Derribando el muro digital (1)

Norte y sur tecnológico

Barcelona da mañana el chupinazo del Mobile World Congress, la cita más importante de telefonía móvil. Mark Zuckerberg, fundador de Facebook, y Jan Koum, creador de Whatsapp, serán los pesos pesados de Silicon Valley en esta reunión en la que convergen talentos que empiezan y titanes de una industria que llega a la cita mostrando músculo. Pero, ¿qué impacto tiene la revolución tecnológica en las zonas menos favorecidas? ¿Agranda o acorta la brecha digital? 'Más Periódico' inicia una serie de reportajes sobre cómo en África, Asia y Latinoamérica se está entrando en la era 2.0. Abre fuego Uruguay.

La escuela Nº30, sin agua ni red eléctrica, brinda conexión a sus alumnos gracias a un panel solar. / ANGELO ATTANASIO

La escuela Nº30, sin agua ni red eléctrica, brinda conexión a sus alumnos gracias a un panel solar.
Agustín Zubiaga, el adolescente que ganó un concurso de Google y ahora desarrolla aplicaciones.

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POR ANGELO ATTANASIO Y JERÓNIMO GIORGI

En el kilómetro 45 de la carretera nacional número 3, rodeada de campos y no muy lejos de San José, la ciudad más cercana, se encuentra la casa de la familia Zubiaga. Allí, en ese rincón de Uruguay, se crió Agustín, un adolescente que empezó a programar a los 12 años y que tres más tarde, a principios del 2013, fue seleccionado entre los ganadores del Google Code-In, un concurso que convoca a jóvenes programadores de software libre de entre 13 y 17 años de todo el mundo.

«Conocer Google fue impresionante, era uno de mis sueños», cuenta Agustín con entusiasmo. Como premio, el gigante de internet invitó a los 20 ganadores a un viaje de cinco días a California para conocer las instalaciones de Mountain View, la mítica sede de la compañía. Pero el reconocimiento, además de hacer realidad su sueño de pisar Silicon Valley, trajo más cambios a su vida. De la noche a la mañana, Agustín se convirtió en la imagen del éxito del plan Ceibal, el proyecto gubernamental que convirtió a Uruguay, de tres millones de habitantes, en el primer país del mundo en equipar a todos los alumnos de escuelas públicas con un ordenador portátil y conexión a internet.

El plan, iniciado en el año 2007 e inspirado en el proyecto One Laptop per Child (OLPC), presentado por Nicholas Negroponte en el Foro Económico Mundial del 2005, tenía como objetivo promover la inclusión tecnológica y social con el fin de reducir la brecha digital. Un año y medio más tarde, a finales del 2008, el plan Ceibal ya había entregado más de 175.000 ordenadores y había cubierto casi todas las escuelas del país.

«A mí me dieron el XO [el nombre de los ordenadores] cuando tenía 11 años, y empecé a probar cosas con ella», recuerda Agustín. Hoy este joven, inmutable ante las cámaras, lleva cinco años programando y es desarrollador de Sugar Labs, el software libre de código abierto desarrollado por OLPC para los ordenadores XO. Y es precisamente por sus habilidades en ese lenguaje que ganó el concurso que le convirtió en el símbolo de la revolución tecnológica del país.

Según un informe del Departamento de Monitoreo y Evaluación del proyecto, en el 2012 tres de cada cuatro uruguayos tenían acceso a un ordenador. En el 2006, poco más de la mitad de las personas pertenecientes al quintil más rico tenía acceso a un ordenador, esa cifra se reducía a un raquítico 5% entre los más pobres. Seis años más tarde, mientras el acceso de los más ricos había crecido al 83%, el de la quinta parte menos favorecida alcanzaba el 73%. Estas cifras se deben en gran medida a la implementación del plan, que, además de entregar más de medio millón de ordenadores en seis años, conectó al 99% de las escuelas a internet.

«En el 2006, tener un ordenador e internet era un privilegio y ahora es un derecho. Y ahí pasamos de una política de partido a una política de estado. En el Uruguay de hoy nadie piensa en eliminar el plan Ceibal. Cada uno piensa en cómo mejorarlo». Desde su oficina, Miguel Brechner, director del proyecto, explica como este derecho pudo llevarse a cabo por la autonomía del proyecto y su coste razonable, equivalente al 5% del presupuesto educativo.

