21 oct 2020

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TÚ Y YO SOMOS TRES

Sexo tántrico, la estelada y 'Las Ketchup'

Pintoresca aventura de Carme Ruscalleda con una familia tántrica de Sant Feliu de Guixols

Ferran Monegal

Carmen Ruscalleda en sesión tántrica (TV-3).

Carmen Ruscalleda en sesión tántrica (TV-3).

Acaba de estrenar TV-3 la segunda temporada de Persona infiltrada. Hay que resaltar que este juego de adivinación detectivesca lo han mejorado mucho.  Han entendido que los ganchos de este programa son dos: el pintoresquismo de la familia elegida, que es donde se amaga el infiltrado, y la simpatía del personaje famoso que tiene que descubrirlo. En este arranque han elegido a Carme Ruscalleda para que haga las labores investigativas, tipo Miss Marple o Jessica Fletcher. ¡Ah! Carme Ruscalleda, además de ser una chef colosal, tiene el don de saber concitar empatía. Y la familia que le han buscado para que la investigue también ha sido un acierto. Es un grupo familiar realmente original y llamativo. Sobre todo la pareja senior, los padres. Habitan en una hermosa casa de Sant Feliu de Guíxols, sobre un montículo. Preside la entrada una estelada de considerables proporciones que ondea sobre mástil. Esta pareja, jubilados en la actualidad, son devotos de la vida tántrica.

Sexo tántrico incluído. A Carme, nada más llegar, le enseñaron unos delicados abalorios, colgantes, pulseras, detallitos, y le decían: «Mira, mira, ¿ves? este colgante representa una vagina». Y Carme miraba con mucha atención y les advertía: «Pues aquí falta el punto G. Pintadle el punto G. ¡Brilli, brilli!». O sea, para que vieran que la gente de Sant Pol de Mar son perpicaces y listos. Lo que más sorprendió a Carme Ruscalleda fue cuando se puso a investigar los armarios del dormitorio de esta pareja de Sant Feliu. Abrió todos los cajones, lo miró todo y señaló: «Ni rastro de ropa interior. Ni bragas, ni calzoncillos... Es muy extraño». ¡Ahh! Se hizo un gran silencio en aquel domicilio. Cabe pensar que en el mundo tantrico se circula con más soltura.

Pero quizá lo más iridiscente fue cuando practicaron sexo tántrico, todos virtuosamente recogidos en una habitación llena de incienso y penumbra. Penetraciones no hubo, eso no, pero se restregaban los cuerpos unos contra otros, se masajeaban de forma delicada, y un clima de suave bacanal religiosa les envolvía. Y lo mas bonito: para bailar a gusto pusieron la canción Tengo un novio tántrico a toda pastilla. ¡Ahh! Fue un golpe magnífico: la estelada ondeaba en la entrada con alegría, al ritmo del grupo cordobés Las Ketchup. Eso es integración, hermanamiento, vertebración, sí señor. Tomen nota los políticos.