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La crítica de Monegal: el 'Calamar' en versión 'indepe'

Versión de ’El juego del calamar’ (Polònia).

Versión de ’El juego del calamar’ (Polònia).

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Ferran Monegal
Ferran Monegal

Crítico de televisión

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Desde la emisión de 'Juego de Tronos' (Movistar y HBO) nunca una serie de televisión había recibido tanta atención como 'El juego del calamar'. A pesar de solo haber pasado treinta días de su estreno en Netflix, el alud de comentarios, artículos, opiniones y variopintas analíticas ha sido colosal. He visto que en la mayoría de este enjambre se coincide en que es una serie muy adictiva. Pero no explican por qué es adictiva. Pues es sencillo: crea adicción porque saben que el género humano se va a pirrar por ver a quien matarán en el próximo capítulo, y qué jueguecito usarán para matarles. O sea, una combinación de ludopatía y crímenes. Pero el final de la serie es flojísimo. El golpe, el gancho, es el desarrollo. Una vez visto cómo les van liquidando a casi todos, el final ha sido un trámite. Pretendían una paradoja pero a mi juicio no les ha salido.

Esta producción surcoreana en realidad es una variante de las 'ratomaquias Gran Hermano'. Tanto los concursantes de 'G.H.' como los del 'Calamar', son ratoncitos. La organización sabe que su vida es tan desgraciada, tan desesperada, que se van a apuntar al juego, aunque les cueste la vida. Y la finalidad es el negocio del espectáculo. En el 'Calamar' son cuatro o cinco 'voyeurs' riquísimos que pagan una millonada, y en 'G.H.' somos millones de espectadores que con nuestra atención servimos para que la cadena capte contratos de publicidad prácticamente sin límite.

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En vista de tanto éxito en 'Polònia' (TV-3) han hecho su propia versión: el 'Calamar independentista'. Los malos son las fuerzas represoras del Estado español capitaneadas por el presidente del Consejo General del Poder Judicial. Y los 'ratoncitos' son frágiles y valerosos defensores del independentismo. En este caso los malos en lugar de lanzarles tiros les lanzan esposas y grilletes, y quedan atrapados sin piedad. Solo se salva uno: el emérito Juan Carlos I que resulta -extrañamente- que también ha decidido concursar y hacer de 'ratoncito'.

Este 'Calamar indepe' es una variante imaginativa en línea con el discurso victimista del 'procés' que impulsa TV-3, entre otras 'estructures d' Estat'. Pero no se si se han dado cuenta del contraste que acaban construyendo: los pobres desgraciados esposados por el suelo, condenados a la miseria, y lo bien que viven los televisivos que producen y explotan el concurso.