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tú y yo somos tres

Una poética de la austeridad

Ferran Monegal

Me quito el sombrero, rendido de admiración, ante el trabajo que acaban de presentarnos Albert Om y su equipo sobre Jordi Pujol y Marta Ferrusola (El convidat, segunda temporada, en TV-3). Se ha conseguido una paisajística, una acuarela televisiva, de delicada profundidad. ¡Ah! Qué sabio planteamiento escénico. Qué prudencia y contención en los detalles. Los diálogos, las conversaciones de Om con el expresident y su esposa han sido muy disfrutables. La calidez, la ternura, la humanidad, incluso el humor, han brotado como por generación espontánea. O sea, el mérito de que vayan apareciendo y no obstante dando la sensación de que llegan sin buscarlos. Ese instante de retranca pujoliana cuando Om le preguntó qué es lo que ahora ya no puede hacer, y le contestó: «Ya no subiré nunca más a una montaña de 3.000 metros. ¡Ni siquiera al Puigmal que solo tiene 2.911!» ¡Ahh! Qué delicia de sarcasmo sobre sí mismo renunciando a hacer lo que más le gustaba: subir a los picos más altos, elevarse, y luego bajar e iluminar al rebaño con alguna revelación o perla cultivada. También se ha conseguido un momento fantástico cuando le advirtió a su invitado: «Mire, ahora ya no hay nada que dependa de mí. El día que Jordi Pujol muera no pasará nada. Si por causa de mi desaparición pasase algo... ¡Sería señal de que vamos mal!». O sea, la metafísica de la relatividad, o si prefieren, lo prescindible de la condición humana.

No obstante, lo que más nos ha subyugado en casa es la exquisita, perfecta, plasmación de los detalles. Un entorno dibujado con cuidadas pinceladas. Cuando Om llega a la casa de Pujol en Barcelona, se lo encuentra humildemente sentado en la mesa de la cocina, solo, concluyendo un humilde bocata de butifarra catalana. Incluso cuando termina tan modesto tentempié, el propio Pujol se va al fregadero y lava el plato. En la primera noche de Om en la casa de Premià de Dalt -chalet nada ostentoso, ni hiriente, hasta incluso con alguna estancia un poco desangelada y huérfana de mobiliario-, la cena consiste en una modesta tortilla de patatas con un poco de morralla de pescado, que la propia Marta Ferrusola ha cocinado. El desayuno de la siguiente mañana, sobre sencillo mantel de hule, no podía ser más sobrio y moderado: un bol de leche, agua, un yogur y marchando. Ni un servidor. Ni una empleada. ¡Ahhh! Qué inteligente poética de austeridad han dibujado.