Ciencia y Sociedad
La IA podría cambiar radicalmente nuestra relación con el dinero
El dinero tal como lo conocemos podría desaparecer, pero además podría modificarse radicalmente la estructura económica y la forma de obtener y distribuir la riqueza

¿La IA generará un futuro de abundancia o una sociedad paralizada por el control tecnológico? / Crédito: moerschy en Pixabay.
Un experto australiano plantea varios escenarios posibles en torno a los cambios que la IA podría generar en las sociedades humanas con relación a la importancia y la obtención del dinero. Por un lado, podría generar desempleo y la necesidad de una renta universal o algún sistema similar para paliar las necesidades sociales. Por otro lado, tendría el potencial de multiplicar la riqueza y aumentar el tiempo de ocio creativo, aunque existen serias dudas sobre cómo se repartirán esos beneficios y si conducirán a sociedades aún más desiguales que las actuales o a comunidades más equitativas.
La Inteligencia Artificial (IA) se perfila como la tecnología definitoria de nuestra era, capaz de resolver problemas médicos, de ingeniería y sociales que durante décadas parecían inabordables. Sin embargo, su potencial para generar abundancia choca con la lógica actual de los mercados y plantea una pregunta inquietante: si las máquinas realizan la mayor parte del trabajo, ¿cómo funcionará una economía basada en el empleo humano y el dinero?
Un artículo publicado en The Conversation por el profesor Ben Spies-Butcher, de la Universidad Macquarie, en Australia, plantea que, para los tecno-optimistas, la IA promete un futuro de prosperidad material casi ilimitada. Pero incluso si esa promesa se cumple, la historia reciente muestra que la abundancia no garantiza una distribución justa. El ejemplo de la economía alimentaria australiana es ilustrativo: cada año se desperdician 7,6 millones de toneladas de comida, o sea unos 312 kilos por persona, mientras uno de cada ocho australianos sufre inseguridad alimentaria, principalmente por falta de ingresos para comprar alimentos.
Un mundo distinto: ¿llegamos a comprenderlo?
La economía de mercado, como la definió Lionel Robbins, se basa en asignar recursos escasos a necesidades ilimitadas. Los precios dependen de la escasez y la mayoría de las personas necesita trabajar para obtener ingresos y acceder a bienes y servicios. Si la IA reduce drásticamente la necesidad de trabajo humano, este mecanismo se tambalea: sin empleo, no hay ingresos; sin ingresos, no hay demanda efectiva, aunque la capacidad productiva sea enorme.
El temor a que la tecnología deje sin trabajo a millones no es nuevo, pero la IA amplifica el desafío. A diferencia de crisis anteriores, como recesiones o depresiones, donde la capacidad productiva quedaba ociosa por fallos del mercado, aquí el problema sería estructural: la producción podría mantenerse o incluso crecer, pero sin necesidad de mano de obra humana.
El texto recuerda que no solo la tecnología provoca desempleo. Las economías de mercado tienen una capacidad singular para generar “escasez artificial” mediante el desempleo o salarios bajos, incluso en contextos de abundancia. John Maynard Keynes ya advirtió que el sistema puede dejar a muchos en la pobreza mientras recursos y trabajadores permanecen inactivos.
La pandemia de COVID-19 ofreció un experimento involuntario sobre cómo responder a una crisis que reduce la actividad económica, como desarrolla el autor en su artículo. En Australia, el aumento de las prestaciones estatales, la eliminación de requisitos de actividad y otras medidas redujeron drásticamente la pobreza y la inseguridad alimentaria, a pesar de que la capacidad productiva del país estaba limitada. Medidas similares se aplicaron en más de 200 países, con transferencias directas de efectivo a la población.
¿Abundancia o control tecnológico de la escasez?
Estos resultados sugieren que, en un escenario de abundancia tecnológica, la clave no sería producir más, sino distribuir de forma diferente. Si la IA puede generar bienes y servicios con poca o ninguna intervención humana, el reto será garantizar que todos tengan acceso a ellos sin depender del empleo tradicional como fuente de ingresos.
El artículo plantea que esto podría implicar repensar el papel del dinero. En un mundo donde la escasez deja de ser el problema central, el dinero como medio para racionar recursos pierde sentido. Alternativas como una renta básica universal, el acceso garantizado a bienes esenciales o sistemas de intercambio no monetarios podrían ganar relevancia.
Sin embargo, la transición no sería sencilla. Cambiar las reglas del juego económico implica decisiones políticas profundas y un consenso social amplio, muy complejo de alcanzar en sociedades cada vez más polarizadas. Además, persiste la cuestión de cómo evitar que la abundancia generada por la IA se concentre en manos de unos pocos propietarios de la tecnología, reproduciendo o agravando las desigualdades actuales.
En definitiva, el especialista australiano plantea que la irrupción de la IA obliga a replantear no solo el futuro del trabajo, sino también la estructura misma de la economía. Si el empleo deja de ser el mecanismo principal para acceder a los recursos, será necesario diseñar nuevos sistemas de distribución que garanticen bienestar y equidad.
La historia reciente demuestra que es posible reducir la pobreza con políticas adecuadas y basadas en el sentido común: el desafío será aplicarlas de forma sostenida en un mundo donde la producción ya no dependa de nosotros y, además, continúen creciendo con fuerza posiciones políticas extremas, dogmáticas, violentas y alejadas de la realidad.
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