores indican materiales más densos y rígidos, posiblemente rocas máficas (con una alta densidad debido a los metales pesados) transformadas a gran profundidad.

Esto permite resolver el aparente enigma. Varanger podría conservar una raíz cortical enorme sin elevarse como una cordillera porque buena parte de esa raíz pesa más de lo habitual. Es una estructura profunda, muy antigua y casi invisible desde la superficie.

Ubicación de la península de Varanger en el noreste de Noruega (A) y posición de las estaciones de medición sismológica (B).

Ubicación de la península de Varanger en el noreste de Noruega (A) y posición de las estaciones de medición sismológica (B). / © Schiffer et al./ Precambrian Research, CC-by 4.0

La huella de una colisión perdida

Los autores descartan que esta corteza se haya formado durante las deformaciones más recientes de la zona, relacionadas con la orogenia timaniana y caledoniana. Los sedimentos neoproterozoicos presentes en la península están sólo débilmente deformados y muestran un metamorfismo limitado. No existen evidencias de los grandes cabalgamientos, enterramientos profundos o acortamientos regionales que serían necesarios para construir una corteza de 65 kilómetros en épocas geológicas recientes.

La hipótesis preferida es mucho más antigua: Varanger sería un bloque cortical heredado del Paleoproterozoico, una etapa de la historia de la Tierra situada hace aproximadamente entre 2.500 y 1.600 millones de años.

Referencia

Ultra-thick cratonic crust beneath the Varanger Peninsula, European High Arctic. C. Schiffer et al. Precambrian Research, 2026. DOI:10.1016/j.precamres.2026.108191

Orogenia de Varanger

Ese bloque habría surgido durante una colisión continental hoy prácticamente borrada de la superficie. Los autores proponen denominarla orogenia de Varanger. Su resultado habría sido la acumulación, engrosamiento y posterior densificación de la corteza en el margen norte del antiguo continente Baltica.

La estructura que separa este bloque de la corteza más antigua del cratón de Kola recibe el nombre de sutura de Varanger. Sería la cicatriz profunda de aquella antigua colisión, reactivada posteriormente por fallas más jóvenes, entre ellas la zona de falla Trollfjorden–Komagelva.

Un archivo de 2.000 millones de años

Este descubrimiento tiene implicaciones que van más allá de Noruega. Demuestra que las cicatrices tectónicas formadas hace casi 2.000 millones de años pueden seguir controlando la arquitectura profunda de un continente, incluso después de nuevas colisiones, aperturas oceánicas, episodios de rifting y cientos de millones de años de erosión.

También podría ayudar a reconstruir la historia geológica del mar de Barents. Algunos altos estructurales submarinos de esa región, como los de Loppa y Fedynskiy, contienen corteza relativamente gruesa y densa. Podrían ser fragmentos desprendidos del mismo bloque precámbrico durante los sucesivos procesos de fracturación que afectaron al Ártico europeo. No obstante, los autores subrayan que todavía no es posible trazar con certeza una continuidad de ese antiguo dominio bajo el mar.

Fuente: Levante - EMV