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y cierre

SMS, la mafia al habla

Juan Fernández

El verano suele ser prolijo en noticias surrealistas. El calor dilata la realidad y la vacuidad que late en el interior de todo parece supurar por las costuras revelándonos que lo que vemos, bien mirado, podrían ser sólo una ilusión.

Mi noticia tonta de este verano dice así: «La mafia usaba los SMS de la tele para hablar con presos». La fiscalía italiana ha descubierto que la Camorra (la organización mafiosa napolitana) se comunicaba con sus capos encarcelados enviando mensajes de texto a un programa adscrito a ese peculiar invento de participación ciudadana que tantos disgustos causa en la Real Academia de la Lengua por los disparates ortográficos que se leen. Al parecer, donde el mensaje decía: «Giuseppe, a la mamma le han quedado los canelones en su punto», entre rejas se leía: «Jefe, la operación ha salido perfecta». ¡Tremendo!

Hay que descubrirse ante el ingenio de los amigos de lo ajeno para buscarle las rendijas a la legalidad. Pasado el embriagador impacto de lo surreal, estas noticias le dejan a uno la inquietante sensación de vivir en un tebeo. ¿Quién se sienta ahora a ver, por ejemplo, La noria, en Tele 5, y se resiste a fantasear sobre los oscuros intereses que pueden esconder los SMS (acrónimo de servicio de mensajes cortos, en inglés)? «Paqui, te quiero mogollón, pero lo nuestro hoy es imposible», decía uno la otra noche.

Te hierve la duda: ¿Paqui será Paqui o el nombre en clave de una banda de butroneros? ¿Lo nuestro es amor o un plan para dar un golpe? Genial, la mafia italiana nos ha descubierto una nueva forma de ver la televisión: pensar en bucaneros del siglo XXI para evadirnos del tostón del debate cuando Enric Sopena y Alfonso Rojo vayan por la quinta bofetada.

Hace 20 años, en las facultades de Periodismo contaban que la salvación de la tele iba a ser la interactividad, algo que la tecnología permitiría en el futuro. Si se referían a esto, el futuro ha sido decepcionante.

Los SMS de la tele, igual que los comentarios anónimos de las noticias de internet, han creado un subgénero literario de difícil clasificación. Nos lo venden como ejercicio democrático. Lo admitimos como espectáculo, pero permítannos que dudemos de su valía como termómetro demoscópico. ¿Tan mal anda el personal de baba o es que solo se sienta a escribir lo peor de cada familia? Eso pensaba antes. Ahora no. Ahora leo «¡Arriba la Esteban!» y sueño con la mafia marsellesa.

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