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TÚ Y YO SOMOS TRES

"P'a donde nos lleve el viento"

Bertín Osborne y José Ortega Cano dibujan paisajes estupendos

Ferran Monegal

José Ortega Cano y Bertín Osborne (Telecinco). / TELECINCO


Dos horas largas de conversación y un balance estupendo. La vida de José Ortega Cano va viento en popa. La familia es una piña. Su nueva esposa Ana Maria es virtuosa. Adora la memoria de Rocío. Tienen la casa llena de sus fotos. Y le ha dado a Ortega Cano un nuevo hijo, clavadito a él. Su hija Gloria Camila es puro cariño y amor. Su otro hijo, José Fernando, no pudo estar presente en la reunión, pero bien, está bien.

Las relaciones con la rama Mohedano, particularmente Amador, estupendas. De Rocío Carrasco no sabemos, no se habló de ella, pero Ortega Cano, dentro de su habitual hieratismo y ausencias expresivas, se mostraba contento. Hombre, este tipo de encuentros de Bertín Osborne (Mi casa es la tuya, Telecinco) tan enmarcados en el deleite de los que intervienen, tienen poco recorrido analítico. Son reuniones construidas para que los protagonistas irradien una gran satisfacción. Después de dos horas de azúcar, quedan todos muy contentos. No lo discuto, lo constato. Cadena y entrevistador son libres de ayudar a los entrevistados a pintar con muchos colorines el paisaje de su vida, y evitar siempre el color negro. O sea, imitando los hermosos arco iris que se dibujan en el cielo, en donde el negro siempre está ausente; lo más obscuro, el violeta.

Pero ha habido en este encuentro tan meloso un momento que a mí me ha parecido trascendente. Cuando Ortega Cano recordó su infancia. Su padre, sin dinero, abandonando Cartagena, buscándose la vida vendiendo mulas, borricos, melones..., llegando con la familia a la estación ferroviaria de Chinchilla, y ante el cruce de los trenes –unos a Madrid, otros a Barcelona– su mujer, la madre de Ortega, le dijo: "Vamos p’a donde tú digas, Paco", y Paco cogió del suelo un puñado de tierra, la lanzó al aire, y exclamó: "P’a donde nos lleve el viento". Y hacia Madrid soplaba el viento. ¡Ah! Parece que ese instante marcó a Ortega Cano profundamente. Y cuando vio por primera vez una corrida de toros, juró que se haría torero porque era la única manera de sacar a la familia del hambre y la miseria.

Desde que existe Telecinco hemos progresado. Ahora nadie necesita, forzosamente, echarse al toro para salir de la indigencia. Con solo seguir el viento de Mediaset puede acabar en un reality show tranquilamente. No hay arte. Pero hay dinero.