Ir a contenido

TÚ Y YO SOMOS TRES

El día que Margaret Thatcher fue al logopeda

Ferran Monegal

Mary Beard en Cambridge (’El intermedio’). 

Ha viajado Sandra Sabatés hasta Cambridge (El intermedio, La Sexta) y ha visitado a la famosa historiadora Mary Beard. La entrevista ha sido bajo el prisma del feminismo. A mí me hubiera gustado que Sandra también hubiese profundizado un poco en la enorme sabiduría que tiene Mary Beard sobre la historiografía clásica de las Grecia y Roma antiguas. Es colosal la mirada crítica de esta historiadora. En una de sus obras más importantes, SPQR (Edit. Crítica, 2016), analiza, y muchas veces desmonta, las versiones de los historiadores de la época, la mayoría a sueldo del César o Emperador correspondiente. Escribían a gusto de quien les pagaba, y falseaban la historia sin ningún tipo de manías. ¡Ah! Esperaba alguna reflexión al respecto, porque eso de escribir, de construir el relato –como ahora se dice– al agrado del que manda, persiste en nuestros días. En cualquier caso, la entrevista ha sido interesantísima.

Confesó Mary Beard que cuando comenzó a salir en la tele, en programas de divulgación histórica, algún crítico la puso de vuelta y media por su aspecto. Por su aliño indumentario. «¡Haga usted el favor de arreglarse esos pelos! ¡Y esos dientes!», le gritaba desde sus artículos el crítico. Y ella le contestaba: «Sepa usted que si tengo éxito en la tele no es por mi aspecto, sino por lo que digo. Y eso es muy gratificante». ¡Ah! Estoy con la señora Beard al cien por cien. Alguien que escribe con estos argumentos no es un crítico; es sencillamente un cretino.  También fue particularmente sabroso el perfil que desveló de Margaret Thatcher. Le estaba contando a Sandra que siempre que una mujer ha aspirado a detentar el poder ha tenido que mimetizar características masculinas. Y contó entonces el curioso caso de la Thatcher. Dijo: «Cuando iba a acceder a Primer Ministro, se fue a ver a un logopeda. Margaret tenía la voz muy aguda, y eso era demasiado femenino. Había que transformar su voz. Hacerla más grave, más masculina».

Hombre, el apunte es curiosísimo. Viniendo de Mary Beard, no dudo de su veracidad. En absoluto. No obstante, en la historia del mundo conviene recordar a Cleopatra. Llegó a poderosa reina de Egipto sin tener que masculinizarse nunca. Todo lo contrario. Que se lo pregunten al pobre Marco Antonio, que cada vez que la veía se derretía, y no ganaba guerras ni nada. Acabó en suicidio.