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La crítica de Monegal: Dos arzobispos, dos religiones distintas

Gonzo y el arzobispo Jesús Sanz Montes.

Gonzo y el arzobispo Jesús Sanz Montes.

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Ferran Monegal
Ferran Monegal

Crítico de televisión

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Doble sesión arzobispal la noche del domingo en La Sexta. Dos monseñores en la tele, en dos programas correlativos, y nunca habíamos visto tanta disparidad cobijada bajo un mismo crucifijo.

Comenzó Gonzo en su 'Salvados' recorriendo pueblos de Asturias. En la zona de Coya, y en la de Santa María del Naranco, se encontró con la feligresía encendida. Casas, edificaciones, incluso una plaza del pueblo, que resulta que el arzobispo de Oviedo, Jesús Sanz Montes, hace con ellas maniobras inmobiliarias extrañísimas. Gonzo se trasladó luego a Madrid. Allí se encontró con una humilde asociación de hermanas dedicadas a dar de comer a ancianos necesitados. El edificio en el que viven ha sido vendido por este mismo arzobispo. Las echan a la calle, sin recursos.

Gonzo volvió a viajar, esta vez a Barcelona. En el número 19 de la calle Xuclà, otra hermandad de misioneras dedicadas a ayudar a los sin techo tienen orden de desahucio porque el arzobispo Sanz Montes ha vendido el edificio a una constructora de pisos de lujo. Tratadas como okupas, estas misioneras –si no se produce un milagro– acabarán viviendo entre cartones en alguna esquina. Pasmado Gonzo ante aquellas tropelías, se fue a Oviedo a hablar con el arzobispo. Tuvo que pillarle en la calle. A mí me recordó aquella escena de los buenos tiempos de Évole persiguiendo por Valencia a Juan Cotino. El arzobispo se escurría. Caminaba deprisa. Gonzo le decía: «Deja usted en la calle a hermanas que hacen una labor social. ¿Donde están los seis millones de euros que ha ganado con la venta de los edificios?». Y monseñor apretó el paso y desapareció enseguida.

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Terminó 'Salvados' y comenzó 'El objetivo'. Y allí vimos a Santiago Agrelo, arzobispo emérito de Tánger. ¡Ah! Qué monseñor tan distinto. Ana Pastor le preguntó por Marruecos, por esos migrantes jugándose la vida en el mar, buscando una orilla. Y el obispo Agrelo nos habló de respeto. De amor. Nos rogó a los periodistas, y a los políticos, que dejásemos de usar ese lenguaje de invasión, de avalancha, de asalto... «Esa es una forma de criminalizarles, y no olviden que los que mueren son ellos, no nosotros». Había en este monseñor una bondad infinita. Con dulzura y suavidad, dijo verdades como puños.

''¡Ah! Qué paradójica noche arzobispal. Aún llevando ambos colgado al cuello un crucifijo, parecían de religiones distintas. Tome nota el papa Francisco.