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y cierre

Antropología estival

Juan Fernández

Los programas de costumbrismo estival constituyen un motivo más que suficiente para desear huir al hemisferio austral y no volver por aquí hasta que despunten las primeras nieves. Si el verano nos hace sudar lo peor que hay en nosotros mismos, estos espacios han logrado destilar toda la cutrez que el ser humano es capaz de segregar a estas alturas de civilización, y del año. Vociferantes pandillas de adolescentes en el rompeolas, familias orgullosas del glamur del cámping entre cáscaras de sandía y demenciales fiestas-reclamo de chiringuitos playeros se suceden noche tras noche en el televisor. Abundan el zarandeo y la onomatopeya para dejar bien claro lo mucho que disfrutan. A más barullo, mayor solaz, parece rezar la ley no escrita de este tipo de programas.

Decimos noche tras noche y no exageramos, pues cada cadena dispone de su particular ventana al chapoteo estival en su parrilla (nunca esta palabra tuvo un mejor uso en el medio televisivo). Insistiendo en el espanto de años pasados, Antena 3 vuelve a mostrarnos en Arena Mix cuán chabacano puede llegar a ser el verano si se acierta el destino. Acaban de pasearnos por los templos de la cultura de Punta Cana y Miami que la Unesco jamás declarará Patrimonio de la Humanidad. Cuatro también repite este año su ruta por las playas españolas. En Ola Ola viajaron el otro día a Las Canteras (Gran Canaria) y se trajeron de vuelta tres culos en pompa. Así celebraban tres alegres muchachos ante la cámara lo bien que se lo pasaban practicando el botellón sobre la arena.

La Sexta se ha apuntado a la carreta con Summertime, donde ya han pasado revista a hitos veraniegos como los concursos de miss camiseta mojada. En el festival de la cochambre no podía faltar Tele 5, cadena fina donde las haya. Anoche estrenaron Verano a tope como quien añade un postrero y prescindible filete de panceta a una barbacoa rebosante de grasa. Más de lo mismo.

Seamos justos: nadie podrá negar el valor antropológico que tienen estos documentales. Viéndolos, un extraterrestre calibrará hasta dónde somos capaces de llegar los humanos cuando nos sacan de la rutina. Y cumplen una función social impagable: muestran gente divirtiéndose a gente que no tiene otra cosa más divertida que hacer que ver la tele en su casa. Lejos de generar envidia, siembran consuelo. Los que nos toca quedarnos, respiramos: tampoco estamos tan mal, oye.

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