A seis años de su inicio, el plan Ceibal no ha parado de expandirse y en su sede, ubicada en el complejo del Laboratorio Tecnológico del Uruguay, trabajan más de 300 técnicos. Desde allí se piensan y desarrollan las nuevas estrategias y contenidos que luego son implementados en los diferentes centros de educación primaria, secundaria y técnica, así como institutos privados que se han ido adhiriendo al plan.

«Creo que la brecha digital se resolvió muy bien -sigue Brechner-. Hoy todos tiene un portátil. La brecha de acceso también se ha resuelto, porque todos los estudiantes pueden acceder a internet. Y, hecho esto, queda la brecha del conocimiento. Estamos encaminados, pero esto es mucho más difícil. No hay que creer que porque todos tengan un dispositivo resolvimos el problema del conocimiento. Es mucho más complejo».

 

La imagen de los escolares con sus batas blancas, sus cintas azules en el cuello y los ordenadores verdes ya forman parte del paisaje. Sin embargo, como afirma el ingeniero que propuso el plan al presidente Tabaré Vázquez en el 2006, ahora «el gran desafío es la integración de la pedagogía y la tecnología».

 

En la zona de Cebollatí, a 280 kiEn la zona de Cebollatí, a 280 kilómetros de Montevideo, se encuentra, aislada en medio de la pradera, una construcción amarilla de techo de chapa. Es la escuela rural Nº 30, un pequeño refugio sin conexión eléctrica ni agua corriente que acoge a siete estudiantes de entre 6 y 11 años. Un pequeño grupo de niños que cada día recorren varios kilómetros en moto, bicicleta o montados a caballo para ir a la escuela. 

«Los trámites para la conexión eléctrica están, falta que nos hagan la instalación interna para conectarnos». Y en cuanto al agua, «solo falta la electricidad para colocar la bomba», explica Marta Fernández, la maestra. Esta mujer, de 39 años, sabe que, a pesar de las dificultades, la Nº30 no es de las más desfavorecidas, y que en el país aún quedan 86 escuelas sin electricidad. La suya, en cambio, hace más de cuatro años fue conectada a un panel solar que alimenta dos baterías con las que alcanza para iluminar la clase, escuchar música, conectar el teléfono y alimentar el servidor.

Hasta este alejado rincón también ha llegado el plan Ceibal. Allí, al menos cuatro días por semana durante mínimo una hora, los alumnos de Marta trabajan con los XO, esas pequeñas máquinas que hace apenas un año acercaron el mundo a su aula. «Antes eran más dependientes, pero ahora con los XO han descubierto nuevos intereses y son más autónomos», afirma Marta, que todos los días recorre 70 kilómetros para atender a los niños. «El plan Ceibal ha hecho que los niños sean más creativos, y eso le hacía falta a la educación».

Falta de preparación

Si bien Marta reconoce los beneficios, como la mayoría de docentes del país también tiene sus críticas. «El niño maneja el ordenador mejor que nosotros. No nos dieron las armas para enfrentarnos a esa nueva herramienta y tendríamos que haber tenido una etapa adaptativa». La falta de capacitación de los maestros y los malos resultados en los tests educativos, algo que no se ha logrado revertir en décadas, son la tónica de algunas de las críticas al plan Ceibal. 

Pero otros aspectos negativos, como el alto índice de desperfectos de las máquinas, se han ido solucionando con campañas de concienciación y la mejora de los servicios técnicos. Actualmente el 70% del parque está funcionando. En el Barrio del Cordón, en el centro de Montevideo, un par de casas viejas han sido reformadas para convertirse en los talleres de ServiInfo, una de las empresas privadas que se encarga del mantenimiento de los XO. Allí llegan diariamente cientos de ordenadores que, con una antena quebrada o una pantalla dañada, en menos de 72 horas deben estar de regreso a manos de sus dueños. 

