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Serie basada en un caso real

Sergi López, actor en 'Ravalear': "La inmigración y la pobreza se expulsan de las ciudades para convertir el centro en un parque temático, como a veces parece Barcelona"

El actor interpreta a un especulador inmobiliario en la serie de HBO Max 'Ravalear'

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Sergi López.

Sergi López. / Jordi Otix / EPC

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Marisa de Dios

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El actor catalán Sergi López ha desarrollado su carrera entre España y Francia. Por eso conoce de primera mano que la gentrificación de las grandes ciudades no es solo cosa de Barcelona, sino que también pasa en grandes urbes como París. El protagonista de la premiada 'Sirat' interpreta a un especulador inmobiliario en la serie de HBO Max 'Ravalear', inspirada en una historia real, donde comparte cartel con Enric Auquer y Maria Rodríguez Soto. Se estrena este viernes 22 de mayo.

—Le ha tocado el papel del abogado del diablo o casi del diablo en sí: hace de Cristóbal, el dueño de la inmobiliaria que tiene mil tejemanejes y le hace una gran jugarreta a la familia protagonista que provoca que pierdan su restaurante.

Cristóbal es un bombón… pero un bombón un poco asqueroso. Es un personaje muy interesante y muy contradictorio, como todos en la serie: aquí nadie es completamente bueno ni completamente malo. El mío quizá es más claramente el malo en el sentido de que es el paradigma del traidor de clase, el tío que se cree hasta el final y asume esa premisa del capitalismo de “¿qué problema hay en ganar dinero?". Y es capaz de poner sus intereses económicos y personales por delante de una mínima ética. Es capaz de traicionar incluso a la gente que lo quiere. Es el tipo sin escrúpulos. Y, aun así, creo que es un personaje que resuena en el público porque suelta frases como: “¿Cuál es el problema? Me dedico a esto y gano dinero con mi trabajo”. Todos sabemos que esa frase la podríamos llegar a pronunciar en un momento dado. Es la excusa de “como el sistema es así, yo me adapto”. Detrás de esa excusa mucha gente deja atrás la moral y la ética.

—Le iba a preguntar si conocía a algún Cristóbal en la vida real, pero por lo que dice todos podemos llevar uno dentro, aunque nos cueste reconocerlo.

Sí, claro. Yo conozco algunos concretos, y supongo que todo el mundo conoce a alguno. Pero creo que todos llevamos un Cristóbal dentro. La serie habla de eso. Cuando la vivienda se convierte en un bien de mercado, en algo para hacer negocio, estamos poniendo en riesgo la vida de las personas. El sistema capitalista en el que vivimos nos empuja a decir: yo tengo dinero, compro un piso y lo alquilo, ¿por qué no? Y esa idea de la especulación nos interpela a todos. Por eso aunque mi personaje sea el malo también entiendes sus motivos.

—¿Cree que Barcelona está expulsando a muchos vecinos, como muestra la serie?

Sí, sin duda. De entrada, la historia del restaurante Can Mosques está basada en un caso real, el de Can Lluís. Eso pasó de verdad. Y luego te das cuenta de que no es solo el Raval: pasa aquí y pasa en París, Madrid, València… en todas partes. La gente con más capacidad económica se apropia del centro, lo convierte en un decorado, en un motor económico. La inmigración y la pobreza se empujan hacia fuera de las ciudades para convertir el centro en un parque temático, como a veces también parece Barcelona.

Sergi López, en 'Ravalear'

Sergi López, en 'Ravalear' / Lucia Faraig

—A menudo en las series y películas se muestra una Barcelona de postal. Esta serie, en cambio, refleja una ciudad muy real, con problemas de hoy en día, como los narcopisos y las familias a las que quieren echar después de toda la vida en un barrio.

Sí, y estamos muy contentos porque la serie funciona como ficción: tiene ritmo, es audaz, la imagen es muy potente, las tramas y los personajes están muy bien, los actores también… Pero sobre todo porque habla de un barrio que conocemos, que hemos pisado, y retrata ese Raval que dices. Entra en esos pisos, en esos colectivos, y ves que no hay buenos y malos, sino que todos tienen sus razones. Al principio piensas: los especuladores son los malos y los de Can Mosques, los buenos, pero luego ves que el propio sistema te empuja hacia zonas más contradictorias y controvertidas. Al final, todo el mundo queda retratado.

—¿Cree que es importante que la ficción muestre realidades así, para abrir debate?

Sí. Yo creo que la ficción tiene el deber moral de entretener, pero no necesariamente de una forma vacía, transparente e inofensiva. Se puede entretener y, a la vez, intentar hacer un mundo mejor o entender mejor cómo funciona el ser humano, porque somos muy complejos. Es lo que hacen el audiovisual, el teatro, la literatura…

—Rodaron muchas semanas en el Raval y, además, con gente del barrio como figuración. ¿No tiene ninguna anécdota?

Rodamos ocho o 10 semanas allí, y el ser humano siempre te sorprende. Teníamos nuestros figurantes, pero de repente, en mitad de una toma en la calle, aparecían personajes con unos colores, unas formas, unos bultos… cosas que no te podrías inventar. La vida siempre supera la ficción. Veías algo y pensabas: “Si esto lo hubiéramos escrito nosotros, nos dirían que nos hemos pasado”. El Raval es un barrio muy dinámico, con mucha vida y mucha gente que no sabes ni de dónde sale.

Sergi López, en 'Ravalear'

Sergi López, en 'Ravalear' / Lucia Faraig

—Y cuando aparecía gente que en teoría no tenía que salir en pantalla, ¿eso se quedaba?

Sí, y me parece muy audaz por parte de Pol [Rodríguez, el creador y codirector junto a Isaki Lacuesta]. Ese recurso de taparles los ojos [a los vecinos reales del barrio que aparecen en pantalla] es curioso porque, por un lado, te saca un poco de la ficción pero, por otro, te está diciendo que estás viendo una calle real, donde hay gente paseando de verdad. Me parece que funciona muy bien.

—Pol Rodríguez, el creador de 'Ravalear', reconoce que Barcelona tiene que progresar, pero se pregunta a qué precio. ¿Está de acuerdo?

Esa es la gran pregunta: ¿cómo vivimos todos juntos de la manera más justa posible? El crecimiento de las ciudades es el paradigma de esa contradicción: sí, es legítimo ganar dinero, pero ¿a qué precio?, ¿dónde está el límite?, ¿en el dolor de los demás? Eso deberían marcarlo las administraciones: qué es el bien común, qué conviene a Barcelona. Estamos en un sistema en el que tenemos la sensación de que nadie puede parar, y de que o te adaptas o te mueres. Y es terrible sentir que no hay alternativas.

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