Televisión y Mas
Manu Sánchez y Mercedes Milà


Me apetece ver la nueva propuesta del showman andaluz Manu Sánchez en TVE, que se dio a conocer durante la retransmisión de la reciente final de copa y que incorpora un título sorprendente, arriesgado y atrevido. De aquella magnífica obra de arte que parieron a la vez Salvador Dalí y Luis Buñuel bajo el título 'El perro andaluz', Manu y sus guionistas han realizado un juego de palabras en el que el título acaba siendo: 'El perro Sánchez'.
Doy por hecho que el título tendrá el visto bueno del Presidente, pero es original y está bien tirado. Es más: en las primeras promociones del programa pudimos ver en el último fotograma de las mismas, la inserción final de la expresión: “Próximamente, estreno y cancelación”. Pero todavía tengo muchas más ganas de ver la última aventura de Mercedes Milà con su nuevo programa: 'Me meto en un jardín', en La2.
Al margen de estos estrenos, hace años que tengo la teoría de que los programas de televisión son similares a las zapaterías. ¿Es posible la comparación? Desde luego.
Arrancan en un proyecto, nacen con ilusión, cierran a los cuatro días porque venden un par de botas al día o bien empiezan a tener presencia, alcanzan el éxito con lo cual se les imita (o se copia directamente), pasan por ser una parte imprescindible de nuestra vida… y tras un tiempo desaparecen, para recordarlos posteriormente, en ocasiones con cariño, o en otras la memoria ni siquiera consigue evocar ni el título del programa o la esquina en la que estaba situada.
No son pocos quienes piensan que la industria de la televisión que emite en directo consiste en ir a un plató diez minutos antes de empezar, colocarse el micro, hablar de los cuatro temas del día y a correr. Entiendo perfectamente que quienes no son profesionales tengan esta imagen de la tele.
De la televisión todo el mundo habla, sabe, domina, opina, aconseja y hasta hasta pontifica… Pero es una industria extremadamente compleja y en la que se mueve bastante dinerico. Mucho dinerico.
A mí jamás se me ocurriría decirle a un mecánico cómo debe arreglar el cárter de un vehículo, ni de sugerirle a un médico la cantidad de anestesia para operar un bazo. Pero la tele es de todos. Como las zapaterías.
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