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Televisión y Mas

El móvil

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Sergi Mas

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Quería referirme a un último tema comunicacional antes de acabar el año y… oh, casualidad; oh, maravillosa casualidad… celebré que ayer los colegas de El segon cafè, de La2Cat, tocaran el tema, porque para mí, como gran usuario del transporte público que soy, me resulta absolutamente intolerable que para bajar del autobús (o, de la misma manera, salir del vagón del Metro) exista quien lo hace mirando la pantalla de su teléfono móvil, ralentizando y obstaculizando la normalidad de quienes bajan y quienes suben al convoy.

Ya no es la excesiva dependencia de un terminal que en principio se inventó para realizar llamadas telefónicas, sino todo lo que comporta el aparato. Con la edad uno va adquiriendo templanza, rebaja la tensión y va olvidando los nervios del día a día, pero reconozco que me cuesta mucho digerir todo esto sin advertir verbalmente al imbécil que está embobado mirando su terminal sin importarle el mundo que le envuelve y lo hace, lógicamente, a velocidad de tortuga.

El contenido de lo que mira en la pantalla es indiferente, aunque un servidor ha visto a personas que, mientras bajan del vagón, están mirando una serie; eso sí, con el altavoz a toda castaña, con una miopía mental que retrata su propio mundo. Y debo frenarme porque para mí cualquier pena que sea inferior a cadena perpetua me parecerá injusta. Evidentemente, es broma. O no.

Se acompañaba una encuesta, de muy difícil ejecución, que subrayaba que 8 de cada 10 vecinos de ciudades de más de 100.000 habitantes proponían sancionar a personas que, mientras cruzaban un paso de cebra, lo hacían mirando su teléfono móvil. A ver: se hace francamente difícil establecer tal normativa. Pero, abriendo otra carpeta, yo apuesto por sancionar a personas que parece que están en la selva y, saliendo de una escalera o de un establecimiento, irrumpen en la acera de cualquier calle tan solo sin mirar si se llevan por delante a quien ya está caminando.

Pensarán que estoy enfadado porque ayer no me tocó el Gordo y lo hizo de manera preferente en Madrid y en León. No es así. Pero un año más nos quedamos aceptando que la mejor lotería sigue siendo la salud. Y aunque siguen pasando los años y sigue sin tocarnos ni una puñetera pedrea, a estas alturas uno piensa que si nos acaban devolviendo el dinero jugado ya es sinónimo de una gran alegría. Pero ni eso. La salud, siempre la salud.

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