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Así fue el incendio del Liceu de Barcelona

La llamas devoraron el teatro en tres horas sin que los bomberos pudieran hacer nada

Manuel Vilaseró

Eran las 10.30 de la mañana de un frío lunes de enero de 1994. El Gran Teatre del Liceu de Barcelona vivía el frenesí habitual de las jornadas sin función. El día antes se había representado la obra Matías el Pintor (Mathis der Maler), de Paul Hindemith, y el martes y miércoles volvía a levantarse el telón. Más de 100 empleados trabajaban en las tareas de mantenimiento imprescindibles para reabrir al día siguiente y los niños de una escuela lo recorrían acompañados por una guía.

Dos de los trabajadores estaban practicando una soldadura al telón de acero que servía para aislar la sala del fuego en caso de incendio. Para llevarlo a cabo habían tenido que desactivarlo. Conscientes del riesgo que comportaba este trabajo tenían a mano unos extintores. No sirvieron de nada. Unas chispas del soplete prendieron en los pliegues del cortinaje y algunos trozos encendidos de ropa cayeron al suelo.

Aunque los trabajadores se apresuraron a apagar el primer foco y se bajó el telón de acero, todo fue inútil: las llamas ya habían saltado al telón de terciopelo y subían hasta el telar y el techo. Este se derrumbó y las llamas prendieron el patio de butacas.

LLAMARADAS DE 70 METROS

Los bomberos no acudieron de inmediato porque los operarios intentaron apagar el fuego por sus propios medios antes de dar la alerta. Y cuando llegaron, a las 11,12 tuvieron que enfrentarse a un cúmulo de inconvenientes. Madera, barnices, telas y pinturas convirtieron el recinto en una colosal falla. La presión con la que llegaba el agua a las mangueras propias del Liceu era claramente insuficiente.

Cuando se hundió el techo, las llamaradas llegaron a alcanzar unos 70 metros de altura dejando la espectacular imagen inmortalizada por los fotógrafos mientras bolsas de gas acumuladas por la rotura de las tuberías ponían la banda sonora del pequeño infierno en que se había convertido el edificio de la Rambla.

El edificio quedó reducido a cenizas en menos de tres horas. Nadie salió dañado. Solo el amor propio de una ciudad  que aún no había despertado de un sueño olímpico transformado en pesadilla. 

PROPIETARIOS DE UNA RUINA

Como ha contado ‘Salvados’ este domingo, la chispa del soldador sólo fue la guinda de una situación que se arrastraba desde hacía años. El teatro estaba en manos de una sociedad de propietarios que a principios del los ochenta pidió el auxilio de las administraciones porque ya no podía pagar las facturas. El ayuntamiento de Pasqual Maragall, la Generalitat de Jordi Pujol y el Gobierno de Felipe González asumieron la gestión ordinaria a través de un consorcio pero no lograron ponerse de acuerdo para invertir en las imprescindibles mejoras.

Como reconoce el exgerente Josep María Busquets a Jordi Évole, la administración que más pegas puso fue la Generalitat. Cualquier iniciativa liderada por su gran rival Maragall y que, además, fuera en beneficio de Barcelona, era vista con desconfianza por el expresident.

En vísperas de las elecciones municipales, CiU emprendió una dura campaña contra la aprobación del plan de reforma, dando apoyo a los vecinos del edificio que iban a ser expropiados 

Los propietarios del Liceu, por su parte, se resistían a perder sus derechos y las instituciones no estaban dispuestas a gastar un dinero que iría a engrosar un patrimonio privado. No es la primera vez que la estrechez de miras le juega una mala pasada a la burguesía catalana. El 31 de enero de 1994 pasaron a ser los propietarios de un solar lleno de escombros y cenizas.

Pero el resultado fue que las administraciones acabaron pagando un factura que se duplicó respecto al monto inicial. De 9.000 millones se disparó a 22.000, de los que solo unos 2.000 fueron aportados por patrocinios y mecenas.