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Esclavos digitales

TVyMas: Esclavos digitales

Sergi Mas

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Una de las formas más coherentes de comunicar es la conversación entre personas. Tal cual. Todo aquello en donde intervenga un tercer actor pasa por un filtro que no es humano y, por tanto, corre riesgo de imperfección: desde que se escuche con dificultad una llamada telefónica, a que no se envíe un correo electrónico, o que en una simple una videollamada surjan interferencias… Esta es la realidad y la tendencia, pero siempre que se pueda lo más genuino siempre es y será la conversación presencial.

De manera habitual nos pasamos una parte del día, poca o desmesurada, fijando nuestra vista en una pantalla. Si alzamos la mirada mientras viajamos en un autobús más de la mitad de nuestros acompañantes fijan su mirada en un teléfono móvil. Mientras los gestores públicos nos proponen parques y zonas verdes muchos prefieren obviarlos para seguir atentos a la última broma de un 'tiktoker'. 

No tengan ninguna duda que todo esto pasará de moda. ¿De aquí a cuando? No tengo ni idea, pero nuestras formas de comunicar cambiarán aunque siempre nos quedará -espero- el trato presencial con las personas.

Recuerdo realizar programas de radio a principios de los 80 en los que nos asustaba y a la vez nos cachondeábamos de la desaparición inminente de una simple ración de un pollo con patatas. Nos decían: “En el año 2000 será imposible. Tomaremos sólo una pastilla de color verde que nutricionalmente será idéntica, aunque la estética del plato será más deslucida”. Bien. Han pasado cuarenta y seis años tras aquellos anuncios y seguimos decidiendo cómo queremos que sea la salsa del pollo.

También es cierto que en los mismos 80 ni nos imaginábamos que podíamos conversar en directo con un amigo que se encontraba en una calle de Nueva York mientras le veíamos la cara. Y gratis. 

Pero la digitalización nos está ganando el día a día. Si entramos a un restaurante es preferible no dejarse el 'smartphone' en la oficina porque la carta está en un código QR. Si no lo llevas, olvídate de comer. Además, con el móvil pagamos la comida y, también con el terminal, la zona azul donde hemos aparcado nuestro vehículo. 

Nuestro ocio se ha convertido en algo que se disfruta solo una mano, porque la otra siempre está ocupada aguantando el móvil. Ya no sé si es comodidad o que posiblemente cada vez seamos menos amos de nuestro tiempo libre.

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