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Tecnología y sociedad

Soberanía digital en España: empresas y ciudadanos alertan de la dependencia tecnológica europea

La mayor encuesta sobre soberanía digital en España revela preocupación por la dependencia de Europa frente a Estados Unidos y China, y un amplio apoyo a desarrollar tecnología propia

En España, solo el 29% de la ciudadanía afirma haber oído hablar de soberanía digital.

En España, solo el 29% de la ciudadanía afirma haber oído hablar de soberanía digital. / IA/T21

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Redacción T21

Madrid
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En España, la primera gran encuesta realizada sobre Soberanía digital revela que el debate ya ha calado en empresas y ciudadanos, aunque todavía muchos no sepan ponerle nombre. El resultado es una combinación muy europea de inquietud, dependencia y voluntad de reacción: se teme ir por detrás de Estados Unidos y China, pero también se confía en que el continente todavía está a tiempo de corregir el rumbo.

El informe, elaborado por Fundación Telefónica junto con Metroscopia, parte de una premisa: en un mundo donde los datos, la inteligencia artificial, la nube y las infraestructuras digitales se han convertido en activos estratégicos, depender de tecnologías ajenas afecta a la seguridad, la autonomía política, la protección de la información y a la capacidad de competir en el mercado global.

Dependencia visible, concepto aún difuso

Uno de los datos más llamativos del estudio es que el concepto de soberanía digital sigue siendo poco conocido. Solo el 29% de la ciudadanía afirma haber oído hablar de él, y entre las empresas el porcentaje solo asciende al 36%. Aun así, cuando se explica su alcance, la preocupación aparece con fuerza y de manera transversal en ambos ámbitos.

La idea de fondo: Europa depende en exceso de compañías tecnológicas de otros países en servicios clave como la inteligencia artificial, el almacenamiento de datos en la nube (cloud), las plataformas de comunicación o los sistemas de pago. El 82% de la población y el 86% de las empresas creen que esa dependencia es real, y una parte muy relevante la asocia además a un problema de seguridad.

Esa percepción se basa en la lógica: en un ecosistema donde cada vez más actividades cotidianas, desde trabajar hasta pagar, comunicarse o almacenar información sensible, pasan por plataformas digitales, controlar la tecnología equivale también a controlar parte de la infraestructura del presente y del futuro.

Empresas en modo alerta

En el tejido empresarial español, el diagnóstico es especialmente claro. El 87% de las empresas reclama que Europa desarrolle tecnología propia para poder competir globalmente, y el 73% considera que el continente se está quedando atrás frente a Estados Unidos y China.

La preocupación empresarial no se limita a la competitividad. El 49% cree que esta dependencia tecnológica puede suponer una amenaza para la seguridad europea, con especial atención a la inteligencia artificial y a los sistemas de pago. En otras palabras, las empresas no solo ven un problema de mercado, sino también un riesgo estratégico.

Pese a ello, no predomina el derrotismo. El 54% cree que la soberanía tecnológica europea aumentará en la próxima década. Esa combinación de realismo y expectativa resume bastante bien el momento actual: Europa sabe que llega tarde a varias carreras tecnológicas, pero aún confía en poder construir capacidades propias si actúa con suficiente decisión.

Los centros de datos son uno de los pilares de la soberanía digital.

Los centros de datos son uno de los pilares de la soberanía digital. / IA/T21

Ciudadanía dispuesta a dar el salto en igualdad de condiciones

Si el mundo empresarial parece preocupado, la ciudadanía no se queda atrás. El estudio muestra que el 87% de la población cree que Europa debería desarrollar sus propias tecnologías, y el 91% considera que los gobiernos deben impulsar activamente ese desarrollo.

Más interesante todavía es la disposición práctica a usar alternativas europeas. Aunque el 66% reconoce no conocer actualmente plataformas tecnológicas desarrolladas en Europa, el 70% afirma que elegiría una plataforma europea si ofreciera los mismos servicios que una no europea. No se trata, por tanto, de una resistencia cultural al cambio, sino de una demanda de opciones equivalentes, fiables y competitivas. Hay que construir productos y servicios que puedan competir en calidad, experiencia de uso, escala y confianza.

Dónde se juega la autonomía

El informe deja claro que la soberanía digital no es una cuestión abstracta ni se limita a tener “aplicaciones europeas”. En realidad, abarca todo el ecosistema que hace posible la vida digital: redes de telecomunicaciones, centros de datos, servicios en la nube, ciberseguridad, plataformas, protección de datos, talento e innovación.

La ciudadanía identifica como especialmente estratégicas las capacidades en ciberseguridad y telecomunicaciones, seguidas por los centros de datos y los servicios cloud. Tiene sentido: sin esas capas básicas, cualquier intento de autonomía digital queda en una declaración de intenciones.

El informe basado en la encuesta también subraya la creciente inquietud por el acceso a datos personales por parte de grandes plataformas no europeas. La preocupación es muy alta cuando se trata de información bancaria, patrimonial, fiscal, sanitaria o de localización. La explicación es simple: cuanto más sensible es el dato, mayor es la sensación de vulnerabilidad si no existe una cadena clara de control y garantía jurídica.

Europa ante su propia escala

La soberanía digital europea plantea un dilema clásico de la integración continental: todos coinciden en que hace falta más autonomía, pero construirla exige inversión, coordinación regulatoria y una capacidad industrial que no se puede improvisar.

¿Puede Europa construir un espacio digital propio sin renunciar a la apertura, la competitividad y los valores democráticos? El informe sugiere que existe margen para intentarlo. Hay demanda social, preocupación empresarial y una percepción compartida de que la dependencia actual no es sostenible a largo plazo. A eso se suma un dato muy relevante: cuando se ofrece una alternativa comparable, la mayoría de la ciudadanía está dispuesta a adoptarla.

La gran pregunta es si Europa sabrá traducir esta inquietud en una estrategia coherente. El debate ya no gira solo en torno a la regulación, sino también a la capacidad de producir, escalar y desplegar tecnología propia en sectores estratégicos.

Fuente: Levante - EMV