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TÚ Y YO SOMOS TRES

Motes sin fronteras: el caso de 'El Rastas'

Ferran Monegal

Wyoming se solidarizó con el diputado.

Sorprendido el Gran Wyoming de que en los medios de comunicación se haya generalizado llamar al diputado de Podemos Alberto Rodríguez por el mote, El Rastas, en lugar de por su apellido real, clamaba en El intermedio (La Sexta) con mucho enfado: «Basta, basta, a Pedro Sánchez nadie le llama El guapo, ni a Gabriel Rufián El chatarras». Y en un gesto muy hermoso de mímesis capilar con el diputado canario, se puso Wyoming también unas rastas y gritó: «Saquemos a Franco de una vez del Valle de los Caídos y metamos ahí a Bob Marley». ¡Ah! Este asunto de los motes es grave. En política más. El virtuoso socialista Carlos Solchaga, por ejemplo, lleva soportando desde que fue Ministro de Economía (1985) el mote de El enano de Tafalla. En México es peor. En las últimas elecciones del año pasado los boletos ya venían impresos con el mote del político en lugar de con su nombre, como el tremendo caso del diputado Alan Jesús Falomir Sáenz, que en las papeletas electorales aparecía como El cabrito de Chihuahua.

De esto de los motes no se salvan ni los papas. En la llamada Época negra del Vaticano hubo uno, Juan XII, al que todo el mundo le llamaba–y así ha pasado a la Historia– El fornicario, dada su afición al vicio de la carne y a mantener relaciones con todo peregrino que se acercaba a saludarle. En nuestro panorama, en el telehipódromo nacional, el caso más lacerante es el de nuestro admirado Pedro Piqueras. Años atrás comenzó a acostumbrarse a iniciar sus noticiarios (T-5) con expresiones como «¡Apocalíptico! ¡Terrorífico! ¡Escalofriante!». Los guasones de la red le pusieron de mote «Chucky, el muñeco diabólico». Hoy, en vista de que muchos presentadores usan ese mismo vocabulario tremendista para tener a la audiencia enganchada y expectante, a Piqueras, afortunadamente,  ya no le llama Chucky nadie.

El otro día en First dates (Cuatro) apareció una señora en busca de pollastre. Se llamaba Raquel. Pero exigió al programa que le pusieran como nombre el apodo La monja Hammond. Dijo que no ligaría con nadie que no se supiera de memoria la Biblia del profeta Jeremías, concretamente el pasaje 33.3, que dice: «Te enseñaré cosas grandes y ocultas que tú no conoces». El programa no nos mostró si llegó a enseñar cosas ocultas y grandes. Pero todo el mundo hablaba de La monja Hammond. De Raquel, nadie.