14 ago 2020

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aquel tiempo de 'crónicas marcianas'

Todos somos 'freakies'

XAVIER SARDÀ

No hay finales felices: Pozí ha muerto. Fue uno de los protagonistas de esa gran parada de variedades con la que el público gozó durante ocho años seguidos de Crónicas marcianas.

La revista y el burlesque se han nutrido históricamente de la belleza y lo especial, de lo escultórico y lo indomablemente extraño, de lo habilidoso y lo grotesco. Se sazona todo ello con la sátira política y una cierta dosis de escándalo. Nada nuevo.

El motivo por el cual Pozí y el resto de la troupe -cada uno a su manera- conectaban con el público es todo un misterio. Verdad de Perogrullo: un mismo programa puede ser visto de formas completamente distintas. Lo que algunos espectadores reprueban, lo entronizan otros.

El público que nos acompañaba cada noche era extraordinariamente heterogéneo. He tenido tiempo de sobra de analizarlo cuando dejé un programa que funcionaba por igual en Catalunya, en el resto de España y específicamente bien en Euskadi. Compartían la noche gente de edades y clases distintas. Volvamos a la obviedad: el mismo programa era observado con miradas diametralmente opuestas. Aunque no se lo crean, para los más jovenes, los freakies eran semidioses de la transgresión y el quebrantamiento de lo televisivamente correcto. Eran el caos que desbarataba lo convencional.

No me olvido de los bienpensantes que se flagelan en las encrucijadas morales de la religión o el progresismo: yo tambien soy un freakie. Lo digo con pleno conocimiento de causa y en el sentido más literal. En el circo, las diferencias entre el domador, los trapecistas, los payasos, los enanos y el maestro de ceremonias son diferencias de matiz. ¿Qué más da? Cenan juntos, se maquillan juntos, se aprecian o se detestan. Pero todos ellos viven peligrosamente: o fascinan o cierran el circo.

¿Qué más da que en el programa se hable también de la guerra o se llame «hijo de puta» a Bush? ¿Qué más da que la derecha y la Iglesia te quieran hundir? Me siento orgulloso de haber compartido plató con esos freakies inclasificables que, como Pozí, enloquecían y nos enloquecían en el inextricable misterio de lo irónico y lo cómico.

La pregunta es clara: ¿ya no hay freakies? Sí, y mientras exista el electrodoméstico, los seguirá habiendo. Los más divertidos son los freakies que no asumen su condición. Piensan que no han salido del armario del freakismo y no saben aquello de que «el medio es el mensaje». Breve repaso:

-El Bigotes.

-Camps y el Otro, reprendidos a cada momento por el juez.

-El jurado popular que no ve indicios de delito.

-El obispo de Tarragona que critica la homosexualidad y la considera un comportamiento «no adecuado». (Por lo visto en la Iglesia saben bastante del tema).

-Gallardón dice que a los 16 años se podrá ir a la cárcel, pero no se podrá abortar sin permiso de los padres.

-Ojo con Urdangarín y su abogado...

tonterías sobre la dignidad / Sufro arrebatos de vergüenza ajena sobre todo por el cómo. Uno puede rodearse de quien considere oportuno para hacer un programa. Mi frontera esta en cómo uno trate a esas personas. Me sonrojan en cambio los prejuicios respecto a quién debe y quién no debe salir en la tele. Me dejo llevar por un par de recuerdos.

En la segunda legislatura de Aznar, se inició una cruzada que, bajo la excusa de limpiar la tele de telebasura, se quería cargar Crónicas y, de paso, los informativos de Tele 5. Yola Berrocal y Malena Gracia estaban por aquel entonces en el reality show Hotel Glam. Las dos, mirando a cámara, se dirigieron al señor Aznar en unos términos que ni el mejor teórico de la comunicación: «Señor Aznar, no se moleste, hombre. ¿No ve que todo esto es broma? ¿No entiende usted que todo esto es para entretener al público y que no tenemos mala intención? No se enfade, presidente. Solo pretendemos, humildemente, hacer un show divertido. Nada más. Venga hombre... que no pasa nada».

la peluca de dantés / (Segundo recuerdo). Leonardo Dantés ha compuesto canciones que han interpretado cantantes más que solventes. En esa época se ríe de sí mismo. Llegó al plató y me dijo que resultaría muy llamativo que, en un momento dado, yo le quitase la peluca. La conversación fue más o menos así:

-«Vale, Leonardo, pero tiene que parecer que es de verdad».

-«Claro, claro... que el público se indigne».

-«Quiero que el público se meta conmigo. Hay que hacerlo muy bien, Leonardo, porque si no es una charlotada».

Estuvimos ensayando la situación en la que yo, harto de Leonardo Dantés, le pegaba un manotazo y le arrancaba la peluca. En directo fue brutal. Cuando se quedó completamente calvo, su cara fue un poema dramático y el público entero gritó horrorizado: «¡Ooooohh!».

Dantés abandonó compungido y tristísimo el plató. Le pedí tibiamente disculpas, pero resultó inútil. Los mensajes del público me destrozaban. Objetivo conseguido. Dantés había creado un momento televisivo óptimo del cual era la víctima propiciatoria. Gracias, Maestro. H