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Televisión y Mas

Moure muntanyes

Moure muntanyes

Sergi Mas

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¿Ha pensado usted intentar mover una montaña? ¿No es sencillo, verdad? Es que no lo es. Es más: es imposible. “Moure muntanyes” fue el título del documental que TV3 nos regaló, porque fue un regalo, el pasado martes, dentro del espacio “Sense ficció”; otra exitosa entrega dirigida por Carles Prats, con realización de Xavier García Balañá y producción de Marta Rigau.

Moure muntanyes” trató con padres afectados las más de 7.000 enfermedades minoritarias que se conocen en España. Sí: siete mil. Aquella enfermedad rara que parece que jamás nos toca a nosotros y que siempre les ocurre a los demás. Y no es así. Todos participamos en esta lotería ante enfermedades que no tienen cura.

No existe nada que supere el amor de unos padres a un hijo. Nada. ¿Y qué hacer con esa fragilidad que a la vez es tan perfecta? Los hijos son nuestra prioridad y todo lo que tenemos. “Tras 18 meses de odisea en hospitales para tan solo conocer el diagnóstico de nuestro hijo, nos enviaron a casa y nos dijeron que lo quisiéramos mucho”, revelaba en el documental una madre desconsolada.

“A pesar de ir regularmente a hospitales, de no poder andar… mi hija es feliz, pero yo no”, argumentaba Estíbaliz, de Basauri, País Vasco, madre de Paula. “Lo más duro de recibir un diagnóstico es cuando te dicen que no hay cura ni tratamiento posible”, porque sin diagnóstico no hay pronóstico.

“Antes de conocer el diagnóstico, ya tomamos conciencia al saber que Martí no sería el niño que nosotros esperábamos… Es duro conocer el diagnóstico, pero es peor cuando no lo tienes, porque no sabes qué hacer ni a quién preguntar”, manifestaban Meritxell y Tono, padres de Iago.

El “Sense ficció” siempre es un espacio que requiere la atención de nuestros cinco sentidos y que nos sentemos en el sofá, sin móvil ni otros elementos que nos distraigan. Y su tratamiento fue, otra vez, impecable: sin amarillismo ni buscando la lágrima fácil y porque nos conviene, porque todo forma parte de la vida.

La determinación final es que no se trata de un problema de ciencia, sino de dinero, del maldito dinero, siempre disponible para que la industria, por ejemplo, del armamento haga negocio y aparezca poco para las vidas de nuestros hijos, porque ningún niño es suficientemente raro para no merecer esa inversión.

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