Este proceso, que parece automático, inicialmente también tuvo sus complicaciones debido a la gran demanda de repuestos. «El primer año no lo notamos. El segundo empezaron a faltar piezas y al final nos dimos cuenta de que los ordenadores viejos eran una fuente inagotable de repuestos», explica el gerente, Alejandro Danielián. Cuando los ordenadores más viejos empezaron a ser retirados, tras cumplir sus cuatro años de vida útil, las piezas que aún estaban en buen estado empezaron a ser reutilizadas, y al poco tiempo se estaban desmantelando miles de ordenadores. Pero el proceso no quedó ahí y con el tiempo el plan Ceibal y la empresa decidieron empezar a reconstruir ordenadores, lo que no solo «significó un enorme ahorro económico sino también ambiental».

Si bien los XO son la cara visible del proyecto, infraestructuras como la conexión a internet tienen un papel determinante. La Administración Nacional de Telecomunicaciones (ANTEL) es el ente público que garantiza que el 99% de los centros estén conectados y que gran parte de ellos lo hagan a través de la fibra óptica. Desde una oficina en el último piso de la Torre de las Comunicaciones, la más alta de Uruguay, su presidenta, Carolina Cosse, afirma: «Desde el Gobierno se ha tenido la voluntad de llevar adelante una política sostenida de atención a la persona a través de políticas públicas. Y Ceibal es un ejemplo en el cual ANTEL ha tenido un papel fundamental».

62% de hogares conectados

En Uruguay el 62% de los hogares cuentan con conexión a internet. En el 25% de los casos es a través de fibra óptica, tecnología que para el 2015 llegará a todos los centros del país. Iniciativas como esta o la implementación de las tecnologías de telefonía móvil de cuarta generación han colocado al país en la vanguardia latinoamericana en telecomunicaciones y han fortalecido aún más la ya reconocida industria del software. A pesar de su tamaño, Uruguay es el tercer exportador de América Latina, con cerca de 300 empresas que emplean a más de 11.700 profesionales. Un sector que aporta al 2% del PIB y cuya mayor dificultad para seguir creciendo es la falta de mano de obra especializada.

A medio y largo plazo el plan Ceibal va a tener un impacto directo en el crecimiento de la industria, dice Pablo Salomón, director de la Cámara Uruguaya de Tecnologías de la Información (CUTI). «¿Qué mejor que tener niños que cuando lleguen al mercado laboral hayan tenido contacto con la informática desde los 5 o 6 años?». Si bien la falta de mano de obra es un problema que afecta a toda la industria del software, quizá el área más afectada, por su complejidad, sea la de los videojuegos, un sector relativamente nuevo que cuenta con una decena de empresas. 

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«A pesar de que el sector de los videojuegos sigue siendo pequeño, Uruguay está bien posicionada», afirma Gonzalo Frasca, diseñador e investigador académico, que ha tenido clientes como Cartoon Networks, Disney o Lucasfilm y cuyo blog, Ludology.org, es una publicación de referencia mundial. El experto se basa en que el país ha sacado juegos exitosos, y como ejemplo,está Kingdom Rush, que el junio pasado, en cuestión de horas, alcanzó el primer puesto en el ránking de descargas para iPad de EEUU y otros 39 países. «De alguna forma, generó fanatismo. Y eso quizás es el mayor valor», explica Álvaro Azofra, uno de los directores de la empresa Ironhide, que desarrolló el juego. Pero, a pesar del éxito, Álvaro sabe bien las dificultades que estos nuevos emprendedores deben afrontar. La principal es que en Uruguay no hay esa cultura de tirarse a la piscina: «Nosotros también teníamos miedo, pero un día enloquecimos y nos pusimos a hacer videojuegos. Nos salió bien. Pero podría habernos salido mal».

Mientras, Agustín Zubiaga desarrolla junto a su novia su primera aplicación, con la que espera tener éxito y poder dedicarse definitivamente a su gran pasión. «A mí el XO me cambió la vida. Descubrí que me gusta programar y que es lo que quiero el resto de mi vida», dice sonriendo en el salón de su casa, en el kilómetro 45 de la carretera nacional número tres.