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CRÓNICA

Falete, como un tsunami

El artista sevillano ofreció una espectacular y sobrecogedora actuación

LUIS TROQUEL
BARCELONA

Tras casi dos horas de actuación, alguien del público pidió a voz en grito: ¡Como una ola! Falete no la cantó, pero ofreció a cambio un fandango habitual en el repertorio de Rocío Jurado, no si contestarle antes: «¡Como un tsunami!». Lo dijo entre risas, aunque lo suyo sobre un escenario no es ninguna broma. El pasado sábado, dentro del festival De Cajón, Falete demostró una vez más que es una fuerza de la naturaleza, que posee un dominio vocal y escénico hoy por hoy casi inencontrables.

Llevaba cinco largos años sin ofrecer todo un concierto en Barcelona y en ese tiempo han cambiado muchas cosas. Mientras en América su arte sigue ganando posiciones, en la España actual una suerte de nueva inquisición mediática da por hecho que cuando alguien aparece en ciertos programas deja de tener crédito como artista. ¿Qué tendrá que ver una cosa con la otra? ¿Acaso alguien canta mejor o peor por ello? Pero bueno, a fin de cuentas: ¿qué se puede esperar de un país donde la mayoría de la gente toma por vulgar friki al grandísimo Juan Gabriel?

Y precisamente con una ranchera suya empezó. Otorgó a Inocente pobre amigo la intensidad propia de un bis y rubricó con osado gesto fálico ciertos retoques en la letra. A la medida de su personaje cantó: «Dile a esa mona que hoy te ama / que para amarte nada más / que para eso a esa le falta / lo que yo tengo de más».

A medio llenar, la sala 2 del Auditori se desbordó desde aquel primer momento en aplausos y encendidas ovaciones. Mi cante y un piano, se titulaba el espectáculo, ceñido a tan escueta formación instrumental. Falete sin paracaídas ni más muro de contención que el de su maestría interpretativa: de la misma manera que desata huracanes con su fuelle puede ser delicado como la brisa, deshojar cada palabra antes de lanzarse a bocajarro.

Que el pianista Alejandro Cruz sea un consumado actor le convierte en cómplice ideal. Además, el joven bailaor José María Viña marcó su terreno en el tramo final y como interludio entre las dos partes del recital. La primera llena de boleros y apasionadas baladas a cargo de un Falete vestido de blanco satén. La segunda, con mantón, mucho más coplera y flamenca. Y ambas con escasas menciones al repertorio de sus discos.

Sazonó sus dramas cantados con no pocas bromas. Para abordar la zambra Cárcel de oro se sentó junto a una mesita, llevando el compás tanto con el puño cabal como con el repiqueteo de su largas uñas sobre la madera. Dejó el micro y se le seguía oyendo a la perfección hasta cuando se giraba. Por no hablar del abrumador paseíllo por todo lo ancho del escenario con que estiró las últimas notas de Tengo miedo. Inmenso.