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TÚ Y YO SOMOS TRES

El sepelio televisivo de Chicho

Ferran Monegal

Chicho Ibáñez Serrador en ’Imprescindibles’. / La 1

En el programa de necrológicas en vida El cielo puede esperar (#0, Movistar +), el muerto, que está vivo, asiste a su propio sepelio y puede ver lo que comentan de él los familiares y amigos que van a despedirle. Es un programa instructivo. El viernes por la noche, tras conocerse la noticia del fallecimiento de Chicho Ibáñez Serrador, también pudimos comprobar cómo los canales de televisión le despedían. Todo el telehipódromo estatal le despidió con afecto y cariño. En Tele 5 dijeron: «El más genial de los creadores». En A-3 TV: «La historia de la TV en España no se entiende sin él». En La Sexta: «Pionero. Una de las más grandes figuras del audiovisual español». En TV-3:  «Un mestre, un creador, un pioner».  En Canal Sur añadieron al cordial y sentido obituario la información de que iba a ser enterrado en Granada, junto a su madre, la actriz Josefina ‘Pepita’ Serrador, una mujer singular de la que Chicho dijo en cierta ocasión, recordándola con admiración: «Nunca fue una madre de besitos ni de caricias. Fue autoritaria, seca, inteligentemente seca. Un dia le dije: ‘Mamá, he decidido irme a El Cairo’. Y ella me contestó: ‘Ve con cuidado al cruzar la calle’. Era inteligentísima». Esta evocación de su madre la hizo en TVE-1, en el Imprescindibles que le dedicaron en el 2017 (Marisa Paniagua y Carlos Muriana), y que este viernes reemitieron dentro de una noche, practicamente temática, sobre Chicho. ¡Ah! Vivimos tiempos tan cainitas, tan mezquinos,  que esta excepción, este reconocimiento de TVE moviendo toda la programación del viernes para dedicarsela a Chicho, reconforta. Humaniza.

Destaquemos dos momentos. Cuando evocó su infancia y contó: «Yo era un niño triste. Padecía púrpura hemorrágica, una especie de hemofilia. No podía jugar. Me encerraba y leía. Leía mucho». Seguramente la última etapa del Un, dos, tres..., que se llamó Un, dos, tres, a leer esta vez, fue su homenaje personal a aquellos años de infancia, sin juego, pero con libros. El otro instante fue aquel pasaje de su serie Mañana puede ser verdad, cuando un jerifalte de una cadena de TV, al servicio de una dictadura, amenaza a un presentador porque «ayer noche 20.000 personas se desconectaron de su ‘teleencéfalo’ y se pusieron a pensar. ¡Así comienzan las revoluciones!». ¡Ahh! Han pasado 54 años de aquella serie. El teleencéfalo sigue.