Televisión y Mas
El debut de Giró


Miren, cuando me pongo a ver un espacio de entretenimiento, es decir, el típico “late show” al uso, entendiendo “late show” como un programa nocturno al mando de un presentador (o presentadora), sentado junto a una mesa en la que hay una taza, a priori con agua, el skyline de fondo de una ciudad, y está compuesto por un monólogo de entrada, colaboradores, entrevistas y una banda de música, siempre pienso si ese espacio tendría cabida en una gran cadena de televisión en Estados Unidos. Ellos inventaron el género y fueron, y siguen siendo, los mejores en todo esto.
Cuando vi a Giró entrando en el plató montado sobre un caballo pensé: “olé, tú; vamos a disfrutar; aquí hay un programa, aquí hay show, presupuesto, y hay ganas de sorprender y de arriesgar”.
Por otra parte, cuando veo un “late show” en el que a los dos minutos aparecen en una mesa cuatro tertulianos comentando chistes mientras van pasando unos vídeos, el espacio se convierte en un programa de radio con imágenes.
Aunque no nos conocemos personalmente, siempre he visto en Marc Giró a un gran comunicador, pero diré que las primeras veces que lo vi en pantalla pensaba que era un actor representando a un personaje tremendamente sobreactuado. Y todavía hay veces que me lo parece.
Fabricar entretenimiento en este país no es fácil. Y me explico. Yo no necesito, o mejor dicho, no me gusta que alguien cuyas ideas sean similares a las mías me verifique esa coincidencia con tres chistes que siempre apuntan al rival. ¿Que el monólogo así entra mejor? Seguro que sí, pero los programas de entretenimiento que incorporan entrevistas se han posicionado en unas barreras que están divididas por las ideas. Uno se sienta en el sofá de casa y, en función de la cadena que está mirando, ya conoce el tono del show y hacia dónde irán tanto los chistes como las bofetadas, con una autocrítica inexistente.
A mí me gusta que los monólogos sean divertidos y que sus autores puedan improvisar el texto sin pedir permiso a nadie, y que los entrevistados no sean necesariamente de la misma cuerda ideológica que el presentador, porque es entonces cuando la capacidad de sorpresa baja a mínimos por la coincidencia del mensaje entre ambos, y la frase estrella del programa acaba siendo una ocurrencia puntual del invitado.
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